Las crónicas de Indias nos ofrecen una pluralidad de textos en los que encontramos relatos autobiográficos, cartas relatorias, diarios, entre otros. Estas crónicas han sido escritas por diversos motivos: políticos, económicos, personales e historiográficos. Tal es el caso de Cristóbal Colón cuyas razones fueron de tipo histórico y económico; y en el caso de Gonzalo Fernández de Oviedo y Álvar Núñez Cabeza de Vaca consideramos que radican en motivos de carácter personal: «La crónica es, por naturaleza, un género híbrido, a caballo entre el texto histórico y el literario: es «historia» de intención objetiva (o al menos descriptiva) a la vez que «relato» personal» (Oviedo, 2001:76).

Fernández de Oviedo en su Sumario de la historia de las Indias nos habla desde el punto de vista de un observador y curioso científico, destacando aspectos reales y verdaderos del ámbito al que se enfrenta. Vemos cómo se desprende de la visión que le ha sido heredada y no se limita a relatar para simpatizar o convencer sobre una empresa, sino más bien hace una real y minuciosa descripción tanto de la belleza natural del Nuevo Mundo así como de sus aspectos culturales y antropológicos:

Pero la del zumo que mata es en las islas donde ha acaecido estar algún cacique o principal indio, y otros muchos con él, y por su voluntad matarse muchos juntos; y después que el principal, por exhortación del demonio, decía a todos los que se querían matar con él, las causas que le parecía para los atraer a su diabólico fin, tomaban sendos tragos del agua o zumo de la yuca, y súbitamente morían todos, sin remedio alguno (Fernández de Oviedo, 1950: 98).

Así pues, Oviedo nos ha legado un dato antropológico e histórico. De la misma manera lo hace cuando nos describe la elaboración de bebidas y alimentos preparados por los indios y relata un sinnúmero de manifestaciones culturales propias de los aborígenes.

Por otro lado, es importante destacar que los escritos de Fernández de Oviedo tienen como características el naturalismo y el realismo. Nos describe los escenarios y las circunstancias de manera objetiva y precisa, con una sintaxis sencilla y bastante característica del Renacimiento, periodo en el que con la llegada del humanismo se intensifica el estudio de la lengua y se reivindica la idea de escribir tal como se habla; lo que podríamos contrastar con lo que años atrás escribió Cristóbal Colón en su Diario de a bordo, primer texto que describe al Nuevo Mundo y da una visión de América. Como ejemplo, señala Mercedes Serna en La conquista del Nuevo Mundo: «El hombre observador de la realidad y empirista aparecerá con algún que otro cronista, como es el caso de Gonzalo Fernández de Oviedo o José de Acosta, pero no con Colón» (Serna, 2012: s.p.).

En el Diario podemos ver como Colón se limita a hacer una descripción repetitiva y con una estructura esquemática, denotando de esta manera, una escasa estética en su escritura. Sin embargo, es oportuno reconocer que gracias a estos escritos se tuvo la primera imagen de América, la cual influyó en muchos cronistas y en la imagen que se formó sobre el Nuevo Mundo en la Europa de aquellos años: «Colón era sincero en esa alabanza, coincidiera o no con los elementos literarios bucólicos y paisajísticos de los textos clásicos. La realidad se superponía a la ficción» (Serna, 2010: 254).

De la misma manera que Colón, Fernández de Oviedo describe la naturaleza de las tierras americanas. No obstante, en el capítulo X, utiliza tópicos nuevos, ya no solo escribe en torno a la flora y la fauna, sino que nos detalla de manera amplia y desde su perspectiva a los amerindios. Nos describe a aborígenes salvajes, antropófagos y despiadados, con una manera de vida que no cabe dentro de las normas establecidas en Europa y en el cristianismo: «comen carne humana, y no toman esclavos ni quieren a vida ninguno de sus contrarios o extraños, y todos los que matan se los comen» (Fernández de Oviedo, 1950: 123). Sin embargo, a medida que convive y experimenta nuevas aventuras, Oviedo, reconoce muchos vicios de la conquista que no solo son pecados para los cristianos, sino que también son acciones que pueden repercutir de forma negativa en el desarrollo de las tierras que han sido conquistadas:

porque han pasado a aquellas partes personas que, propuestas sus conciencias y el temor de la justicia divina y humana, han hecho cosas no de hombres, sino de dragones e infieles, […] y en caso que no se convirtieran los tales que así murieron, pudieran ser útiles, viviendo, para el servicio de su majestad, y provecho y utilidad de los cristianos, y no se despoblara totalmente alguna parte de la tierra, que de esta causa está casi yerma de gente, y los que han sido causa de aqueste daño llaman pacificado a lo despoblado; y yo, más que pacífico lo llamo destruido (Fernández de Oviedo, 1950: 125).

Si comparamos el Diario de a bordo de Cristóbal Colón con el Sumario de Fernández de Oviedo, podemos encontrar la disimilitud con que ambos cronistas abordan inicialmente el tema de la alteridad. Colón describía a los aborígenes como seres buenos, influenciables sumisos y nobles. Sin embargo, a pesar de lo anterior, Colón no ve a los indígenas como seres humanos, sino que los ve como parte del paisaje, es decir, los animaliza: «Colón solo habla de los hombres que ve porque, después de todo, ellos también forman parte del paisaje. Sus menciones de los habitantes de las islas siempre aparecen entre anotaciones sobre la naturaleza, en algún lugar entre los pájaros y los árboles» (Todorov, 1987: 41). Esta visión del indio irá evolucionando progresivamente en los viajes posteriores del almirante.

Otro dato importante que destacar, sobre el descubrimiento del Nuevo Mundo, es la idea del providencialismo. Para muchos cronistas del siglo XVI la revelación de América, y todo su recorrido previo, fue producto de la acción y voluntad de Dios. En el caso de Cristóbal Colón, desde el inicio de su aventura, insiste en señales divinas que son las que lo guían desde el comienzo de su expedición, tal como lo expresa en el Libro de las profecías: «Ya dije que para la ejecución de la empresa de las indias no me aprovechó razón ni matemática ni mapamundos; llanamente se cumplió lo que dijo Isaías». De igual manera, para Fernández de Oviedo, hablar de la naturaleza y alabar su belleza es una forma de agradecer y enaltecer a Dios: «Dije que es la tierra naturalmente calurosa y por la providencia de Dios templada; […] como por la mucha cantidad de ríos grandísimos y arroyos y fuentes y paludes, de que proveyó aquella tierra aquel soberano Señor que la formó» (Fernández de Oviedo, 1950: 119).

A pesar de los diferentes intereses que impulsaron a Cristóbal Colón y Fernández de Oviedo, y de las disimilitudes estilísticas que encontramos en su manera de contarnos la historia, vemos que tienen un punto de encuentro que permanecerá presente en muchos cronistas: el providencialismo, la idea de que todo sucede por disposición de la Divina Providencia. Fue hasta muchos años después, a fines del siglo XVII, con la llegada de la Ilustración que cae el discurso de la legitimación del colonialismo, que se amparó en la justificación religiosa de La Providencia, y que dio paso para muchos cambios en la historia de la humanidad.

 

 

Bibliografía

Fernández de Oviedo, Gonzalo- Sumario de la Natural Historia de las Indias, México, FCE, 1950.

Núñez Cabeza de Vaca, Álvar- Naufragios, Madrid, elaleph.com, 2000.

Oviedo, José Miguel, Historia de la literatura hispanoamericana, Vols. 1 y 2. Madrid, Alianza editorial, 2001.

Serna, Mercedes (ed), Crónicas de Indias, Madrid, Cátedra, 2000.

Serna, Mercedes (ed.), La aventura americana. Textos y documentos de la conquista americana, Madrid, Castalia, 2013.

Serna, Mercedes, Discurso sobre la naturaleza americana: desde el descubrimiento de América hasta la visión ilustrada, Anales de literatura hispanoamericana, vol. 39, 2010, pp. 251-264.

Todorov, Tzvetan, La conquista de América, México, Siglo XXI, 1987.

Escrito por Linda María Ordóñez

Pianista y Filóloga hondureña. Magister en Estudios Avanzados en Literatura Española e hispanoamericana por la Universidad de Barcelona. Licenciada en Arte por la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán. Es autora de numerosos ensayos sobre literatura y poesía.