Sería caer en redundancia afirmar que la Ilustración sumió al mundo en un pragmatismo que seccionaba al ser humano. Sería caer en redundancia decir que el Romanticismo fue un intento de suplir las carencias de una sociedad que creía férreamente poder demostrarlo todo con metro y lupa. Sería caer en redundancia decir que, previsiblemente, el Romanticismo, lleno de tormentas y ansiedad, fracasó y el mundo pragmático siguió su curso con el Realismo. Sería caer en una redundancia innecesaria y reducir las corrientes coexistentes a un trazo lineal evolutivo típico y tópico que no demostraría nada.

Pero qué tendrá el ser humano que necesita sentir que controla su alrededor. Qué tendrá el ser humano que cree poder levantarse ante una roca y gritarle a Dios, el Todopoderoso o cualquier fuerza trascendente que no es nada, que él lo es todo, que el antropocentrismo no es prepotencia sino realidad. Pero, y qué es la realidad. Qué es esa realidad. Qué la sustenta, desde dónde y qué provoca.

Llegué a La Casa de los espíritus de Isabel Allende con las expectativas bajas — prometo que no siempre entro con las expectativas bajas a mis libros. Había tenido muy buenas referencias de ella, pero (siempre hay un pero) todas ellas con la coletilla final de «nada comparado con Cien años de Soledad». En realidad, creo que lo que quería era leer a Márquez, pero tenía miedo. Había pasado un año de locos, me había preguntado los fundamentos de mi vida tres veces al mes y otras tres me había preguntado por qué me los preguntaba. Había puesto mi vida patas arriba buscando las razones de las razones—no, no había empezado a ir al psicólogo, había empezado a estudiar teoría de la literatura. Había sido un año muy analítico que había terminado de desgarrar los resquicios que quedaban en mi vida tras quince años de formación en escuelas religiosas. No es que fuera una creyente devota en ningún momento, pero no está mal pensar que no tienes la responsabilidad de todo lo que haces. Entrar en un libro que lleva la palabra espíritus en el título me echaba para atrás. No quería creer y no quería leer a quien creyera porque temía que eso de la religión fuera un poco como lo de dejar de fumar: si, tras superarlo, vuelves a ello, estás perdido.

Nada semejante a la religión, sin embargo, encontré yo en el libro de Isabel Allende. La historia de tres generaciones de mujeres se desarrolla en una trama nítida y muy emotiva que teje su evolución con la involución del régimen político del Chile pre-Pinochet.

Apoyada en el movimiento del realismo mágico, la escritora elabora una trama que nada tiene que ver con la fantasía. De hecho, nos lo deja muy claro: la crudeza de ciertas escenas, especialmente las del golpe de Estado y la dictadura, no sustentan ninguna clase de utopía kitsch rosa. El narrador, además, no deja espacio al lector para imaginar o inventar alternativas al destino de sus personajes: son muy corrientes y reiteradas frases como «que acabaría por…» «que años más tarde…» «que desenvolvería un importante papel en su vida». La voz narrativa avanza acontecimientos que aún no han sucedido, los deja a medio cerrar, acortando las infinitas posibilidades que el lector podría desarrollar en caso contrario.

Aún así, ciertamente, hay una trama mágica y surrealista. Clara, la mujer que conduce la trama, ve y habla con los espíritus con total normalidad; predice el futuro, mueve objetos con la mente y tiene una fuerte conexión con el más allá. Afirma que la muerte es un trámite, un simple cambio de estado. ¿Qué papel juega, entonces, esta faceta mística en la novela?

La obra de Allende es muy crítica. La magia y el misticismo chocan en innumerables ocasiones con las mentalidades científicas de occidente que, en innumerables ocasiones, tratan de civilizar la sociedad sudamericana. Este prejuicio estereotípico se deja ver desde en episodios cómicos como la plaga de hormigas que el exterminador estadounidense es incapaz de solucionar y que resuelve el viejo del pueblo hablando suavemente a los insectos y mostrándoles el camino de salida; pasando por hechos puntuales como que el francés Jean de Satigny quiera vender la cerámica “indígena” de una joven que, aunque vive en Chile, es de raíces españolas; hasta detalles prácticamente imperceptibles como en el personaje de la prostituta Tránsito Soto, protagonista del rol muy americano de persona que se hace a sí misma, muestra de lo que es exitoso en una sociedad capitalista, pero que, sin embargo, acaba abriendo un burdel-cooperativa llamado Cristóbal Colón. Parece que, de algún modo nos diga: «el occidentalismo hizo mella, sí, pero nosotros lo hacemos a nuestra manera».

La estructura de la obra, además, refuerza el principio de crítica a la mentalidad occidental-católica que percibe el tiempo como un progreso lineal. El final da sentido al principio y se podría leer una y otra vez at infinitum. La novela plantea algo así como un eterno retorno nietzscheano: las historias, todas ellas, se repiten, pero el tiempo nunca es el mismo en realidad, puesto que el mero hecho de ser repetición ya lo diferencia del primero: Blanca culmina en su historia de amor con Pedro Tercero el amor romántico respaldado desde un afecto casi fraternal que apenas comienza a intuirse entre sus respectivos madre y padre. Todos estamos destinados a lo mismo, nos regimos por las mismas pasiones humanas que hace siglos y la evolución es, si existente, tan mínima que carece de importancia.

El narrador, por su lado, también refuerza esta crítica. Aparece un narrador omnisciente, que todo lo sabe y lo conoce y, de repente y sin previo aviso, un narrador en primera persona le corta y la voz del abuelo Trueba, que tras años de ferocidad recién descubre su sentimentalismo, irrumpe. El monólogo interno que se lleva a cabo hacia el final muy joycianamente —durante unas cinco páginas no aparece ningún signo de puntuación—es la muestra más explícita de ello.

Pero su faceta crítica no se detiene en los prejuicios raciales, el prototipo occidental o el fascismo.

La novela es también un canto a las mujeres. Toda la estirpe protagonista está formada por personajes femeninos, incluso cuando la novela acaba, nos consta que esta sigue. Las que tienen las capacidades sobrenaturales son siempre ellas, ellos están alejados de ese mundo, por mucho que intenten entrar en él, como es el caso de Nicolás. Sin embargo, ese es su único poder. Todas ellas están oprimidas o carecen, en algún aspecto, de libertad, ya sea sexual, política o económica. Clara y Blanca han de encontrar, ya sea en la clarividencia o en la cerámica una vía de escape mientras Trueba, nombrado senador, recorre la casa pegando gritos y soltando improperios. Es por ello que ellas forman una tribu única, sean o no de la familia. Las mujeres, en sororidad, tienen su propio universo, que cultivan como protección del exterior.

El libro abarca prácticamente todos los frentes: la homosexualidad, tanto femenina como masculina, la represión política, el feminismo… La novela de Allende no tiene límites, su horizonte es inescrutable. Al leerlo da la sensación de que siempre nos ha quedado algo por coger, una simbología sin percibir o una perspectiva sin leer. Es, como el sentido temporal que plantea, una obra que exige una y otra vez un eterno retorno, un universo de complicidad que, lejos de abstraernos de la realidad con misticismo, nos atrapa y nos da de frete con ella. Porque, pese a las redundancias y los tópicos, el hombre necesita algo más…

Escrito por Laura Benedicto

Nacida en Barcelona, España, en 1999. Actualmente cursa la carrera de Estudios Literarios en la Universidad de Barcelona, donde trabaja la teoría literaria y la literatura comparada. Además, forma parte del Círculo de Escritura y Crítica (CEC) y se inicia en las artes plásticas. Escribe en su blog personal laesenciadelaura.wordpress.com y fue ganadora del segundo premio en el Concurso Nacional Jóvenes Susurros de relato corto. Arte como único lenguaje en la vida.