En esta ocasión quiero compartirles algunos textos que forman parte de mi libro Solo sentir (Editorial Paraíso Perdido, 2017), que se presentará el 9 de septiembre de 2018, en el marco de la Feria Internacional del Libro Coahuila, 2018. Expreso mi agradecimiento a la poeta Ángeles Dimas, quien sugirió el material aquí presentado. Su lectura, resulta para mí, sumamente valiosa.

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FELICIDAD

Con frases de Anaïs Nin

Luego del amor, cuando la cama ha quedado totalmente re­vuelta, hablan con complicidad: en tonos bajos, en murmu­llos apenas perceptibles, matices, abstracciones, símbolos… son la doble ternura, el doble triunfo. Se levantan, toman un baño, se visten y salen envueltos en una felicidad aterciope­lada.

 

FORMAS DEL SEXO

Hay algo en su estar sentada, la pierna izquierda, en medio arco, puesta sobre el brazo del sillón, y la derecha (el pie soporta un peso inexistente), cae de manera habitual, que me obliga a pensar en el deseo. El deseo que son las piernas abiertas y la mirada llevada muy lejos. Hay algo en la mujer, el cigarro entre los dedos, la botella de vino, las ropas que viste. Me aproximo. Podría en este momento esquivar la mi­rada o hacer las cosas de una simple ama de casa. Podría, en lugar de atraer a la mujer y tocarla, abrir el agua de la regadera y esperar, como se espera el tren o el autobús. Sin embargo, contemplo. La mujer y sus piernas abiertas me ha­blan del deseo y sus historias. Porque todo deseo, en casos afortunados, tiene historias. Más allá del deseo y las formas del sexo, los olores, los sabores, las texturas, historias que se fijan como parte de la memoria. Hay algo en la mujer, sí, una historia que ha sido mal estudiada. Efectivamente, la mujer, el humo de los cigarros son pliegues de la piel que desapa­rece, no está inmóvil. Busca respuestas. Dentro de su cabeza (el humo de los cigarros son cortina cómplice), el hombre, su ser dentro, vivo, incrustado y demasiadas preguntas. Pre­guntas que nadie, ni siquiera los libros, esas vidas al fondo, responden. La mujer sentada en el sillón, las piernas abier­tas, el cigarro, la bocanada de alcohol como una manera de sentirse menos creíble. En la aproximación, el deseo apaga­do. Y la complicidad de la soledad

 

AMANECER CON AIRE FRESCO

Lo que irremediablemente no deja de hacer es abrir las cor­tinas y la ventana. Una especie de ritual, un hábito. Al des­pertar, las manos de la mujer, casi de manera automática, corren las cortinas, destraban el seguro y, quien observa, puede ver el desplazamiento vertical de las hojas de vidrio. La mujer se levanta sobre su lado derecho, oprime el botón off del despertador y es, en ese preciso momento, cuando quien observa puede ver la figura, corre las cortinas, abre la ventana que da al traspatio y, como una fantasía, el cuer­po entero de la mujer bañado por el aire de la mañana. El observador, la mirada en el rectángulo del espacio, ajusta la visión de los binoculares y logra los detalles: la mano llevada al sexo y la mirada. La mirada. Otros días, la mujer vuelve a la posición habitual del sue­ño y el observador debe esperar. Otros días, a la mujer sim­plemente deja de importarle lo que sucede más allá de la ventana. Lo que sigue (estamos dentro de la mente del obser­vador) es una larga lista de suposiciones:

  1. Prepara una taza de café.
  2. Abre las llaves de la regadera, siempre las dos al mismo tiempo, ajusta la temperatura exacta del agua, la tem­peratura de su cuerpo.
  3. En la pantalla de la computadora diarios locales, nacio­nales, extranjeros en una segunda o tercera lengua.
  4. Se tira sobre el piso o sobre la alfombra. Hace contacto con el cuerpo de la tierra, con su cuerpo.
  5. Vuelve a la cama (una cama que el observador no al­canza a ver) y concluye, acompañada o no, lo que se ha comenzado de manera incesante.

En cualquiera de estas, el observador tiene que esperar o claudicar. Se desvive ciertamente: bajo la bata, el cuerpo des­nudo de la mujer y, luego el vacío, el infinito vacío, su am­bigüedad.

La mujer observada sabe que es observada en punto de las siete y quince de la mañana, pone sus ojos en aquella figura, la descubre algunas veces en la ventana, en la ventana de la habitación del lado derecho o la ventana de la habitación del lado izquierdo. Un edificio partido por la mitad, las es­caleras, ese espacio ahogado y las ventanas. ¿Qué implica el cambio de lugar? ¿Los rayos de sol como una bocanada de reflejos? ¿La inquietud del hombre o lo que quiere ver? ¿Su intento por develar lo que el aumento distorsiona?

La mujer observada, su mirada siempre hacia el séptimo piso de un edificio allá en la distancia, ese complejo de depar­tamentos que en el pasado revolucionó la arquitectura, corre las cortinas y sabe lo que el otro (ha comprobado que se trata de un hombre), observa. Su estrategia es ver siempre hacia un punto indeterminado y colocar la mano sobre el sexo. Se apropia de la forma tibia, la lentitud (como si abriera una ventana más) de lo que la mano agita y posee. Se sabe obser­vada, se siente observada; la mirada, lo que busca, lo que le infunde vida dentro. Luego, las suposiciones.

  1. El hombre es un pervertido, un acosador sexual. Un asesino.
  2. O un pintor, un periodista, un escritor.
  3. Vive solo, lo que lo lleva, como cualquier animal de la selva, a estar siempre al acecho.
  4. Y como el animal que es, preparado para la fricción, le multiplicará el dolor del miembro y los testículos.
  5. Simplemente un observador. Un observador.

La mirada de uno y de otro se pierde en el infinito. Un día la curiosidad se acaba o simplemente se va a otra parte, abier­tas nuevas ventanas o el deterioro del tiempo. Sobre todo este, el tiempo, destruye los cuerpos, los edificios, las ciu­dades mismas. Cuando llegue ese otro tiempo (luego de la destrucción, el vacío puede ser menos triste), si existieran, otros observarán lo que irremediablemente la mujer no deja de hacer: correr las cortinas y abrir la ventana, esas hojas corredizas, la desnudez traslúcida. Y el hombre, desde un punto lejano, ajustará la visión de los binoculares.

 

CONFIGURACIONES

La fotografía de la mujer me hace pensar en Marguerite Du­ras, sentada frente al mar escribiendo su libro: El amor. Sin un por qué, la imagen se presenta con una carga inexplicable de emociones. Quizá haya dos motivos fundamentales: haber nacido muy cerca del mar y gustarme el tipo de literatura que pende del hilo de la existencia. La fotografía me coloca en este sitio de la historia: soy yo quien escribe sobre el ritmo pausa­do de las olas y el hombre es deseo, un deseo, la mayoría de las veces (como ocurre en la obra de Duras) inalcanzable.

Hay algo que empuja a los escritores a la soledad (la mu­jer de la fotografía está sola, frente a ella una taza de café, el cuaderno, un diario); hay algo que me empuja mientras las palabras aparecen lentamente en la pantalla. Terminó el tiempo de oír el chasquido de las teclas contra el papel y el rodillo. Mi padre se sintió orgulloso cuando me regaló mi primera máquina de escribir, una Olivetti Lettera. Fui a Ciudad Guzmán (Juan José Arreola insistirá en llamarla Za­potlán el Grande) y te la compré, dijo, para que no escribas a mano. Muchos años después conocí la obra de Duras, Woolf, Plath, Pizarnik y como ellas (lo imaginé de esta manera), es­cribía al pie de la ventana, en la mesa de un café, mientras el sol se entreveraba en calles y techos. Muchos años después mi padre también me regalaría mi primera computadora. Mi padre, sin darse cuenta, me regalaba el futuro.

Vuelvo a la imagen y saltan las preguntas: ¿qué nos em­puja a la soledad, qué nos empuja a la escritura? ¿La historia familiar, el carácter, las coincidencias? No hablo mucho de la infancia porque la infancia me aparta del resto de la gente, me aparta de mi madre que muy tarde comprendió lo que sucedía y fue cuando me dejó tranquila con las palabras cre­ciendo en remolinos. Como Marguerite Duras, le dije que lo único que quería, por encima de todo, era escribir, nada que no fuera eso, nada. Sin embargo, no me aparto de aquellos primeros textos que leía en voz alta frente a mis compa­ñeros de la carrera de Letras. Difiero aquí de Duras cuando escribe que las mujeres no deben leer sus textos; yo leía his­torias de personajes que se quitaban con urgencia la ropa o en dependencia compulsiva se negaban a dejar el alcohol y la pornografía.

Cada personaje (no sé por qué hablo de personajes cuando mis apuestas literarias son poéticas) me ofrece la posibilidad de vivir dentro de él. ¿Por cuánto tiempo? No sé, quizá una semana, dos meses, años. El personaje crece dentro de noso­tros. Lentamente el futuro de este se vuelve proyectable, así como las conversaciones que sostendremos, sentimientos, ideas, amores. ¿Qué nos depara el destino de la escritura? Personajes con los que seremos amigos el resto de la vida o bien, personajes que luego de usarnos darán la vuelta. Nun­ca un guiño de correspondencia, un gesto, una palabra de aliento, antes bien, mudos y lejanos.

¿Qué personaje crea la mujer de la fotografía? No mira la calle que se presiente a través de la ventana iluminada. Sobre el papel la historia de su personaje, la historia que de quedarse dentro se volvería amarga, terrorífica. Lejos de su mundo interior, la gente camina por las calles, no sopla el viento y la música del centro comercial se propala por todas partes. Otra pregunta: ¿quién es el verdadero creador: ella o su personaje? El personaje–creador sentado a la mesa, frente a él una taza de café, el cuaderno, un diario, se apo­dera de nuestros rasgos (yo también soy un personaje más del personaje–creador), nuestros gestos, nuestras ideas. No hay humor en todo esto: es el proceso doloroso de la preñez que adelgaza la línea entre realidad–ficción, cordura–locura, posibilidad–imposibilidad; escenarios que, si pienso en Cor­tázar y Bosch, pueden ser a veces muy claros o muy oscuros.

La configuración de lo que originalmente sería un relato (mucho antes de escribir la primera línea del texto, pensé en un relato, la felicidad o la desgracia de la mujer), ha tomado su propio camino; desde el momento que inicié el texto se confundieron las cosas, el ir y venir del pensamiento. La mu­jer, la misma mujer de la fotografía en blanco y negro que sin querer me hizo pensar en Marguerite Duras, se ha puesto de pie y toma el cuaderno donde escribe: a) la historia de una mujer que se parece a mí; b) soy yo quien escribe la historia de una mujer que se parece a ella; c) alguien más escribe la historia de nosotras, la primera sentada a la mesa de un café; la segunda, frente a la pantalla donde las palabras aparecen poco a poco.

La mujer se ha ido, no logro verla. Sin embargo, en esa vuelta de tuerca, llega a la oficina como cualquier otra mu­jer, pasa tarjeta en punto de las tres de la tarde, comienza el informe que el jefe le ha solicitado con urgencia. No cabe duda, solo los escritores llevan una vida devastadora.

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Escrito por Nadia Contreras

Escritora. Autora de poesía y relatos cortos. Dirige Bitácora de vuelos ediciones (https://www.rdbitacoradevuelos.com.mx/) y en la página Incendio de imágenes (https://www.nadiacontreras.com.mx/) comparte recursos, libros, talleres, videos, relacionados con la Poesía.