A finales del año 2015 se estrenó la obra Bastedad, del poeta, ensayista y dramaturgo Alejandro Massa Varela. En aquél entonces, las reseñas que trataron la puesta en escena, tanto positivas como negativas, remarcaron el hecho de ser un ejercicio escénico que privilegiaba lo poético sobre lo dramático, lo que dificultaba su clasificación dentro de uno u otro género.

Para mí, se evidenció el hecho de que, lejos de ser un obstáculo, dicha situación hablaba de la capacidad de Alejandro para poner en crisis las nociones de poesía y teatro, ya que finalmente, su voluntad inmersiva encaminaba la obra a desvanecer los límites entre el sujeto y lo que le circunda, a restablecer la integridad del ser humano como mundo, como el ser de la experiencia límite. 

Ahora, tres años después, se ha estrenado en la sala Julián Carrillo de Radio UNAM una nueva pieza teatral de Massa Varela, El cuerpo del Sol o diálogo para enamorar al infierno. Situada en la Siria devastada por la guerra, esta breve representación escénica nos cuenta el íntimo y piadoso diálogo de un matrimonio  conformado por Nadia, una brillante y jovial neuróloga, además de confesa atea, y Azzâm, un hombre afable, sensible y profundamente religioso, quienes intentan sobrevivir al horror bélico del entorno, reteniendo su mundo cotidiano.

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Sin mayores pretensiones, la pieza nos muestra un ir y venir  entre ambos personajes, un juego de memoria viva, entre la dicha y el dolor de lo vulnerable. A pesar de ser una obra con una estructura más dramática que su predecesora, nos ofrece una concatenación de diálogos, internos y exteriores, cuyo sostén primordial es una sutil y muy cuidada poética.

Sin embargo, el principal motivo de esta reseña, o mejor dicho, pequeña reflexión, es explorar el desarrollo de Alejandro Massa no solo como autor, sino como hacedor de lo sensible. 

Mientras en Bastedad, el personaje principal, el joven escritor Benjamín, adolecía de un violento e inhumano éxtasis místico, un delirio que luchaba por sostener una cruel y palpitante definición de lo divino, en El cuerpo del Sol la trascendencia divina se deposita en el cariño, el miedo y el sufrimiento que se profesan Nadia y Azzâm; en este sentido, destaca el personaje de Nadia, no solo por su complejidad intelectual y emocional, sino también por su capacidad de develar la magnitud cósmica que esconde la existencia de lo sensible, a través de momentos donde pareciera que ella misma ha ordenado y definido la forma y naturaleza del Universo.

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Massa Varela muestra una y otra vez la fragilidad de los protagonistas, pero no una fragilidad física, sino emocional e intelectual. Lo cotidiano se conforma como germen de una armonía que gira, aparentemente, indolente de la violencia y la muerte  provocadas por la guerra, preservando el encanto de los accidentes comunes y los objetos humildes.

Lejos de reducir a los personajes a una linealidad o lugar común, las reiteradas muestras de afecto entre ambos parecen dibujar el horizonte de lo posible, es decir, de lo que no es y por ende no se ve, pero si se presiente, en un sentido religioso y no lógico.

En este aspecto, las reflexiones de Alejandro a lo largo de la puesta en escena, bien podrían considerarse sumamente densas para un amplio auditorio. Sin embargo, encuentro que dicho pensamiento, si bien es complejo, se manifiesta sutil y amable, y no como una sentencia dura; de hecho, me parece una confidencia personal del autor manifestada al público. Los recursos poéticos de la obra y su ejecución construyen una comunicación de palabra tersa, retórica antes que teórica en la estructura dramática.

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Pareciera que el objetivo de este ejercicio escénico, al igual que Bastedad, así como buena parte de la dramaturgia y poesía de Alejandro Massa Varela, es insinuar a Dios. No Dios como entorno celeste, sino como el eco de un desvanecimiento grávido, terrestre e informe, que sale de la boca de sus personajes. Dicha resonancia de lo divino vive, sufre, fructifica y muere. Termina siendo la perseverancia de lo humano y su efímera trascendencia.

Al final, si Dios es bruma, ya sea porque ha muerto, como anunció desquiciado Friedrich Nietzsche, o porque está ausente, como observó con dolor Simone Weil, éste debe vivir en el lenguaje, siendo cadáver o siendo sombra, entre el amor y el fin de los que celebran estar vivos, aún en medio del sufrimiento.

 

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Escrito por Aldo Vicencio

Aldo Vicencio (Ciudad de México, 1991) Poeta y ensayista, estudió la Licenciatura en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es autor del poemario Piel Quemada: Vicisitudes de lo Sensible (Casa Editorial Abismos, 2017) y el videolibro Anatolle. Danza fractal (El Ojo Ediciones, 2018). Su obra ha sido publicada en diversas revistas literarias en México, como Periódico de Poesía y Punto en Línea de la UNAM, Círculo de Poesía, Opción del ITAM, La Rabia del Axolotl, El Septentrión, Marcapiel y Carruaje de Pájaros, así como en diversas publicaciones iberoamericanas, como Digo.Palabra.txt de Venezuela, Revista Antagónica de Costa Rica, Enfermaria 6 de Portugal, La Galla Ciencia, El Coloquio de los Perros y la revista penúltiMa en España, entre otras. Ha sido incluido en la antología española Nueva Poesía y Narrativa Hispanoamericana (Lord Byron Ediciones, 2016).