Se oía decir en ese momento, que la peste lo envolvía todo. Ya no había destinos individuales, sino una historia colectiva que era la peste y sentimientos compartidos por todos.
-Albert Camus

Aquél día, el sismo lo envolvía todo, desde ése momento recordamos tener un punto en común: el sufrimiento. No, no era a causa del polvo que dejaron los edificios y casas derrumbadas, eran nuestras miradas que no se dirigían a los bienes perdidos, sino a memorias derrumbándose a las cuales jamás tendríamos acceso de nuevo.

No era nuestro patrimonio, era algo más; no sólo lo mío sino lo de mi vecino, lo del recién conocido, lo de mi compañero de clase o trabajo. Pero todavía era algo aún más grande: la vida misma, así como la muerte.
Vimos nuestros rostros sudorosos con lágrimas, sangre y polvo. Te reconociste en la mirada del otro, en su dolor y nos abrazamos todos con un “¿necesitas ayuda?”.

De esta forma, una parte de nuestra vida se iba, se transformaba en otra cosa.
Desde aquél momento, para las instituciones nos convertimos en códigos rojos, amarillos y verdes, que refieren al estado de los bienes materiales, de los hogares. Pero ¿alguien les recordó que no somos códigos sino personas? ¿familias sin hogar o personas con la duda de si su tierra nunca fue apta para vivir, sino para morir? ¿o sólo nos han visto como posibles consumidores de viviendas a crédito?

Estas preguntas se han ido respondiendo a través de los meses confirmando lo peor: sí, somos códigos, sí, somos colonias perdidas en grietas geológicas; sí, vivimos en zonas aptas para un cementerio y también somos posibles deudores, por una casa parecida más a un huevo.

Pero a un año del sismo del 19 de septiembre, las memorias en polvo se han vuelto nuestro oxígeno, nunca se fueron; como las grietas de la tierra sobre las que caminamos, la casa que demolieron y no han reconstruido, los escombros de las que aún demuelen, cuartos, casas, edificios apuntalados, las cruces de nuestros muertos, las misas, los rezos.

Tal vez el polvo sólo nos recuerda cada día que el tiempo pasa, así como la vida. Por eso, a un año las consignas de reconstrucción rezumban en los oídos, mientras la tierra continúa moviéndose.

Alguna vez, a estas catástrofes les llamaron “situaciones límite”, pues cuando suceden, nos llevan a un estado muy especial de crisis, lo cual nos mueve a pensar y actuar de alguna manera.
El sismo fue así, nos noqueó recordándonos que aquello que creemos nuestro, en realidad no lo es ni nunca lo será. Como nuestra vida, la persona de enfrente, la muerte y los bienes materiales.

Nos recordó como buen movimiento de la naturaleza, que todo se transforma, que todo cambia, que nuestra vida sedentaria es sólo una ilusión que construimos sobre arena, o sobre grietas geológicas, como es el caso de nuestras colonias y de la ciudad entera.

Nos movió a actuar sin importar si lo que hacíamos o no era correcto, porque es lo que sentíamos que debía ser, por un sentimiento profundamente humano sin rayar en el egoísmo, pues más que miedo propio, era miedo a la pérdida de vida de los demás, aunque no fueran conocidos.

Eso aconteció por un tiempo; sin embargo ¿qué hay ahora? Damnificados en pie de lucha, miradas que se dirigen a la incertidumbre, con parte de la sociedad y medios que no han volteado a ver la situación actual, porque ya no es el tema de moda o porque #LavidaSigue o #AmiNomePasóNada. ¿Será justificable la hipocresía colectiva?

Recordemos que el olvido siempre está presente cual fiera amenazando en devorar la lucha y convertirla en nada, en situación pasajera, cuando todos sabemos que, para la realización de las peticiones, se necesita tiempo, meses o incluso años.

También sabemos que no nos hacen un favor las instituciones, sólo defendemos nuestro derecho a la vivienda a través de la organización civil, la cual ha sido producto de la incapacidad del Estado de hacer censos completos de las vidas derrumbadas, estudios fidedignos de suelo y desarrollo en la reconstrucción.

Por otro lado, el tejido social continúa igual, a pesar de haber hecho lo que “nos era posible”, en contra de toda probabilidad de cambio. Sin embargo, así podemos darnos cuenta con mayor fuerza, que no se trataba de heroísmo, que nunca ha sido eso.
La hipocresía colectiva sólo funciona unas semanas, pero no más, porque se trata de vidas que no son reconstruidas. Por tal: ¡no queremos ser un monumento, una fecha institucionalizada, ni tener homenajes, sólo queremos volver a casa!

En fin, podemos pensar que al parecer algunos abandonan, pero la memoria histórica no se diluye, así como la sangre que por más que se lave, su olor vivo y fuerte sigue presente.

¡DAMNIFICADOS UNIDOS SERÁN RECONSTRUIDOS!

 

Foto: @webcamsdemexico

 

Escrito por Brenda Cedillo

Brenda Cedillo, estudiante de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y poeta de 20 años, ha colaborado en la antología Contracanto (Proyecto Almendra, 2014) de estudiantes de CCH’s a través del Torneo Adversario en el Cuadrilátero, organizado por Verso Destierro, en esos primeros versos podemos ver las primeras pinceladas de ideas que no ha parado de pensar; estos resabios poéticos desembocaron en Los Espejos Del mundo (Proyecto Babel, 2017), primer libro de poesía que desarrolló. También colabora en la Antología de literatura mexicana núm. 22, titulada: Ciudadela de Orfebres (Colectivo entrópico, 2018) Y Ganó el 2do lugar en el Torneo de Poesía Adversario en el Cuadrilátero 2017. La poesía de Brenda es un diálogo constante con su ser filosófico, por lo que sus versos, fuera de su estética acompasada, se ven inmersos en diversas cuestiones como, la finitud, la imposibilidad del habla como acto creador, el acto estético y la libertad en su sentido fuerte. En su entramado estético Brenda nos va atisbando senderos que dan el último rodeo al lenguaje, para poder salir del campo de lo que puede ser dicho con sentido.