IMG-20180824-WA0007

Irina siempre tuvo la curiosidad errante. Dispersa. La mente prófuga, enmarañada en panales de abeja. Celdillas mixtas que luchaban por aparecer primeras en la ventana esmerilada de sus ojos. Nunca encontró la forma de estar presente en aquello que no le estremecía el estómago. Muy por el contrario, la sensibilidad se le escapaba por los poros y viajaba lejos, incontrolable, en una búsqueda permanente de aquello que brilla por encima de la obviedad.

Su familia había decidido pasar las vacaciones de verano en Berlín y llevar a las niñas, a rastras, por tours interminables plagados de discursos educativos que a ella le sobraban. Intentó, al principio, atender. Pero su naturaleza la llevaba siempre más allá del colectivo, del grupo con auriculares de traducción y los folletos.

Ahora frenaron frente a los restos de la Estación Central. Un arco inmenso, partido a ambos lados, quebrado por el violento ataque de los llamados <Aliados>. Recorren el predio a paso ligero, siguiendo a la guía que señala un hostal, una cancha de futbol y algo que parece una carpa de circo, pero del que Irina no alcanza a escuchar mucho más. Se ha separado del grupo. Cruza sola la calle y se interna en esa fachada que vio desde el micro y que al instante la enamoró. Parada en la entrada de un pasillo corto pero profundo que se abre entre puertas virtuales, no se atreve a entrar. Siente la gravedad de la oscuridad que lo colma y una sensación de inmenso dolor la arrastra y la obliga a posar la yema de los dedos en la piedra color ocre. Los hace avanzar unos centímetros, siente el frío helado del material que se le pega al cuerpo. El espacio se vuelve denso. Nota algo que flota en el aire, magnético, que le roza las mejillas y la obliga a poner un pie frente al otro hasta verse inmersa en la penumbra. Sigue rozando la piedra pero ahora, además, algo la roza a ella. Las arcadas simétricas que se suceden a su derecha proyectan sombras que no termina de entender, que no se vuelcan hacia afuera sino que se vuelven al interior de la fachada, dándole la espalda al siglo XXI que se ha cristalizado y ha dejado de brillar.

Irina ya no está segura de lo que hace. Sabe que debería volver con el grupo, con su familia, volver a pararse del lado en el que brilla el sol y el suelo se opone al cielo. No puede. No lo intenta. Decide seguir avanzando, examinar esas sombras que ahora parecen tener forma humana. La curiosidad la volvió temeraria y, decidida a terminar lo que empezó, levantó la vista del suelo. No se movió. No parpadeo. Lo vio tan hermoso como un diamante escondido en una bolsa de carbón. Él, a su vez, hacía un rato que la observaba, apoyado en la pared, fumándose lentamente el tiempo. La pierna flexionada y el pie pegado a la piedra. Inclinó la cabeza y la llamó. Irina avanzó hacia él como si se conocieran de toda la vida. Frente a frente, sus ojos eran mucho más hermosos y él, en su totalidad, parecía transparente.

Desafiando cualquier ley natural, la tomó de la mano y la guio al interior de la estación que ahora se materializaba, gloriosa, ruidosa, llena de velocidad. La imagen se volvió gris. Ella también. Por el andén central llegaba un tren larguísimo. Metal rotundo. Rugir de chimenea. Muchísima gente agolpada subía retorciéndose en una lucha perdida contra los que amenazaban la humanidad. Irina sintió frío y el muchacho la abrazó. La simbiosis de los cuerpos le permitió sentir su dolor. La escena siniestra que se alzaba frente a ellos continuaba en movimiento y aquellos seres, tan vencidos, flotaban impotentes hacia un destino que ella ya conocía. Lo pensó, y entonces el abrazo se volvió más fuerte, hermético. No podía decirse quién consolaba a quién en ese momento, de pie en las puertas del infierno.

De pronto un sonido grave y sordo envolvió todo el espacio. Se oía venir de lejos pero retumbaba dentro del edificio haciendo vibrar el suelo y el techo. El abrazo se deshizo y esa alarma que advertía un peligro mayor colmo por completo la visión. Estallaron de a uno, frente a sus ojos, todos los ventanales de vidrio repartido. Una lluvia de cristales y polvo de cemento amenazó con sepultarla para siempre en ese recorte de historia. Retrocedió asustada, a los tumbos, tropezando con escombros que se repetían en su camino, alternados con trozos de vidrio y lágrimas.

Tres pasos más la devolvieron a la calle, a la luz y al presente. Lívida, transpirada, agitada como estaba, se apoyó en la piedra de la fachada que retomo su estructura, tal como la había visto desde el micro. Vio acercarse a la guía que hacía rato la buscaba y que se la llevo a empujones de vuelta con el grupo. Irina flotaba.

5marca

De regreso en Buenos Aires, Irina caminaba perdida por el sendero de adoquines que bordea la laguna. Llovía y estaba sola. Hacía días que sentía el cuerpo helado, cubierto de un manto oscuro que, sin embargo, no le era desconocido ni peligroso. Ese rostro transparente, ese abrazo inmortal, aún vivía en el interior de su columna vertebral. Daba vueltas inconclusas buscando el consuelo que sigue a la pérdida, a la nostalgia y a la conciencia. Se sentó por un momento, contemplando el agua estancada, la quietud. En la claridad del reflejo volvió a ver el rostro del joven flotando entre las arcadas de la estación. Lo sintió tan cerca, sentado junto a ella, perdido también en el estanque. Comprendió de pronto que la esencia de esa presencia no era ajena sino parte de ella misma. La noción de Humanidad. Lo que amamos, recordó, jamás nos abandona. Cerró los ojos con profunda tranquilidad y dejó que esa increíble sensación de empática armonía la envolviera. Irina flotaba.

Fotografía: Martín Yapur

IG: @phmartinyapur @el_observatorio_ de_bsas

Twiter: @phmartinyapur @BAobservatorio

Escrito por Natalia Amendolaro

Buenos Aires, Argentina. 1990 Lectora voraz. Escritora como forma de vida. Autora del blog Escriarte. Colaboradora en la revista Liberoamerica. En la búsqueda permanente de nuevas formas de unir arte con palabras.