Llega un momento de la noche en que necesito salir. Tomar aire. Alrededor del foco de luz, el humo de mi cigarrillo se espesa con los llantos del bebé de algún vecino. Las puertas y los marcos de las paredes del living que alguna vez pinté de rojo me salpican las pupilas. En la pantalla de la computadora, las letras se mueven como Fido Dido y, como por un arrebato retro noventoso, quiero que me guste más la Seven-up que la Sprite. Voy a la heladera. Tengo que tirar bien fuerte para abrir la puerta porque se pega al marco y, cuando cede, el frasco de Yovinessa se golpea con el de escabeche de berenjenas que me hizo mamá. Te preparé unas milanesas. Te hago una vianda con las empanadas que quedaron. Alimentate bien, tesoro. Para ella, a pesar de todo, nunca dejé de ser hija. Me ilusiono con el ruido de los frascos y, por un momento, pienso que tengo guardada una botella de Sprite bien helada. Una de litro de vidrio verde, con pocitos redondos, y el nombre de la gaseosa cruzado con letras gruesas, en blanco. Como las que estaban en el patio de casa cuando era chica, pegoteadas de caca de paloma y tierra, hasta que mi mamá se decidía a cambiarlas por una nueva para brindar en alguna ocasión especial. Me acuerdo de que me daba vergüenza cuando le daba la botella toda sucia a don Juan. Él la tiraba, rápido, debajo del mostrador porque le daba asco tocarla. Pero igual me gustaba acompañarla al almacén porque me llevaba en la bici y, al arrancar, daba un envión tan fuerte que me tiraba la nuca para atrás. Iba rápido. Total, por acá no pasa un alma, es seguro, me decía como respondiéndole a alguna alarma dentro de su cabeza. Yo le creía, era mi mamá. En esa época, no había más mundo que el que ella decía y su palabra era como una capa que me resguardaba de cualquier otra posibilidad. Yo podía apoyar las manos en su cintura y mantener el cuerpo alejado al de ella para sentir que flotaba, con ella no me podía pasar nada malo. Tomá despacio, tesoro. La Sprite era un lujo y tenía que durar. Pero a mí me gustaba tomar rápido para que las burbujas de gas me subieran por la garganta hasta la nariz y me cortaran el aire. Ahora, en la heladera solo tengo agua.

Voy y vengo por el living con la botella de agua en la mano. De vez en cuando tomo un poco. Quizás, me decida a bajar al quiosco para comprar una Seven-up. Mientras, cuento los pasos que hay de pared a pared: nueve de ida y nueve de vuelta. Al llegar a los extremos, giro, cada vez más rápido. El pelo acompaña el movimiento y me golpea la espalda, como si fuera la capa de Batman. Voy a volar, a tirarme por la ventana del edificio y caer en la vereda como él: con las manos en el suelo, a los costados del cuerpo, cubierta por esa capa que, segundos atrás, fue mi paracaídas. Una de las rodillas apoya en el piso, mientras que, sobre la otra, firme arriba del pie, apoyo el pecho. La columna encorvada termina en mis orejas puntiagudas. Las levanto suavemente y afilo los ojos al frente. Directo al objetivo. Me lanzo a la bicicleta que até en el poste de luz, la noche anterior. Tomo agua. Pasa fácil al estómago, sin recorrerme. El agua es mejor que la gaseosa. Para hacer ejercicios, necesito estar liviana, sin esos eructos agrios de la lima-limón. El agua no deja huellas ni esa sensación de panza vacía, como de recién parida: hinchada pero sin nada adentro. En la vereda, solo humea la grasa de la empanadería que acaba de cerrar. Camino hasta la esquina donde está la bajada a la calle con las manos apretadas al manubrio. Parado, bien arrimado al cordón de enfrente, él mira al suelo, encorvado. Sacude la cabeza. Hacía días que no lo veía, ¿a dónde irá cuando desaparece del barrio? Siempre igual vestido, de un azul grisáceo, medio gastado. La ropa sucia. La campera gruesa, que desentona con el clima, hace que su espalda se parezca a la de un superhéroe. Debe tener mi edad, pero la piel tan ajada de su cara me engaña. Gesticula como si estuviera discutiéndole al Mal o a algún otro absoluto al que se opone con certeza, inflexible. ¿Qué dice? Le raparon el pelo por los piojos. Quizás, fue en alguna comisaría. Seguro que no fue su mamá. ¿Tendrá mamá? ¿Sabrá que pasa todos los días en la calle con las manos atrás de la espalda hablándole a algo que ve en el piso? Es joven. ¿Garchará? Si se sacara la barba, se le notaría más su expresión infantil. Seguro que ya no se acuerda de los provechitos repentinos ante el primer sorbo de gaseosa, porque ahora toma de los culitos de botella que encuentra por ahí tirados; tampoco debe recordar el gusto de los cigarrillos nuevos, porque solo fuma las colillas que encuentra aplastadas en la calle para no tener que interactuar ni pedirle nada a nadie. Otras veces me topé con sus ojos de un azul claro, como de acuarela, difuminados en un más allá que no comparte con nadie porque inmediatamente volvía a mirar hacia el suelo y repetir esa especie de mantra en que se convirtió su vida. Me lo garcharía. Él no me preguntaría nada. No le importaría quién soy o qué me pasó.

Me gusta ir a velocidad para que la brisa se me amontone en la cara. Entonces me levanto del asiento y abro la boca. Abro y cierro, abro y cierro. Me gusta sentir que mastico el aire. Tragarlo. Que me coma a besos. Me dejo llevar por el pedaleo y cierro los ojos, por un momento, nada más. Pierdo estabilidad y sonrío meneando el culo para buscar el equilibrio. Todavía con los ojos cerrados, escucho el ruido de un auto a unas cuadras. Se acerca. Aprieto los párpados un poco más y sonrío. Cómo se sentirá volar después de un impacto. ¿Aterrizaría como Batman, protegida por una capa de adrenalina? Vuelvo a sonreír. Ser Batman: arriesgando la vida constantemente, sin darse cuenta de que jamás estuvo en peligro. Porque los superhéroes nunca pierden, pero pelean sin saberlo. Esa incertidumbre llena de sentido la lucha. Pero, en su mundo, no hay accidentes ni niños con la cabeza destruida sobre el pavimento. Abro los ojos. Estoy a pocas cuadras de la avenida y el movimiento comienza a ser mayor. Una moto que viene de frente disminuye la velocidad. Estaciona en la puerta de un edificio majestuoso. La planta baja, amplia y luminosa, se extiende como el abrazo del Cristo Redentor. El chico de casco carga con un kilo de helado en la mano y kilómetros de pocas cuadras a la redonda en su cabeza de Hormiga Atómica. Lo recibe un treintañero con el pelo revuelto. Parece un galán de película recién levantado. Pura facha. Busca en los bolsillos hinchados de llaves y da con las de la puerta; las del yate cuelgan, pacientes, del llavero. Mañana irá a navegar con amigos a Tigre, cerca del mediodía. No le quitará tiempo a la noche cálida de viernes con su novia por tener que levantarse temprano, quiere evitar los planteos de ella acerca de sus prioridades. El chico de casco recibe un billete grueso. Quedate con el cambio, le dice el navegante con la voz de los que no distinguen la dádiva del impuesto. El chico de la moto saca cuentas rápidas para saber cuánto le queda, pero, al fin y al cabo, trabajar por cincuenta pesos le cuesta lo mismo que hacerlo por veinte, entonces deja de importarle cuánto podría haberle dejado. Solo escucha el motor de su moto que piensa todo lo que él calla. Al final del hall del edificio, alcanzo a ver unas palmeras que parecen de plástico. Y en un edificio como ese, jamás podría haber plantas artificiales, no da, es grasa. Quizás, la distancia desde la que estoy, me confunda, quizás me las está imaginando. El navegante camina bamboleando el helado, hacia el ascensor. Lo espera frente al espejo del hall; experto en simulacros de chico relajado, se revuelve el pelo aún más y deja los mechones de adelante ligeramente levantados. Su novia es castaña como él: la seguridad de su estatus no necesita reflejos ni baño de luz. Tendida en un sofá, lo espera con los pies cartilaginosos sobre la mesa ratona que está frente al Smart en pausa. En la pantalla, una película de superhéroes que eligió para darle el gusto, también espera a que se reanude la acción. A ella, esas películas jamás le interesaron. Porque conoce el final, siempre es el mismo: los superhéroes también tienen sus vidas aseguradas. Entonces ahora va y viene entre el aire acondicionado del living y el balcón de ese piso quince que es el único que sigue iluminado. Los balcones son amplios pero las cañas de bambú me impiden ver el porrón de Corona que ella está tomando, seductora, para sorprenderlo a su regreso. Igualmente, tampoco se engaña. Con él, jamás podrá formar una familia, pero, mientras tanto, es funcional. Entonces lo espera con el típico camisolín de seda negro de chica fina y sin personalidad. Él, acostumbrado a las chicas de linaje delicado, responde primero a su boca como por inercia.

La botella de agua rebota en el canasto de mimbre de la bici. Chorrea. No estoy segura de haberla cerrado bien. O es mi sed. Bajo el torso y levanto el culo del asiento hacia adelante, enrosco el cuello en el manubrio para que el hilo de agua caiga en mi boca y me recorra la comisura. Zigzagueo. Me siento y me agarro fuerte. Quiero bajar uno de los pies al suelo para estabilizarme, pero, si lo hago, pierdo. No tocar el piso mientras estoy andando, es uno de mis juegos. Entonces presiono los frenos, despacio, hasta lograr estabilizarme y sentir que floto. Voy suave y puedo apreciar los edificios de perfil bajo, abrumados por la prepotencia de las torres con departamentos modernosos y fríos. Son más simpáticos los edificios desgarbados, con el frente lleno de plantas de diferentes tipos, podadas al tuntún. Como ese de ahí adelante. Sobre los tres escalones angostos que anticipan la puerta de vidrio, alcanzo a ver cuatro rodillas desflecadas, bien juntas. Me acerco, lentamente, hasta reconocer la forma de dos adolescentes que cuchichean bajo la luz de la entrada. Ella gimotea las inseguridades de una mujer que no termina de nacer, disfrazadas de conflicto de pareja. Él la escucha sin comprender. La abraza esperando que eso sea suficiente, pero ella fuerza un llanto de aire como las chicas de los programas teen que la consumen a diario. Sobre ellos flamean las ramas de los árboles. Quizás se avecine una tormenta, pero a ellos no les importa. Él solo fantasea con la sensibilidad de bebota que se acumula en sus labios hinchados de puchero y ella con la posibilidad de tener un hijo y alardear su panza en el medio del patio del colegio. Él la besa como un bebé hambriento a la teta de su madre. Le toma la nuca y va con la lengua profundo. Le gira la cabeza para estimularla. Cuando lo logra, baja las manos, se las apoya en la espalda y, tímidamente, las adelanta para acariciarle los pechos. Debajo del push-up, sus dedos apurados le rodean los pezones, aún inmaduros. Quizás en unas horas, tengan su primera vez. O en unos días. O, tal vez, el deseo incesante de ahora haya sido despertado por una primera vez reciente. Rojo. Innecesario y furioso rojo. Nadie cruza y yo lo respeto porque no quiero volver. Detenida ante una legalidad ridícula, el silencio cobra volumen. Chequeo el cielo, calculo el tiempo en el que podría largarse a llover. Sobre los cables de electricidad, una paloma agita sus alas. ¿O es un murciélago? Las palomas no andan por la ciudad de noche. Insisto, pero está muy oscuro y me cuesta distinguir qué es. Arranco la bici porque cambia el semáforo. Al mismo tiempo, la paloma-murciélago sale disparada. Regresa al nido para cuidar de la tormenta a sus pichones. Pero, cuando llegue, estarán aplastados en la calle.

Unas cuadras más adelante, a la intemperie, alrededor de una mesa de hierro redonda, un matrimonio de abuelos recientes toma el café sagrado, después de la cena. La confitería-restó ocupa toda la esquina e ilumina la calle. Adelantándose al próximo trueno, caminan media cuadra hasta su piso, tomados de la mano, entrecruzando las alianzas que brillan años de solvencia económica y altibajos sentimentales que nunca habrán desestabilizado la pareja. Al llegar, ella llamará por teléfono a su hija, madre inexperta, con quien no habla desde la mañana. ¿Cómo estuvo Juani de los gasesitos? ¿Ya la dormiste? Su hija protesta: el timbre del teléfono podría haber despertado a la beba, y, desde que a su marido se le terminó la licencia por paternidad, ella es la única que se ocupa de dormirla. A la abuela solo le queda intentar reconocer el olor del pañal de Juani cuando se caga, a través de la señal telefónica. En el dormitorio, el abuelo cambia de canal porque ya es grande para películas de superhéroes, mejor buscará dormirse con las noticias de fondo. Sin embargo, no podrá dejar de escuchar, atento, la conversación entre su mujer y su hija. No le mandará saludos, y, cuando su mujer llegue al cuarto, ansiosa por contarle las novedades de la familia, se hará el dormido para hacerle sentir lo ridículo de su entusiasmo. Entonces, ella apagará la tele y la luz del velador, y lo agarrará de la mano pensando en sus anhelos porque imagina, como cuando era chica, que así él los escuchará.

En la oscuridad, parada sobre los pedales horizontales al piso, el viento me lleva el pelo hacia atrás. Mi silueta se proyecta en la luna. La ciudad no tiene de qué preocuparse: yo velo por su tranquilidad. De a poco, voy acelerando. Un par de cuadras más adelante me parece ver a un chico que corre desesperado tratando de escaparse de un policía que lo persigue. Seguramente después de un largo tramo, el policía fue de a poco acortando la distancia y ahora está a punto de agarrarlo. Lo tiene a unos centímetros, lo empuja y el chico cae al suelo. Hasta la vista, baby. Yo ahora espero cerca, al costado de la calle con uno de mis pies apoyado en la vereda. El chico está en el piso, todo maniatado. Levanta la cabeza para quejarse y en ese momento me doy cuenta de que no es un chorro, es Nico. Tiene algunos años más que la última vez que lo vi pero no tengo dudas, es él. El policía se sonríe confiado, apuntando a su cabeza. Dejo la bici apoyada en el cordón y, mientras el cana sigue con el arma en alto y habla por el Handy, me voy acercando por detrás hasta sorprenderlo por la espalda. Dejalo ir. El policía se asusta al verme, tira el arma al piso y se va. Mi capa se ondea, obediente a la brisa. Pero, al bajar la mirada veo que Nico no se mueve. Aunque grito, él no reacciona. En el forcejeo con el policía, debe haberse golpeado la cabeza y ahora ya no puede levantarse. Entonces, me acerco, lo sacudo y reacciona. Cuando se levanta me doy cuenta de que no es Nico, y al igual que el policía, desaparece. Yo me subo a la bici y vuelvo a pedalear. Porque es tarde y tengo que volver.

La tormenta amenazante de minutos atrás es una llovizna que apenas me moja. Levanto el culo del asiento y acelero mirando al frente. Encorvo tanto la columna que me quedo sin cervicales. Tampoco tengo párpados porque necesito estar atenta a todo lo que pasa. El viento me arde en los ojos y las gotas de lluvia no me atrapan. El pedaleo comienza a trabarse porque el cuadro de la bici me golpea las pantorrillas, entonces me siento. Imprudente, el nenito se dirige al coche estacionado a mi derecha. Es chico y pedalea el triciclo con un esmero desproporcionado y veloz. Anda atolondrado con esos piececitos de albóndiga, deformes. Es demasiado tarde para jugar con eso en la calle. La cuadra está oscura y las baldosas, rotas. Nico, despacio, me parece escuchar que le grita la madre, que está a unos metros, apenas mirándolo de costado; es un topo que carga con un bolso de su tamaño. Lo palpa, lo mira, insegura, como si dudara entre abrirlo o dejarlo así como está: cerrado a presión. Mientras, su pareja cierra la puerta del edificio. Parece un hijo más. Sale de una planta baja sombría, con una valija chica de rueditas. Nico acelera en dirección al auto. El baúl está abierto, al igual que la puerta trasera que da a la vereda. ¿Cerraste la llave de paso?, le pregunta a su marido mientras, a sus espaldas, Nico cambia el rumbo y se dirige, rápido y confiado, hacia la calle. Él afirma, agobiado. No me hinches más las bolas, le hubiera contestado. Pero después de trece años de matrimonio conoce a su mujer, sabe que no le conviene responderle de esa forma porque desataría una cadena de protestas que, para peor, en el encierro del auto, no le quedaría más remedio que escuchar. Nico da con un cascote y la rueda delantera del triciclo se tuerce. Intenta doblar el manubrio para mantener el equilibrio pero se cae a la calle y se golpea la cabeza contra el cordón. Intento reaccionar pero el recuerdo me paraliza. El padre deja la valija a su lado, saca la billetera del bolsillo trasero de su jean y se la da a la madre de Nico, junto con un manojo de llaves. Su esposa amaga a abrir uno de los bolsillos del bolso, pero inmediatamente se decide por el cierre principal; luego saca un neceser y guarda la billetera y las llaves allí dentro. Nico sacude piernas y brazos, involuntariamente. Las convulsiones desparraman el agua de lluvia acumulada en el cordón. La madre vuelve a guardar el neceser dentro del bolso mientras la sangre de su hijo se esparce por las grietas de la calle. Nico ya no se mueve. Su padre agarra la valija que había dejado a su lado minutos atrás, y se dirige hacia el auto junto a su esposa. La cabeza de Nico como una uva morada estallada en el piso. Cuando están a punto de subirse al auto, la madre se acuerda de su hijo y vuelve sobre sus pasos para buscarlo. Hace un paneo rápido entre su casa y la vereda pero no logra encontrarlo, solo alcanza a ver el triciclo tirado en el suelo y la lluvia cayendo, repicando sobre las ruedas que todavía siguen girando. Se acerca un poco más y, al mirar hacia la calle, encuentra a su hijo jugando con unas piedritas que encontró en el piso. ¿Qué te dije de bajar a la calle, Milo? Apurate que llueve mucho y nos estamos yendo.

Pero yo, aunque llueva, no estoy en peligro: conozco el camino, la loma de burro no me toma por sorpresa. Me levanto, liviana, del asiento, para evitar el rebote. Gano una velocidad de galope. Una bocina me advierte el paso. En segundos, la moto es historia. Y sigo, de rueda en rueda, hasta mi edificio, solitario, como una pérdida. Ato la bicicleta al poste de luz y, cuando me levanto, corro la capa que se me amontonó en el hombro. El rayo ilumina la empanadería que, ahora, es su refugio: siempre de ese azul grisáceo, está acostado boca arriba sobre el escalón, debajo del techito. Debe tener hambre y duerme para no sentirlo. Me acerco palpándome las tetas, tal vez aún tenga leche. Me desabrocho el corpiño y me levanto la remera. Apoyo una teta sobre su cara. ¡Eh! ¡Eh! ¡¿Qué hacés?!, me grita, sobresaltado, y me aleja a los manotazos. Me enrosco en la capa y me cubro, espantada. Pero no me importa, despliego las alas y vuelo a mi departamento.

Escrito por Leticia D'Albenzio

Buenos Aires, Argentina (1983). Que mis textos hablen de mí.