Sobre el terremoto del 19 de septiembre de 2017, Ciudad de México

Buscaba textos sobre Olvido García Valdés. Olvidé lo que hacía, de pie, en el piso trece. Sentí que un camión gigante pasaba por la explanada y hacía que todo vibrara. Era una sensación espejo de cuando estoy en el departamento y los camiones hacen vibrar las ventanas. Pero en esta parte del campus ni siquiera pueden entrar los automóviles. Luego entendí que estaba temblando, pero no lo creía porque acabábamos de hacer un simulacro, y no lo creía porque hace 32 años exactos un terremoto destruyó la ciudad. Entonces nos gritaron, salimos, nos agarramos de la puerta. Los mosaicos se empezaron a caer. Se los señalé a Héctor y me dijo que no me preocupara porque eso pasaba cada vez que temblaba. Luego, ya que estábamos abajo, le dije “¿entonces ya habías sentido un temblor en la torre?” y contestó que no.

Después del temblor, no podía comunicarme con mi familia. Escuché que los epicentros habían sido en Puebla y en Morelos, donde todos viven, repartidos mitad y mitad. Pensé que si alguien moría, debería entender que la muerte era una etapa inevitable de la vida. Thich Nhat Hanh dice que morimos todo el tiempo, y sólo por eso podemos seguir viviendo: el cambio.  La resignación anticipada e innecesaria me cubría. Mi jefe me dijo que me porté muy ecuánime, y sentí un orgullo pequeño e idiota.

Mi exnovio y yo nos quedamos en la casa de una amiga. Es segura. Nosotros en cambio, vivimos en zonas de riesgo. Él tenía cuarteaduras, yo no. Desde ahí mandamos medicinas. Como magia, como las botellas para curar la garganta que cuelgan del eucalipto que vio la mamá de Marosa de Giorgio, nos íbamos quitando la culpa de estar tan lejos de las zonas afectadas. Llegaron más amigos, preparamos alimentos. Sentía que el desastre era una oportunidad de estar viva y con ellos. En la noche, veíamos cómo intentaban sacar a Frida Sofía de los escombros, no podíamos cerrar los ojos, hasta que nos quedamos dormidos. Habíamos terminado hace unas semanas y otra vez, por fin, dormíamos en la misma cama con el amor interrumpido, sin que fuera el momento de abrirlo. Al día siguiente, se supo que Frida Sofía no existía.

Ahora, días después, vuelvo a la oficina. Encuentro las ventanas de mi navegador abiertas. Siguen las búsquedas de Olvido. Estaba, momentos antes del temblor, a un clic de encontrar un texto de Miguel Casado donde habla sobre el día que Gerardo Deniz los llevó a él y a Olvido por un “antitour” en la Ciudad de México. Miguel le llama así porque lo que los llevó a ver fueron las ruinas del terremoto de 1985. “Aquella inquietante antología de grietas y ausencias expresa bien el tipo de fuerza negativa que mueve toda su obra. Así, las metáforas degradadoras, como ese cielo rosa igual que la panza de un cerdito, o la investigación de los espacios vacíos que ocupan el corazón de bloques y manzanas urbanos, y cuya topografía ni siquiera las fotos aéreas consiguen registrar”.

¿Son ruinas si son recientes? Por mi colonia, los estragos apenas se notan. Dos días después del temblor, ya pasaron las escobas por el polvo. Me reúno con mis amigas, llevamos cosas a una zona afectada. La vida está ahí en ese momento, se acumulan los cuerpos naranjas con cascos. Todo lo demás es una ciudad fantasma, los vivos parecen muertos. Los autos nos dan el paso, todos están arrepentidos.

Los poetas escriben las palabras temblor, derrumbe, escombros. Pero, ¿qué escriben cuando el temblor es verdadero? ¿Quién escribiría bajo los verdaderos escombros, lleno de polvo? ¿Quién cambiaría un poema por un vaso de agua?

Como la muerte, cualquier desastre es natural, pero éste fue de magnitudes gigantes. Soñé con un cíclope que me seguía, y yo era una mujer débil que se refugiaba en sus amigas de la secundaria. Veo fotografías de mujeres con casco y la mano levantada y pienso qué no tengo o qué tengo que no estoy allá con ellas… apenas he llevado víveres, ínfimas cosas. Veo todo como si un plasma me dividiera de la realidad, no estoy triste. No es ésta la hora de la conmiseración, pero sí se revelan los temperamentos, la incapacidad de cada quién de dejar su propia ficción. Miztli dijo que volvió a nacer, que después del temblor nada puede ser igual. Lo mismo dijo mi prima Mariana después de su operación, cuando la revivieron durante veinte minutos.

Olvido escribe “Qué tiene este paisaje/ que está quieto”. Tantas cosas de podrían decir sobre la ciudad en la que vivo, pero no que está quieta. Un video muestra la tierra respirando, con la cadencia de un pulmón, el asfalto se levanta y regresa. Dice un ingeniero que es por la naturaleza arcillosa de esa zona, que durante un sismo se comporta como agua. Por abajo la calle está llena de agua. Aunque no se rompan las capas, abajo siguen los ríos. Imagino la composición tectónica de la ciudad: hacemos la vida sobre tramos de tierra debajo de los cuales hay un espejo líquido extendido; en sus profundidades, invisibles a nosotros, nada una fuerza oscurísima que está lista para tragarnos a todos.

Se crean narrativas que las personas viven comprometidas: unos hombres se apropiaron del acopio de la universidad y al día siguiente, los alumnos volvieron a recuperarlo. Aparecen en un video del periódico gritando “¡Goya, goya!” bajo la lluvia. Parecen niños salvando al mundo. Las nuevas invenciones, los nuevos Eneas. Yo también me cuento mi propia historia: la de Dido y el amor que me abandonó en una ciudad; estoy indefensa, mugiendo de dolor.  Cuando le dije a mi terapeuta que mi abuelo abandonó a mi abuela, me dijo: “‘abandonar’ me suena como a dejar un bebé indefenso, que no puede hacer nada”. Mi abuela y yo tenemos manos, tenemos piernas.

Anoche empecé a temblar y pensé que, otra vez, la tierra se movía. En penumbras vi que la lámpara estaba quieta, y me di cuenta de que lo único que se movía era mi miedo. Mi cuerpo iba y volvía solo por sus milímetros. Cada noche es lo mismo, casi concilio el sueño cuando la cama empieza a moverse sutilmente, lo suficiente para sentirlo y tener miedo; no tanto como para salir corriendo, para decirle a otra persona: “¡está temblando!”. Quizá lo suficiente para preguntarle tímidamente “¿por favor, podrías sacar el escorpión de plástico que está caminando entre mis sábanas?”.

Caminé hacia la terapia por la calle de siempre pero era otra. Me di cuenta casi hasta que tuve el cordón amarillo en la cadera y subí los ojos: unas máquinas de construcción estaban a punto de tumbar el primer edificio de la ciudad. A lo lejos, todavía se podían ver unos cuadros colgados: todo se había venido abajo pero el muro que seguía de pie conservaba sus cuadros. En el retrato más grande, una señora abraza a un niño. Tiene trenzas amarradas por arriba de la cabeza. Todo es muy mexicano y muy español, como en la fotografía de tehuanas donde están mi tía y mi mamá, como cualquier foto. Al lado, hay una imagen ochentera de una mesa en un congreso, gente con lentes cuadrados, sacos grises, corbatas estrechas. Podría ser la pared de mi casa, ¿qué familia no ha presenciado su propio derrumbe?

Vuelvo a leer del temblor, ahora como si todo fuera una metáfora. Como cuando un hombre en La paloma, el sótano y la torre llega a un pueblo y no encuentra a nadie en ningún lado y después de un tiempo se da cuenta de que ha estado vagando adentro de su propio corazón. Se puede leer lo mismo con el temblor: que estaba en la oficina y empezó a temblar adentro, y se cayeron los mosaicos adentro, y se derrumbaron algunos edificios adentro. Se puede llevar en el cuerpo el temblor, no hay otra forma de llevarlo. La segunda vez que me esguincé la clavícula, el doctor me dijo que los huesos tienen memoria, y en cada accidente se hacen más fuertes, el esguince será cada vez menor. Los temblores se llevan en la memoria, lo vi en las tías de Rodrigo, desde 1985 con los ojos llorosos, esperando a salir a la calle a rezar bajo los cables. Nadie se puede sentir verdaderamente desprendido de su ensueño los días que la tierra se mueve, aunque se parta el piso, aunque se puedan tocar las grietas del cemento. El miedo es compartido pero no es el mismo.

 

 

Ilustración de Unica Zurn.

Escrito por valeria guzmán

Escribo en la regadera de la poesía.