Cuando finalmente entendí que la lluvia no se detendría, dejé que los fantasmas se adentraran, que habitaran cómodamente este insignificante rincón del mundo.

No me intimidan sus presencias, su constante ir y venir. Asisten a mí por lástima y yo los recibo por cortesía, porque no encuentro algo mejor que hacer, porque ha pasado tanto tiempo…

Pienso en nada concreto. Carezco de la nitidez de la memoria; los recuerdos de recuerdos. He olvidado sus historias, sus historias y la mía.

Ellos llegan, se ponen cómodos, se familiarizan, pero sólo logran evocarme fragmentos: de rostros y piel.

El eco de una aguda risa.

Un cosquilleo en el mentón.

Algún suspiro hondo y extraviado.

La dimensión de un cuerpo abandonándome.

Es mi mayor deficiencia: la inacabada creación de sentimientos claros y duraderos, un fiel y accidental compromiso con lo fugaz.

Entre el hastío, la humedad y el repiqueteo incesante, hago un esfuerzo y esas vagas sensaciones, y aquellos momentos, lugares a los que pertenecí, en los que fui feliz, se mezclan. Luego todo se transforma y emerge con vivacidad.

Entonces la sonora carcajada se vuelve el reluciente y profundo mar, justo en el instante en el que las olas rosas crecen, se despliegan con intensidad y se consumen en la sequía.

Y la tibia brisa desciende en un soleado día para besarme la cara.

Y el aliento perdido en el vaivén de la hojarasca sabe a resina.

Y la sombra que me cobijaba se aleja inevitablemente, se reúne con la noche, con la oscuridad y la muerte. Lo comprendo: me duele.

La tempestad es persistente y mientras tanto ellos siguen visitándome; vienen porque mi nostalgia los conmueve, vienen por piedad.

Yo los recibo dignamente porque la soledad me acaba, porque son los rezagos de mi vida. Porque en medio del frío y su calidez, yo también siento pena por mí.

 

04 de septiembre del 2018

Escrito por Minerva Martínez

(Ciudad de México, 1992)