La memoria es instantánea proyección del aire, cabeza de tierra, ciencia y experiencia móvil. Sentirse ciudad, donde ebullen las transacciones, libera encuentros y contactos con esta trama. Pero salgamos del proscenio, a mí la trasescena me parece más interesante. Este relato tiene la particularidad de ser múltiples reflejos del espejo.

Me crié en el barrio Los Alcázares al occidente de Medellín, donde se consolidó Calle Nueva mientras yo crecía. Mi paisaje fueron las palmeras y guayacanes amarillos, la iglesia, los parques, una escultura de fantasmas, el metro, la EPA –Escuela Popular de Arte-, el colegio abajo con una correccional de menores encima y cómo olvidar los domingos en la piscina pública, la del patico.

Viví mis primeros 4 años en Belén Rincón. Aquella época es una nebulosa en la arcana mente de bebé, la amnesia infantil es selectiva y solo recuerdo tardes de jugarreta en la unidad residencial con las otras niñas. Tenía menos de 5 años cuando tuve que dejar atrás Ciudadela del Valle y las compinches que hicieron mi niñez regocijante y amiguera. No hice pataletas ni berrinches… aunque no estuviese precisamente tranquila. Escribir fue mi desahogo.

Germinar

¿Por qué una niña que aguarda silencios solo se confiesa en su cuaderno? Mi película mental de niña -luego adolescente- fue hilvanada a pulso y letra, (descubierta y divulgada luego por mis hermanos). Mi mamá consiguió trabajo en un colegio por San Javier y nos trasladamos de las lindes de la quebrada La Guayabala para los de La Pelahueso. Así es que, a finales del 94, llegaríamos a ocupar lo último de Los Alcázares baldíos, encima de una Mina de agua cubierta.

Cuando nos asentamos en la 86B, al lado de El Coco, en la comuna 13, había solo dos edificios construidos y unas casitas de un piso en obra negra. De resto, había lotes marcados con el clásico “este lote no se vende, evítese ser estafado”. Allá nos escabullíamos a explorar la selva cual jumanji, vegetación prístina respirando antes de ser manipulada, desyerbada, urbanizada. Esto que les cuento data ya de finales del siglo pasado. Jugamos y merodeamos por las calles azules dentro de una burbuja donde emprendí lo mío. El recuerdo se enrosca y esas ramas encuentran otras ramificaciones dendríticas de las cuales asirse, hasta adquirir la forma de una buscadora de acontecimientos.

Esta ciudad es tierra, es Andes, este pueblo es bien chévere y está enquistado en medio de montañas. Este es el Valle del Aburrá, el río enderezado. Yo soy hija del maíz y me obsesiona imaginar mi cuerpo y presencia en la cima de las montañas, cerros, sierras y cordilleras en su punto más alto, saboreando aires de distintos calibres. Imagino mi cuerpo en media luna y luego en estrella, haciendo angelitas en un tapete de flores y hojas medicina, acariciando mi piel y mezclándome con las esencias de cáliz y corolas. Imagino entrar al interior del espejo, un portal a la verdad. No temer nada, no tener nada, hacerlo todo…

Me gusta crear realidades virtuales con la palabra, susceptibles de ser conjuros. Mundos que se recrean en el corazón junto a recuerdos de Gloria, la prima que me hacía las trenzas, o los equilibrismos en el parqueadero donde papá me enseñó a montar bici, o los primeros raspones al entregarme a la velocidad en las calles.

Una noche, oímos un estruendo que provenía del parqueadero. Yo estaba muy pequeña todavía, y lo siguiente que recuerdo es mi familia en piyama parada en la mitad de la calle discutiendo con otra familia porque unos muchachitos habían estado merodeando y hurtando objetos almacenados en el cuarto ‘útil’. Recién nos habíamos mudado.

En ese momento, año 1994, no hubo más remedio que enrejarlo todo: las ventanas del apartamento, los accesos de cada torre, el acceso al parqueadero, el cielo del patio. Todo. Logramos crecer con una letárgica sensación de tranquilidad, a pesar de algunos ecos de tiroteos en algún lugar que nunca logré ubicar y oh, sí, excepto por el charco de sangre que apareció una mañana en la esquina donde tomaba el bus.  De todos modos, el enrejado solo volvió más divertidas las monerías para llegar al subterráneo, pues debíamos arrastrarnos y treparnos en las rejas para entrar y salir de ahí.

49 A 49

La calle 49 A fue mía. Y de la 49 A a la 49 -Ayacucho- había dos puentes de distancia. Amo cruzar puentes que me lleven a sitios inexplorados, pues en cada configuración espacial y ordenada encuentro abscisas absurdas, hilarantes o sugestiones de modos de vida. Siento que hay algo inherente, expreso en el saludo diario y el baile vespertino de las hojas en el tapete de fertilidad desparramado en el suelo. Ahí están sembrados los tejidos humanos, la geometría sagrada de las casas de terrícolas que se aglomeran.

Cada domingo iba a Ayacucho con mamá y hacíamos largas filas para entrar a títeres. Los teatros del corazón además de las mañanas de inmersión en la biblioteca para adultos me presentaron el Silencio en cápsulas donde la astronauta se abastecía de inefable radiación cósmica y alegre, un vacío oscuro donde la magia brillaba, las historias se hilaban y la dicha también existía fuera de este mundo de melodías interminables. Dicen que hay pequeñas muertes… y ninguna fue trágica.

Células de movimiento

Aprendí a disfrutar la posibilidad que me brindan mis pies. Del colegio a la casa, de la casa a la escuela de música, de la casa a la escuela de idiomas. Cada recorrido en bus, cada camino hasta los sitios, cada paseo y tránsito con mi cuerpo y mi bici, son las raíces de un manglar polivalente. Andanzas esenciales de risas, riesgo y sereno con las riendas de mi plexo solar.

Caminar de noche y en la madrugada para disfrutar del ocio fue uno de los legados de doña Barbi y don Blas. Ir al estadio, trotando o en bici; rematar subiendo las lomas de Santa Rosa de Lima. Explorar en círculos en Laureles, y en el Parque del Amor jugar a ser la reina de los Fantasmas de Medellín, mítica e imponente escultura de Germán Londoño.

Anteriormente las idas, como las ideas, parecían nubes de lluvia, difusas, compactas, aisladas y sin raíz visible. Hoy se sienten y toman cuerpo los cruces y avenidas de la familiaridad pueril, de las aceras y los callejones sin fin. Una conciencia de las casas, los muros y los trayectos me permite leer y sentir el rizoma de los árboles cuidándonos, nutriéndonos de asombro. Nombrarlos y bailárselos al derecho y al revés, eso me produce una vigorosa serenidad.

En Los Alcázares conocí el Coco en persona y la parranda de año nuevo de las casas circundantes. Como buen barrio popular, sus calles se llenan de farra en las celebraciones tradicionales y la pólvora restalla en abundancia, mientras yo dormía cándida y tranquila luego de escuchar la voz perlada y bronca de la Barbi arrullándome con cuentos y poesías en prosa.

Leo mis huellas y paso saliva

Soy agua que vuela, agua que asciende aun si cae y elucida los cambios del territorio que fui, que soy. Sudo, sudo mucho, ya me acostumbré al exceso de agua. Sudo y salivo el cosmos y escucho una esencia sutil en todo lo que respira, que por el oxígeno se oxida, que por la luz crece y se transforma, y en mi cabello acicalo las nuevas percepciones de mi espíritu.

Antes un delfín en un fondo de agua dulce, luego una tortuga de caparazón cuyos años vividos pesaban más que las huellas de la energía recibida; hoy siento una ebullición vibracional y super poderes descubiertos: la telepatía, las alas enraizadas en mi plexo, mi voz es canción. Una ave en sobrevuelo florece un girasol en su cabeza, despliega sus alas por encima de los árboles, los bosques, aguardando con paciencia y calma su entrada, su nueva configuración verbal. Abandoné la habitación de la duda. Saber ser es la sabiduría que necesito para mí.

Sentirse a cada instante para revisar lo que sucede con las emociones, reacciones, resabios y decisiones, es adentrarse en los reflejos del espejo en el espejo. Yo encarno una brizna de paja de los Andes, diversa e inclasificable, heterogénea como ninguna, disímil, imprecisa, desconocida, antigua.

-Ahora, ¿querés saber lo que callo?

Y una montaña de conjuros se dibujó en el almario de la habitación.

Escrito por Astrid Aristizábal

Cree en el poema, la reflexión a ritmo de ensayo y posibilidad, la digresión del aprendizaje y la narración con tono filosófico. Concibe la vida como danza absoluta, sutil gesta cotidiana. Disfruta sembrar, tejer, bordar y bailar en la naturaleza. Explora el pensamiento en movimiento desde la improvisación, el contact y los encuentros comunitarios. Intérprete, traductora y profesora de idiomas. Escritos suyos aparecen en el blog sustratomedio.blogspot.com. Mutansi, Dadanza, Médula y Magma son algunas de sus publicaciones con el sello ueia ediciones, editorial independiente y autogestionada creada en 2016.