Se acabó. Hace un año mi Ruta se terminaba. Y un año pasé sin pensar en el nosotros de aquel preciso instante, sin vernos en fotos, ni pensar en nada de lo que vivimos juntos porque no podía aceptar que lo que fue no seguía. Volvía a esta ciudad, que detesté, echando de menos algo que dejó de ser. Lo dejé, lo dejé todo porque estaba cansada. Igual, a veces pienso, debería haberlo dejado todo mucho antes. Igual no debiera haber formado yo parte de este viaje. 

Volví a las Islas que unos meses antes me vieron sobrevivir los días, reír sin ganas y suspirar al cielo que yo quería dormir, dormir durante largo rato y tendido, ver paisajes, tranquila en el silencio, y formar parte de algo grande que me alejara de mí. Volví y encontré el vacío. Me enfadé, lloré frustrada, sin entender. Algunas veces lo intenté, me tiré a sus brazos y los encontré fríos.

Me di asco.

Mucho más tarde comprendí que pedía demasiado, que yo no veía el cielo azul ni el sol reluciente sino el suelo encharcado con mis lágrimas. El roce hace el cariño y la distancia hace el olvido. Pasaron los meses mientras yo me recluía, la comunicación languidecía y todo quedaba como un bonito recuerdo del pasado, exento de futuro, congelado el presente.

Alejada de la marea azul, descansé, respiré el almendro, canté canciones antiguas y reí a La Luna. Junto al cariño más latente, todas las nubes se disiparon de mi frente y pude mirar, directamente hacia el Sol, pude mirar y contemplé el arcoiris inmenso de posibilidades. Aún así aparté a un lado lo azul, dándolo por perdido y creando monstruos de las sombras.

Entonces realizó su retorno a mi camino una luz del sur, que es mi norte, una luz que iluminó, sin darse cuenta, mi cabecita y lo vi todo con claridad. Agarré a aquel platanito amarillo y hablé. Hablé. Hablé. Y escuché. Escuché. Escuché. El cielo se abrió ante mí para inundarme del azul más claro y sonreí. Entendí que nada será como fue, que el fallar no es error sino acierto, que la vida es larga (a veces corta), pero no hay prisa por vivir lo establecido, por tener la vida de un otro, por vivir bajo la imagen incierta de una copia.

Y aquí me encuentro, soñando despierta con un grupo que ahora termina, con abrazar a tanta gente, tan fuerte, que me duela el cuerpo, que lo sienta, tan dentro, que aún aquí reviento de la sola idea de tenerles cerca.

Y me encuentro feliz. Feliz, llena de energía, de risas, de comidas veganas, chocolate para estudiar, viajes en bici que no llego al sillín. Charlas entre lectura y clase, entre estudiar y vivir.

La marea azul siempre estará ahí.

Y yo, me siento feliz.