A Carlos Rigby

Errabundo, cuyo espíritu parduzco
apareció entre los hombres
para danzar bajo la luna
al son del zopilote, tamboreo,
tan: ¡máyaya lasiqui máyaya-ooo…!

serpenteando la cadera
hacia la madrugada
”.

Así se nos olvidó, hace tiempo,
tu rostro representado en las señas de toda tu raza,
la negritud africana, los dientes perlados,
tus ojos, parecidos a los de la Diosa Mayaya.

¿Acaso una sombra, quizá la tuya,
acompañó tus pasos tantas veces
cuando humeado por la noche,
solías atravesar las solitarias calles de Larreynaga?

Y en el viejo Panal. Donde se reunieron
los poetas más célebres de tu época,
(dándole, casi siempre, cierta importancia a sus vidas)
sentados –galantemente– en la mesita de los “bandoleros”,
con el chiste clamoroso de quien más crítico,
empeñados en ningunear a todo artista
hasta asfixiarlo, y en ofender
también al muerto que defenderse  
por sí mismo ya no puede,
cuando en la infamia te difamaron, señalando
que sólo fuiste un negro-mariguanero,
y menos poeta que Lizandro.

Que, si mencionar su nombre aquí pudiera,
a quien así te faltó el respeto,
querido Mago,
más bien yo te irrespetaría.  

Quizás jamás vio tu performático baile:
(con tres tambores y una concha de caracol)
al ritmo del trombón,
en los cálidos escenarios
donde en alto declamaste:
¡Sim-Saima-Si mayor¡
¡máyaya lasiqui máyaya-ooo…!

Haciéndote uno en las aguas, y hasta tus últimos días,
así te admiramos,

invocando como siempre a la lluvia
que moja ahora la tierra donde tu cadáver
desde aquel triste veintitrés de Mayo está enterrado.

 

Escrito por Salvador Zambrana Gutiérrez

Salvador Zambrana Gutiérrez (Managua, Nicaragua, 1997) es comunicador y poeta.