Por: Patricia Cerda

 

Masticaba chicle y era casi buen mozo. Llevaba una barba de tres días. Su piel morena podía ser tinte natural o exposición solar. Casi buen mozo. Solo casi. Nada que me hiciera sentir nerviosa o me restara soberanía sobre la situación. Noté una leve expresión de desdén hacia mí que atribuí a mi retraso de 15 minutos. Aunque le había avisado desde el taxi que llegaría tarde. Yo estaba alojada en un hotel en el casco antiguo de Palma y él propuso un bar en la avenida Joan Miró. No calculé la distancia y me costó encontrar un taxi. Pero así conocí el Paseo Marítimo con sus yates estacionados. Seguramente la ciudad tendría también sus partes menos atractivas, pero lo que estaba a la vista era glamouroso. Cuando me bajé del taxi y lo vi de espaldas sentado solo en la terraza supe de inmediato que era él. Me presenté sonriente y lo saludé con un beso en la mejilla y un gesto de buenos amigos. El comentó:
.       –Parece que nos conociéramos desde siempre.
.       La atmósfera de los primeros minutos fue liviana y respirable, a pesar de su mirada escéptica por mi retraso. Tenía los labios más finos que en la foto y el chicle que masticaba con la boca semiabierta se veía como si fuese su único diente. Reflexioné que ya ni los chilenos ni los alemanes tienen la costumbre de mascar chicle (los dos países en los cuales me muevo). Tenía un vaso de cerveza a medio tomar sobre la mesa. Yo pedí un vino rosé. En el chat me había contado que era abogado y trabajaba para el gobierno regional de las Islas Baleares y que estaba de vacaciones. Mi primera pregunta fue si pensaba viajar en sus vacaciones. Movió la cabeza negando y emitió un sonido con la boca que se escuchó como tres letras T. Este sonido se produce cuando se presiona la lengua al paladar y se la quita como queriéndola despegar. Luego explicó:
.       –Prefiero relajarme en mi departamento y leer filosofía.
.       Lo de la filosofía me pareció interesante. Pensé que no me iba a aburrir bebiendo mi vino rosé. Le pregunté si conocía a Arthur Schopenhauer y reaccionó de inmediato asintiendo. Entonces le conté que para mí él era un filósofo muy importante y lamenté que estuviera mal traducido al castellano, comenzando por el título.
.       –La traducción del título de su obra magna es El mundo como voluntad e imaginación y no El mundo como voluntad y representación. Imaginación es la traducción correcta del sustantivo alemán Vorstellung.
.       –No me cabe la menor duda, todo está aquí –dijo, tocándose la sien con el índice derecho.
.       A continuación me hizo la pregunta de rigor:
.       –¿Cuánto tiempo te vas a quedar en Palma?
.       Respondí que una semana y seguí pensando en la transformación de Vorstellung en el difuso término representación, que seguramente le ha costado miles de lectores al filósofo en España y América Latina. Una injusticia que ojalá el tiempo se encargue de reparar. Por más que trate de hacer memoria, no me acuerdo que puente utilizó Rafael para contarme que era viudo. Eso me volvió al aquí y el ahora. Creo que fue el del insomnio, cuando comentó no saber lo que era dormir una noche completa desde que murió su esposa. Le pregunté cuándo fue eso.
.       –Hace 19 años.
.       –¿Un accidente?
.       –Cáncer.
.       –¿Qué edad tenía ella?
.       –42 años.
.       –¿Y cuánto tiempo estuvieron casados?
.       –22 años.
.       –Duro –comenté.
.       Él asintió y confesó que todavía estaba enamorado de ella. Lo dijo con una vehemencia y una facilidad que me hizo pensar que siempre hacía ese comentario a las mujeres con quienes se encontraba. Le dije que me parecía coherente. Para quienes tienen el talento del amor, cuando alguien entra en su corazón, suele quedarse para siempre. Él asintió y me hizo ver con su mirada que le gustó mi comentario. Se sintió comprendido. Creo que incluso lo tranquilizó. Yo agregué:
.       –Si la persona amada desaparece porque la muerte o la vida se la lleva, eso no significa que se vaya a borrar de nuestros recuerdos. Allí se queda como materia de idealización.
.       Yo sabía muy bien por qué lo decía, aunque no pensaba sincerarme con él. Pero me pareció interesante constatar que teníamos algo en común.
.       –Eres bastante lúcida, eh. Hagamos un salud por este encuentro.
.       Yo me sonreí, bebí de mi copa y terminé la idea:
.       –En materia de sentimientos, el tiempo se está quieto.
.       Rafael me escuchaba con ojos chispeantes y bien abiertos.
.       –Eso hace que hayan amores activos y amores pasivos –proseguí.
.       –Pero hay que soltar las amarras –replicó. Es algo que he aprendido del budismo.
.       –Al parecer tú no las has soltado –comenté. Sigues solo. ¿Sientes que le serías infiel al recuerdo de tu esposa si te emparejas con otra mujer?
.       –Eres bastante intuitiva. Me sorprendes. La verdad es que me he enamorado de otras mujeres. He tenido dos amores importantes desde entonces. Pero a ninguna de ellas le he prometido nada más que amor. Una lo aceptó, la otra se despidió pronto.
A pesar de su tono básico levemente amargo, sus gestos eran los del conquistador que prevé un buen desenlace. Seguramente tenía suerte con las mujeres. Sentí que iba a estropear su estadística esa tarde y me sonreí. Rafael quiso saber por qué me sonreía. Yo moví la cabeza y dije:
.       –Nada. La tarde está agradable y el vino es bueno. Es frutoso y con buen aroma.
.       –Me alegro de que estés a gusto.
.       –¿Y tú?, cómo te sientes –pregunté.
.       –Bien.
.       Bebió un sorbo de cerveza y se corrigió de inmediato:
.       –Aunque yo nunca estoy del todo bien. Siempre me falta algo. Es la razón porque voy al psiquiatra. Este es el cuarto delantal blanco que consulto desde que se murió mi esposa.
.       La vida interior de Rafael era un reportorio de temas a flor de piel que buscaban un enlace externo para manifestarse. La expresión delantal blanco me gustó y también la ironía con que la utilizó. Fue la única ocasión en que usó ese recurso durante nuestra conversación. La ironía no estaba dentro de sus talentos. Suelo notar de inmediato cuando al alguien le falta el elemento que capta la parte absurda del mundo. En muchas personas es su déficit mayor. Rafael quiso saber si yo había consultado alguna vez un psiquiatra y yo negué haciendo las tres letras T. Le expliqué que no creía en ellos y le conté un chiste de la tira cómica Condorito, muy popular en Chile: Un delantal blanco observa una pelea en un hospital psiquiátrico. Los internos discuten apasionadamente sobre cuál de ellos es el verdadero enviado de Dios. La cuestión escala peligrosamente por lo que el médico decide interceder para aclarar el mal entendido:
.       –Señores, calma y tranquilidad. Siento informarles que aquí hay una equivocación. Yo no he enviado a nadie.
.       Se sonrió y bebió de su cerveza. Luego me miró como miran los hombres buenos mozos a las mujeres que saben que van a conquistar. Pero yo no entronqué con su mirada. Sabía que su boca chiclosa se iba a quedar sin mis besos esa tarde. Volvió a entrar en materia. Explicó que iba al oratólogo para que lo ayudara a dormir toda la noche, pero ni para eso servía.
.       –Parece que estás demasiado sumergido en el mundo –comenté. Dormir es una forma de desvincularse. El desapego de que hablan los budistas.
.       –Es cierto, yo no me desvinculo nunca –confesó en el tono sumiso con que le hablan los pacientes a sus psiquiatras.
.       Terminó su cerveza y le hizo un gesto al mesero para que le sirviera otra. Después quiso saber si yo creía en la felicidad.
.       –Creo en la tranquilidad –respondí. Es lo más parecido a ella.
.       Pensé que con esa aseveración iba a provocar una reacción de su parte. Pero no la hubo.
.       –Además soy optimista –proseguí.
.       Entonces sí protestó subiendo la voz:
.       –¡Pero eso es una bobada! Cómo puede ser uno optimista en este mundo, que es una verdadera plasta. La vida es una mierda y el cuento de la felicidad, un engaño.
.       Fue como una sucesión de ladridos. Si Rafael fuese un perro –me dije– le ladraría a todo el mundo. Yo proseguí con mi tono tranquilo de perra observadora:
.       –Ser pesimista u optimista es una cuestión de carácter. Es algo innato. Los optimistas somos como el personaje del cuento Juan con suerte, ¿lo conoces?
.       Él negó con la cabeza mientras bebía de su cerveza recién servida.
.       –Es un cuento popular de Sajonía recuperado por los hermanos Grimm en el siglo XIX. Se trata de un campesino que después de servir un año al dueño de una granja recibe una bola de oro en recompensa. En el camino de regreso a su casa esta bola se le hace pesada. Cuando un pasante le propone cambiarla por su caballo, acepta encantado. Pero el caballo sale chúcaro. No se deja montar…
Rafael me miraba entre curioso e impaciente. Echó un vistazo a su reloj y me siguió escuchando, no verdaderamente interesado.
.       –Más adelante, Juan cambia el caballo por una vaca a un campesino, sintiéndose nuevamente afortunado. Con su leche espera calmar su hambre y su sed. Pero no. La vaca no da leche.
.       Me sonreí y busqué su empatía, pero no reaccionó. En su boca se asomaba el chicle.
.       –Más adelante Juan trueca la vaca por un cerdo. Otra vez se siente feliz con el trueque. Su optimismo es indestructible.
.       –Interesante. Pero es un cuento. Eso no ocurre en la realidad –opinó.
.       –Claro que ocurre. El optimismo es el gen de la felicidad. Algunos lo tenemos.
.       –No creo en esos cuentos. Además, no es lo que plantea tu filósofo.
.       –Es cierto. Schopenhauer no creía en ese gen. Seguramente porque no lo tenía. Para él el dolor era el estado normal del ser humano. La felicidad era solo una momentánea negación del dolor.
.       Rafael se mostró de acuerdo. Yo quedé pensativa. Si el filósofo hubiese tenido ese gen quizás no hubiese escrito esa obra magna tan inspiradora. Voltaire, en cambio, sí lo tenía.
.       Rafael se apoyó en el respaldo de su asiento con los brazos apoyando su cabeza y estiró las piernas.
.       –¿Por qué no me cuentas mejor historias para hombres grandes?
.       Me dio risa.
.       –Bueno los hermanos Grimm recopilaron éste y otros relatos entre los campesinos de Sajonia. Es verdad que los pobladores los contaban a los niños para instruirlos sobre las cosas de la vida, pero son historias para grandes. Los niños no entienden lo que quieren decir.
.       Bebí de mi copa y me dediqué a observar a los pasantes para evitar la mirada cada vez más penetrante de Rafael. La mayoría eran extranjeros. En el verano, Palma se llena de turistas de los países nórdicos. Los mallorquines los llaman guiris. Le pregunté qué libros pensaba leer en sus vacaciones. Mencionó al filósofo rumano Emile Ciorán. Le dije que yo también lo había leído y que su misticismo pesimista me parecía bastante poético.
.       –¿Te parezco yo también poético?
.       Le iba responder que no, pero me contuve. No dije nada. Recordé un comentario de Ciorán en uno de sus últimos libros: Estoy harto de calumniar al universo. Mi contraparte parecía un especialista en ello. Comenté que Ciorán había profesado toda su vida una constante admiración por Schopenhauer. En seguida la corriente de los pensamientos saltó a Rubén Darío, otro lector del filósofo alemán. Ese día había ido en bus desde la Plaza de España a visitar el monasterio de La Cartuja en Valldemosa, donde el poeta nicaragüense pasó unos meses en 1913. Vino a mi mente su poema escrito allí: Y quedar libre de maldad y engaño/ y sentir una mano que me empuja / a la cueva que acoje al ermitaño / o al silencio y la paz de La Cartuja. Lo tengo guardado en mi celular. Rafael me lanzó otra mirada invitación a pasar a un tono más íntimo. Todavía no se daba por enterado de que yo no tenía ninguna intención de seguirlo. Compartí con él el recuerdo de mi paseo de aquel día y redondée que de la paz que respiró Darío hacía un siglo en La Cartuja no quedaba nada. Turistas ruidosos habían invadido el lugar.
.       –Cuando una artista llega a un sitio cualquiera a inspirarse y trabajar, suele teñirlo de significado y dejarlo en herencia para la humanidad –comenté.
.       –Ahora te creo que eres optimista –dijo medio sonriendo. Sólo una persona optimista puede pensar que la masa busca significados.
.       No quise defender a la masa. No íbamos a ponernos de acuerdo. Rafael retomó el tema de los psiquiatras. Ahora nombró al suyo por su nombre. Se llamaba Mauricio Moreno.
.       –¿De qué hablas con él? –pregunté.
.       –De mí.
.       –Siempre he pensado que la gente que consulta psiquiatras tiende al narcisismo. ¿Te consideras narciso?
.       Negó con la cabeza y emitió nuevamente el sonido de las tres T.
.       –Bien para ti. La adición narcisismo + pesimismo seguro que no es igual felicidad.
.       –Eres bien directa, eh.
.       –¿Te molesta?
.       –No. En lo absoluto. Yo también puedo serlo.
.       Cruzó los brazos y me lanzó otra de esas miradas.
.       –Además eres mona. Tienes senos seductores. Dan ganas de tocarlos.
.       –Soy directa pero no mal educada –repliqué seria.
.       –¿Qué es para ti ser mal educado?
.       –Hablar de mi cuerpo de esa manera.
.       –Todos somos mal educados. No son nuestros padres o la escuela los que nos crían, sino la sociedad completa. Y esta sociedad, podrida como está, no puede generar buenas personas.
.       El comentario me gustó, pero no lo manifesté. Terminé de beber mi copa y le hice una seña al mesero con la intención de pedir la cuenta. No me vió. Entonces seguí con el tema:
.       –La sociedad es un mecanismo de supervivencia de la especie. Un laboratorio para domar al animal pensante. Sin sociedad la vida sería una aventura trágica en la que los protagonistas serían los malos y los pillos. Viviríamos en guerra permanente. El hombre, el lobo del hombre.
.       –¿Quieres otro vino?
.       –No. Me tengo que ir.
.       –¿Tienes otro compromiso?
.       Negué y proseguí elucubrando.
.       –La sociedad fue la buena idea de unos pocos que intuitivamente le tendieron una trampa al natural juego darwiniano de la selección natural.
Como el camarero no se veía por ninguna parte, fui al baño y de paso le pedí que nos llevaran la cuenta. Cuando volví a la terraza Rafael me tenía una sorpresa.
.       –¿Sabes lo que es esto? –me preguntó, mostrándome una pastillita.
Negué sorprendida.
.       –Éxtasis. La felicidad sí existe, pero no es un producto de la naturaleza. Es artificial. Se puede inducir y funciona siempre. Si quieres probamos. Tiene la facultad de volver muy sensibles a sus consumidores. Podríamos durar toda la noche.
Ni pensarlo. Lo único que me inspiraba, era lástima. Y en ese momento, incluso asco.
.       –¿No te atreves? –insistió.
.       –Pienso que el acto sexual está sobrevalorado, sabes. Esto puede ser otro producto de la sociedad malcriadora.
.       Pensé explicarle que la razón principal era que no me gustaba. Si él me hubiese parecido erótico, no necesitaría ninguna pastillita. Pero no. Si había algo de intuición en él, en los días siguientes el rompecabezas se le armaría solo.
.       Cuando nos pusimos de pie miró mis sandalias y opinó que estaban muy chulas. Caminó conmigo hasta la esquina y esperó hasta que pasara un taxi. Después se despidió con dos besos pegajosos y sonoros en mi mejilla derecha. Desde el auto lo vi consultar su celular. Disfruté su frustración y mi distancia. Cuando regresé a mi habitación en el hotel seguí leyendo una novela comenzada ese día, antes de apagar la luz. Esa noche soñé con mi querida amiga Alejandra. Otra chilena que hace su vida entre Berlín y Santiago de Chile. En mi sueño ella me ayudaba a limpiar el piso sucio de un cuarto vacío con un escobillón inmenso. Un hombre recogía basura y cosas viejas agrupadas en una esquina de la habitación. Yo misma, las había dejado allí para que el indigente se las llevara.

Palma, julio del 2018


Patricia Cerda

Nació en Concepción, Chile, en 1961. Desde 1986 reside en Berlín. En 1988 se doctoró en historia en la Universidad Libre de Berlín. Ha sido docente sobre temas de Comunicación Intercultural en la Universidad Ludwig-Maximilian de Múnich. En 2013 publicó el volumen de cuentos Entre mundos (Cuarto propio, 2013). En julio de 2016 siguió la novela histórica Mestiza (Ediciones B), que estuvo  varios meses en la lista de los libros más vendidos y fue alabada por la crítica chilena. En octubre del 2016 publicó su segunda novela Rugendas (Ediciones B) sobre el paso del pintor romántico Juan Mauricio Rugendas por Chile. También esta novela fue alabada por la crítica y bien recibida por los lectores. En abril del 2018 publicó la novela Violeta & Nicanor (Planeta) sobre los dos hermanos iconos de la cultura chilena y latinoamericana Violeta y Nicanor Parra.

Escrito por Liberoamérica · Ventana Abierta

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