Como quien no quiere la cosa, bajó la mirada hacia los pies descalzos: sucios otra vez, manchados de la tierra húmeda del fondo del jardín. Los sacudió rápidamente en un intento de desprender la mugre adherida, con plena consciencia de la reprimenda que le esperaba una vez que su madre descubriera el enchastre que había dejado en el suelo. Lo que ella no entendía (y lo que jamás podría entender) era que aquella mancha significaba mucho más que una simple travesura de niño descuidado. Pero es que, ¿cómo podría saberlo? ¿Cómo podría saber que, detrás de la huerta, tres pasos a la izquierda debajo de la vieja higuera se escondía el mundo más maravilloso que jamás podría existir? ¿Y cómo adivinaría que solo era posible entrar en aquellos días en donde la tierra, mojada por la magia de una llovizna tranquila, se ablandaba lo suficiente para descubrir el pasaje de entrada? Dejó escapar un suspiro resignado. Al fin y al cabo, su madre no tenía la culpa. Su tiempo ya había pasado y ahora no había vuelta atrás.

La de aquella mañana había sido una aventura bastante peculiar. Apenas abrió los ojos y pudo sentir el aroma singular del  pasto mojado que entraba por su ventana, supo que iba a ser un buen día. O, por lo menos, un día emocionante. Porque esa fragancia que traía consigo la llovizna solo podía significar una cosa: la entrada estaría abierta. Luego de un desayuno apresurado (cereales Froot Loops con formitas de frutas y yogur de vainilla, como todos los días), se escabulló con disimulo a su rincón mágico.

“¿A dónde vas tan apurado? No quiero que después me ensuciés la cocina, mirá que pasé el piso ayer”, la voz de su madre clamaba en la distancia, como un eco lejano que el niño apenas escucharía. El proceso de pasaje ya había comenzado, y las raíces de la higuera se sentían como toboganes de algodón en un laberinto de destellos sin principio ni final, dando vueltas y más vueltas hacia arriba y abajo en piruetas y acrobacias impensables, hasta que, así, de repente, aterrizó. Una vez más, la magia lo esperaba con los brazos abiertos y él, consciente de las limitaciones del tiempo, no dejó pasar ni un segundo.

Y voló, y saltó, y correteó y siguió volando en el mismo mundo que todos habían conocido y amado pero también, trágicamente, olvidado. Esas eran las reglas del juego. Se lo habían advertido desde un comienzo: el país secreto del jardín, ese que prometía historias interminables y pies sucios, solo era posible durante el tiempo que comprendía la inocencia de pasarse tardes enteras dibujando con crayones de colores y la curiosidad insaciable de preguntar el porqué de todo. Hasta que un día… silencio y olvido. Borrón y cuenta nueva. El momento trágico de la adolescencia traía consigo no solo el fin de los dibujos animados sino también el abandono de aquella realidad secreta. (Dejá de hablar pavadas y fantasear todo el día y hacé algo que valga la pena. ¿Qué decís? ¿Un mundo escondido en el jardín? Esas cosas no existen.)
O esa era la teoría, al menos. ¿Cómo explicar, entonces, las historias de Peter Pan y Alicia en el País de las Maravillas si no como un recuerdo lejano y empañado de las aventuras vividas en el Mundo de los Pies Sucios? ¿Cómo olvidar de manera completa una magia tan pura y tan real?

El sonido de las llaves contra picaporte de la puerta principal lo arrancó de sus reflexiones. En unos segundos, su madre entraría para encontrarse con la escena del crimen de una cocina embarrada y un niño con los pies sucios de barro y felicidad. Respiró profundamente, sin siquiera hacer el intento vano de limpiar de manera apresurada el desastre contra el que su madre había despotricado por adelantado. Al fin y al cabo, siempre podía culpar a los duendes y las hadas que custodiaban la entrada en las raíces de la higuera. Al fin y al cabo, debía disfrutar de aquella tierra mágica mientras todavía tuviera tiempo.

 

 

Escrito por Lucía Juan

Córdoba, 1997 – Estudiante de literatura – (Futura) traductora y escritora.