Nadie nace feminista, se llega a serlo. Se trabaja, se deconstruye y lo más difícil: hay un autoanálisis constante ante cada acto o palabra.

Muchos piensan que cuando dices “soy feminista”, es porque una está cien por ciento deconstruida, casi como una diosa perfecta y omnipotente que mira, desde el cielo de la perfección, a los demás mortales.

No es así.

Como constructo social se lleva años asimilarlo, pulirlo. Las mañas vuelven. Los pensamientos construidos por años por la percepción patriarcal afloran en el lenguaje, en la mira constante sobre la otra, sobre una misma.

Entonces, si una sigue cometiendo los mismos errores, ¿qué cambia?

La diferencia está en que a base de trabajo, autoanálisis, lecturas, debates sobre el tema y diálogos con otras feministas, una mujer que está en el camino del feminismo puede detectar, antes o después, situaciones de violencia que están siendo normalizadas por ella, costumbres micromachistas ancladas al lenguaje, el comportamiento y su interacción con otras mujeres.

Declararte feminista no te hace la mujer perfecta. La perfección no existe, es sólo una idea, una construcción subjetiva que depende de muchas variables y que difiere según el privilegio de quien la enuncia.

Lo que sí hay es muchas maneras de acercarse al feminismo y de cómo lo practicamos.

Yo no supe que era feminista hasta hace cuatro años. Intuía algo pero no lograba dar con la definición.

En mi casa no se hablaba de feminismo. Se hablaba, en cambio, de mujeres fuertes, determinadas. Había hombres “débiles” por alguna situación (a mí me tocó que llamaran así, por ejemplo, el desempleo y el alcoholismo y la depresión de mi padre), entonces las mujeres del hogar tenían que mantener a flote “la familia”

pero, ¿cómo o de qué manera?

Trabajando, limpiando, haciendo de comer, sacando dinero de donde fuera para que los siete integrantes de la familia tuvieran comida, casa, escuela y ropa que vestir.

Las mujeres que se encargaron de ello, en mi infancia, fueron mi madre y mis dos hermanas mayores. Claro está que eso no las eximía de tener pensamientos y comportamientos machistas o misóginos.

Durante años esa bipolarización me causó muchas confusiones: podía ser una mujer fuerte e independiente pero lo mejor era casarme y tener hijos. Ni siquiera se podía pensar en sí o en no. Era algo que se tenía que hacer como ley de vida: directo y al hoyo porque, en el pensamiento patriarcal de muchas familias, no existe otra cosa.

Llegué a licenciatura y fue la primera vez que escuché hablar del feminismo. Una de mis maestras lo ridiculizaba. Decía: “el feminismo son aquellas mujeres enojadas con la vida que sólo hacen quemas de sostén”.

Esa afirmación era aplaudida y asimilada por casi todo el salón. Había risas. Claro. Porque ante todo, si quieres hablar de feminismo, no debes de verte como señora enojona sino algo más light, más digerible, más patriarcal: una humorista del lenguaje, una payasita que agrade a las órdenes machistas en consenso: tus alumnos, el profesorado universitario o, en últimas instancias, tus lectores.

Obviamente, corrí a buscar la definición en Internet. De ahí pa’l real me di cuenta de lo que en verdad era: una feminista o lo que llaman “una mujer enojada”, ¡claro! furiosa y con ganas de tranformarlo todo.

Pero obvio, transformarlo todo es una utopía y ya hemos dado varios pasos para llegar hasta ella. Tal vez en ochenta años la igualdad entre hombres y mujeres sea un cambio más notable que ahora.

Ya no soy una niña que apenas balbuceaba, interiormente, un concepto que hacía razonable el hecho de que, por ser mujer, merecía ser considerada como una persona.

Ahora tengo dos hijos y una visión del mundo totalmente diferente. No puedo decir que estoy libre de machismos, concepciones patriarcales y visiones misóginas pero estoy en el camino para dejar de ser lo que me impusieron, y lograr ser lo que yo quiero: una mujer libre, una mujer que se equivoca, que se da cuenta y que intenta cambiarlo porque nadie nace feminista, se llega a serlo.

 

Escrito por Esther M. García

Esther M. García (Cd. Juárez, Chihuahua, México, 1987) Radicada en Saltillo, Coahuila. Licenciada en Letras Españolas. Ha publicado cinco libros de poesía, uno de cuentos y una novela juvenil. Ganadora del Premio Nacional de Cuento Criaturas de la Noche 2008, Premio Estatal de cuento Zócalo 2012, Premio Municipal de la Juventud 2012, Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal 2014, Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada 2017, Premio Estatal Chihuahua Cambiemos el cuento 2018, y Premio Nacional de Literatura Joven FENAL-NORMA 2018. Fue finalista del Premio Internacional de Literatura Aura Estrada 2017. Ha sido becaria del PECDA Coahuila y del FONCA JC. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, italiano y portugués.