TODOS LOS AZULES

 

Solo recuerdo el azul: el azul Francia del mar y del cielo, el azul cobalto de mi bañador, el azul calipso intenso de sus ojos… y, tras el azul, el negro más profundo, el negro de los pozos, el aterrador negro. Después, mucho blanco, mucha luz cegadora, hasta que volví a ver todos los colores, pero no como hubiera querido…

Ahora los veo desde esta silla.

Pasó a finales de verano. Estábamos buceando juntos y me precipité contra unas rocas puntiagudas. Los médicos repiten que tendría que estar agradecida, que tendría que estar asombrada por haber sobrevivido a golpes tan brutales como los que padecí. Pero yo solo me siento desdichada y no puedo evitarlo. Solo sé que no volveré a saber lo que es correr por un pasillo, ni caminar entre la hierba, ni saltar entre las olas, cual si volara, sintiéndome pájaro… Es lo que hay, me dicen algunos. Es lo que toca, aseguran otros. Es algo que ya no puedes cambiar, me repiten unos pocos; has de adaptarte… Mas yo, la verdad, aún no me he acostumbrado a no sentir las piernas.

Suerte que está él. Suerte que siempre viene. Suerte que él sí puede caminar. Suerte que él nunca me ha abandonado. Unos días, me trae flores naranjas; otros, amarillas; otros, blancas… Suerte que siempre es atento. Suerte que parece ser la única persona del mundo que no se compadece de mí. Suerte que me coge la mano, que me empuja la silla, que no le importa que no me pueda levantar de ella… Suerte que, cuando camina a mi lado, hasta tengo la sensación de que volveré a volar con sólo mirarle fijamente.

Le encanta el naranja de los atardeceres, el naranja coral. Dice que es su color favorito, porque es dulce y hace aflorar alegría por los rincones donde se halla. Cuando le pregunté de qué color me veía a mí, me dijo que me veía amarillo ámbar, porque, pese a todo, sigo brillando. No sé si creerle, tendré que hacerlo. Si he de ser sincera, confiaría en su criterio y en sus palabras con los ojos cerrados. Tiene una sensibilidad especial para los colores. Percibe cada pequeña tonalidad y le da un significado que no se divisa a simple vista. Cuando me saca a pasear por los jardines del hospital, yo le pregunto de qué color son las personas que vemos. Me dice que todas son blancas y que, como yo soy ámbar, destaco cual estrella fugaz. Por eso le quiero, porque sabe qué decir para ponerme un poco menos triste.

 

―¿Y qué color eres tú?

Sus ojos se clavan en los míos y siento que me falta una columna a la que agarrarme para no naufragar.

—Yo soy color zinc, el mismo color que tiene la cara oculta de la Luna.

Pero yo sé que no es verdad, sé que lo dice para hacerse el interesante. A mí no me engaña, sé leer a través de sus océanos. Si él fuera un color, sería azul, sería todas las tonalidades de azul posibles mezcladas en una: sería azul ultramar, sería azul majorelle, sería azul acero claro, sería azul de Prusia, sería azul añil, sería azul índigo, sería azul marino, sería azul petróleo, sería azul cobalto, sería azul aguamarina… Sería todos los azules reunidos en un relámpago. Y es azul porque sus ojos lo son. Y sus ojos lo son tanto como el mar y el cielo, como mi bañador, como los más recónditos senderos de nuestra alma…

66225-The-Vast-Ocean
…sé leer a través de sus océanos…

Etna Miró

*Este relato fue primer premio de la categoría infantil y juvenil del
XXIX concurso de Cuentos ciudad de Tudela en enero de 2017

 

Escrito por Etna Miró

Escritora, escriptora.

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