Este es el suelo que algunos habrían de prepararme.
Unos, tobillo a tobillo persiguen mis pasos.
Otros, casi que sus dedos son mis talones;
sobre el lodo, casi que todos somos lo mismo.
Los nenúfares pestañean iridiscentes
y apremiantes se vuelven hacia mí, como los ojos
de quienes despertaron el sueño en llamas.

Bajo esta inmensa cúpula de nubes,
donde los atardeceres gélidos y grises
son enarbolados por las guirnaldas de los manglares
como un destino inminente y abrazable,
el agua y el fango arrastran juntos una canción milenaria.
Traspasaron conmigo fronteras
como traspasaron los siglos con los otros pies.

En unísonas pisadas de atabales,
percutimos en la pieza orquestal
mientras se nos abren los andamios
donde, a contrapunto, nos esperan complacientes
todos nuestros ancestros convertidos
en avecitas trovadoras, en taciturnos grillos,
en manantiales, y en el canto del viento
que se extiende por todas las américas
y que anuncia de nuevo victorioso el porvenir.

En un ritual preciso y sagrado,
aquel fuego visionario hierve la sangre de la tierra,
que es la misma sangre que cargamos, -y que cargo-,
y que enfurecida, incluso si derramada,
fertiliza los campos de batalla.
Ninguno de los exiliados de esta fatal mortalidad
se ha quedado impávido. Tras su paso,
siguen tejiendo los surcos
para quienes venimos detrás.
Uno a uno van pasando,
uno a uno van subiendo;
millones me atraviesan el cuerpo
y se dirigen
a perderse entre las sombras
de los astros
y yo me quedo
como la luna llena, blanca,
y embarazada de libertad.

Escrito por Kerstin Miranda Murillo

Managua, 1999. Estudiante de Arquitectura. Me apasiona la música y las artes visuales; pero las letras... por ellas existo.