Luego de una noche de descanso, se levantó esa mañana, impulsada por la fuerza de la rutina. Como todos los días, se puso la vestimenta con la que acostumbraba ir a clases. Mientras repasaba en su cabeza todo lo que debía hacer en el día, se dirigió al baño. Abrió la canilla y dejó correr el agua. Cuando subió la cara para verse al espejo, no halló su reflejo en él. Con sorpresa, con horror, se quedó inmóvil unos cuantos minutos, simplemente observando su propia ausencia en aquel pequeño espejo de baño, que sólo le devolvía la pared con azulejos, como si fuera transparente. Movió sus manos, pero aquel cristal seguía reflejando los insoportables azulejos blancos. Sintió que estaba dentro de un sueño, tal vez no se había despertado. O era una ilusión, un truco. Se lavó la cara y salió rápido por la puerta de atrás, que daba a su pequeño patio. Atravesó todo el jardín y salió a la calle por un portón. Salió con lo puesto, corriendo, buscando su reflejo en las vidrieras, en las ventanas de los autos, en los charcos. Pero su doble no estaba ahí. En ningún lado. Tampoco la gente parecía notarla cuando se abría paso. Sentía un frío que le recorría todo el cuerpo, una desesperada sensación de vacío e irrealidad. Cuando se cansó de correr en vano, se sentó en el banco de un parque. El día estaba nublado, todo transcurría de manera típica. El ajetreo de la ciudad, la gente yendo al trabajo, todo ese ruido que marcaba el comienzo del día. Y ella, helada, sentada en el banco, muy pálida. Miró a alrededor y pudo ver a un hombre vestido de traje con sombrero, que la estaba mirando desde lejos. Desvió la mirada y de pronto apareció a su lado. Sin tener tiempo para reaccionar, el hombre le susurró al oído: “¿Todavía no te diste cuenta de que no vives y de que nunca has vivido?”. Esa presencia fantasmal y desconocida la dejó perpleja. Su rostro no podía estar más blanco.
– ¿Y usted quién es?- Contestó ella.
– ¿No te acordás de mí? ¿Estás segura? – Replicó él acercándole más su cara.
– ¡Nunca lo he visto!- Se irritó.
– Tranquila, ya me vas a ver. Agregó el hombre con un dejo de insolencia.
Se acomodó el sombrero y se alejó a paso apretado hasta perderse en una esquina ventosa. Ella bajó la cabeza. No se sentía segura allí. Le costaba acomodar sus pensamientos. ¿Estaría alucinando? ¿Alguien le estaba jugando un chiste de mal gusto? No tenía la menor idea. Meras preguntas retóricas. Decidió volver por donde vino, ya ignorando las vidrieras y al resto de los mortales. Cuando estaba por llegar a su casa, corrió el último tramo. Cerró con llave y trabó la puerta. Obviamente no iba a ir a trabajar, ya que de alguna manera su entera existencia (o ausencia) no era para nada relevante. Algo la había borrado. Era irónico. Pasó 25 años en el mundo creyendo que eran demasiados, que la escuela la desbordaba por momentos, así como también lo habían hecho la Universidad, la escuela secundaria, la primaria… Su anterior vida, como la supo ver, solía ser una sucesión de reglamentos y compromisos. Todos los aceptamos internamente, muchas veces sin pensar que las cosas podrían ser distintas. Pero ahora contemplaba desde afuera su propia vida, ajena y distante, en un presente angustiante y vacío, y como ninguna otra vez deseaba por dentro volver a vivir. Una oportunidad más…
Y así pasaron algunas horas en las cuales sólo se dedicó a pensar y darle vueltas al asunto, un poco más calmada. Esto era una no vida, o una no muerte. Se acostumbró a esa idea, después de todo, ¿Qué más podía perder? A algo debía aferrarse.
Así fue como se paró de golpe y se dirigió al baño por segunda vez en el día. Sentía que avanzaba en cámara lenta, con la sensación insoportable de la espera ansiosa, de querer y no querer saber. Tomó el picaporte de la puerta con la mano temblorosa, pero con ganas. Y su reflejo seguía faltando. No quería enloquecer, si esto finalmente era un sueño o una broma o lo que fuera, no valía la pena atormentarse. Así que tocó el espejo con las yemas de los dedos para ver si había algún artificio en él. Lo descolgó y lo sostuvo unos minutos. No había nada extraño en él. Su otra hipótesis ahora le parecía persecutoria. ¿Quién querría tenderle una broma de ese tipo? Era docente hace 3 años en una escuela rural a las afueras del pueblo. Allí no pasaba nada. Tenía una vida tranquila y aburrida. Reflexionó sobre eso. Sí. Realmente era aburrida su vida. Nunca usó ese adjetivo. Es que las cosas nunca se las planteó de otra manera. Y ese día había llegado por algún motivo.
Entre tantos pensamientos y revelaciones, volvió a su mente el extraño encuentro con el hombre del parque. Él sí podía verla, él la conocía. ¡Él era seguramente el responsable! Y le había dicho en aquel parque que se volverían a encontrar. Así que sólo era cuestión de esperar. Tiempo sobraba y pasaba de otra manera. Y como les sucede a muchas personas que contemplan el fin, comenzó a pensar. El silencio y la quietud alrededor, mientras que su mente era una favela, un motín violento. Pensó en su primer beso, en su primer amor, sus días siendo una niña, calles, ciudades, cientos de imágenes se sucedían como si fuesen parte de un film, y pensaba en que quizás ya no habría otro beso, otro amor, otra calle, ni otro día más. O tal vez no había sucedido nunca. “¿Qué es lo vivido? En definitiva, son construcciones que hacemos”, reflexionó finalmente. Se hacía y deshacía a sí misma constantemente. Se hinchaba de ilusión para luego desvanecerse. Su panza rugía y su garganta estaba seca. Todo esto lo sentía muy irreal. Agotador. Su mente y sus ojos estaban cansados, pesados de pensar y de ver. Los cerró.
– Sos reflejo, vos misma sos un reflejo.
Abrió los ojos. La frase sonó en su cabeza y por primera vez entendió. De la maraña de ideas que fue arrastrando en las últimas horas por fin dilucidó lo que pasaba realmente. Y quizás le había pasado siempre. Ese encuentro tan íntimo con uno mismo en el espejo no había sido importante para ella, nunca. Lo rutinario absorbió partes de ella, poco a poco, sin notarlo, su existencia finalmente se volvió vacía. Atrapada en lo habitual y cotidiano, olvidó cosas, detalles imperceptibles que mantienen a uno vivo y feliz. Ahora sabía que existen ineludiblemente pequeños pilares que nos sostienen, y están ahí siempre, más cerca que lejos. Nunca se detuvo a considerar seriamente esto, y ahora lo tenía en frente, pegado a sus ojos y a sus oídos, retumbando clara y sonoramente. ¿Qué son esas cosas que te llenan?
Y no lo sabía porque ella misma era un reflejo y nada más. No era una broma, no era una trampa, nadie la perseguía, nadie la atormentaba, era su fantasía, era su miedo, era ella, sólo ella. Sí había existido, pero no vivido plenamente. Y esto no se sentía como morir. Era puro reflejo de otro mundo que había abandonado para siempre. Y lo mismo hizo el hombre del sombrero, ahora lo entendía. Sólo él podía verla porque también era un reflejo, una sombra. Y él tuvo el gesto de anunciarle su verdad, esa era toda su contribución. Quizás este hombre siempre estuvo ahí, hablándole cerca, invisible, en sueños, y ella lo pasó por alto, no supo o no pudo verlo, pues su paso por el mundo anterior se basaba en cumplir y sucederse en el tiempo.
Tal vez esto no sea extraño y no parezca tan ajeno. Tal vez convivimos con reflejos todo el tiempo. Los confundimos con gente. Pero ellos son de sombra, van y vienen, observan, añoran, se ahogan, nos llaman, y piensan, piensan porque tienen tiempo. Mientras el resto, nosotros, no nos observamos, no añoramos, no pensamos demasiado, sólo dejamos correr el tiempo sin ser verdaderamente conscientes de que no somos libres.

Escrito por Paulina Fernández Fiscella

Pampeana en Córdoba. Estudiante de Letras Modernas (UNC), correctora y escritora.