Eran las cinco y media de la mañana cuando el eminente doctor Emetteus, de la Universidad de la Atlántida, descubrió que no podía mover la mano derecha.

Tomó el vaso de agua, la boca le ardía dentro de la garganta, con los dedos temblorosos de la izquierda y empezó a verter gotitas tibias sobre la piel adormecida de esa su compañera del alma. La cama se reía de él, podía sentirlo debajo de sus piernas, los dientes feroces batiendo la carcajada.
Pero su mano no se movía. No se despertaba ni con el agua ni con los gritos “Venga, vamos” que el doctor le dirigía.

En uno de los almohadones que rodeaban su lecho del descanso, posó su mano dolorida con mucho cuidado. “Venga, vamos”. Eligió el de color violeta claro. A ella le hubiera gustado. Al doctor le entusiasmaba dormir rodeado de almohadones, le recordaban un poco las nubes sobre la tierra.

Al día siguiente la mano le dio los buenos días en silencio. Asimismo, se dio cuenta de que su brazo derecho estaba totalmente dormido. Besó la piel, acarició la superficie e inventó un baile con la mano izquierda que arrancaba en el hombro derecho y terminaba en el dedo corazón.

Puso música de blues.

Pero nada. El brazo no se pronunciaba.

A la hora de la merienda, ese domingo de tarde con sus clases sobre los colores y medidas de los cristales en un lienzo terminadas y programadas, se acercó a la terraza a leer. El brazo derecho cubría el borde del balcón. Esparció migas de pan sin sal y los gorriones comenzaron a picotearle la piel.

Gotitas de sangre resbalaron por la pared. Y el brazo no despertaba.

El doctor Emetteus dominaba siete idiomas y cincuenta y cuatro modos de saludo,
conocía los nombres de todos los tipos de lluvia de Galicia y de nieve en el Polo Norte, para dirigirse a ellas en caso necesario. Sin embargo, el brazo derecho y su mano con sus cinco gusanos con sombrero líquido no respondían a sus llamadas continuas. Apretaba distintos puntos de la articulación desarticulada y…no notaba los huesos.

Habían desaparecido.

Ese sábado noche habían cogido sus maletas y se habían escurrido por debajo de la puerta. Huesos tiernos, huesos en pañales, huesos viejos y enfermos de cincuenta y cuatro años.

Cerró el libro con estrépito y una bandada de treinta y dos gorriones levantaron el vuelo. Los picos cubiertos de migajas rojas.

Se dirigió al armario de las enfermedades y sacó cinta de celofán. La repartió por todas las rendijas de las puertas y ventanas. Celofán azul y, cuando lo agotó, vendaje carne que parecía que cubriera de piel los cristales.

Esa noche sus huesos no se escaparían.

Durmió tranquilo, aunque un malestar le despertó en mitad de la noche: la terrible sensación de una pierna que quería arrancarse del esqueleto. “No podrás, no te dejaré”. En la cama vio como unos bultos se deslizaban, se arrastraban por el suelo y golpeaban la puerta. Pero no pudieron salir. El doctor Emetteus escuchaba los ruidos, quieto, aguardando, media luna por sonrisa en sus dientes devoradores de huevos fritos y berenjena al horno.

Y efectivamente, así como huyeron, regresaron de nuevo al origen. Trepando silenciosos por la cama, introduciéndose entre los huecos de los dedos de los pies. Uno a uno, la danza de los huesos sin exilio.

Se tatuó un pájaro en el brazo. En cada punto donde antes tuvo el hueso. Sentía batir sus alas por la noche, cuando una pesadilla se enredaba en la almohada.

Meses después, recuperó la movilidad de su brazo derecho. “Doctor Emetteus, hemos encontrado unos huesos que se ajustan a su descripción”. A doscientos kilómetros de su casita con jardín, los blanquecinos armazones se tomaban un té con hierbabuena procurando tostarse al cálido sol del mediterráneo.

El doctor Emetteus se dio cuenta de que no podía controlar su cuerpo. Se movía cada noche intentando escapar por esas rendijas cubiertas con celofán y vendas, los huesos vibraban como cascabeles en órbita y temblaban en ocasiones en medio de una clase magistral, provocándole cosquilleo.

El doctor estaba bien. Vivía en una almendra concreta, redonda, armoniosa…pero supo entonces que no podía controlar sus huesos. Así que, de cuando en cuando, subía el volumen de la música y dejaban que por dentro se removieran a su gusto, acostado en la cama, mirando fijamente al techo.

Escrito por Alicia Louzao

Exácticamente, soy licenciada y doctora en Filología Hispánica y licenciada en Filología Inglesa. Escribo en Drugstore, Le miau noir, Culturamas y La soga. Fada-nai de las ilustraciones de "fadas de cidade"