La comedia es un pésimo pasatiempo para el orgullo. El género más subvalorado de todas las artes lingüísticas es perfecto para deconstruir los mitos de la humanidad, tanto espirituales como comerciales. Y es por esa razón que aún me sorprende la prevalencia de paradigmas dentro de su práctica, principalmente en términos de la autoría y su autoridad, valga la redundancia, en materia de género.

La primera comediante que conocí fue la columnista Erma Bombeck. Mi madre y mi abuela aún citan algunas de sus anécdotas y chistes que leí en su antología póstuma Forever, Erma. Aunque muchas de las referencias y chistes estaban fuera del alcance de mi cerebro de 10 años, yo disfrutaba releyendo las historias que sí entendía sobre las travesuras de sus hijos, las visitas al supermercado o los chismes de las vecinas. Pero cuando crecí y me interesé en la “literatura de adultos” me percaté del marcado dramatismo en las historias que creaban mujeres. Pienso en Jane Eyre, las Mujercitas March y Anne Shirley: heroínas que se valían de su inteligencia y compasión para enfrentar su marginación. Pienso también en los personajes cómicos de Mark Twain, Oscar Wilde y Jonathan Swift, todos masculinos.

¿Por qué es aún tan extraña la amalgama de feminidad con comedia? Pareciera que el arquetipo cómico dicta a la mujer como objeto y audiencia del chiste. Cada año se lanzan docenas de rom-coms comercializadas para el sector femenino. Los guiones ya tienen una fórmula específica para no ofender demasiado y lograr que todas nos identifiquemos con la imposiblemente glamurosa actriz en un papel con la profundidad de una cuchara plástica. Se supone que nos sintamos identificadas con la magnífica Jennifer Aniston porque es demasiado torpe o adicta al trabajo. Debemos creer que nuestras fallas en comunicación son adorables obstáculos para la relación. Luego pienso en los otros estereotipos que llenan esas películas: la villana, la amiga menos atractiva (muchas veces con la desafortunada implicación otra etnicidad), la colega obesa, la figura materna, la suegra monstruosa… Las mujeres en la comedia son pequeñas muñecas para completar el texto de los deseos masculinos, tal como lo hacíamos con nuestros melodramáticos escenarios actuados con las Barbies.

Pienso entonces en el enfoque de muchas colegas comediantes. Si bien el stand-up comedy reivindica el fracaso como un medio de aprendizaje y crecimiento emocional, persiste un extraño miedo a la mujer caída. Quizá se debe a un proteccionismo emocional. Quizá se debe a una cuestión de pudor y decencia. Pero muy seguramente es el pánico patriarcal por perder el favor y gusto en los ojos masculinos. Cuando pienso en todas las standuperas que conozco, me estremece ver una narrativa que raya en cliché: una mujer gorda y con pésima suerte en el amor y el sexo se burla de su cuerpo y su experiencia en el mismo. Supongo que es lo más lógico, comenzar por la imperfección que la sociedad imprime en nosotras, pero ¿dónde realmente termina el chiste? ¿Por qué persiste la necesidad de contestar o lamentar la expectativa de la mirada masculina? Lo que me sigue perturbando de las narrativas femeninas, principalmente las cómicas, es esa necesidad de cumplir con el favorecimiento o la lamentación del mismísimo estereotipo creado para el hombre: belleza, delgadez, sensualidad y silencio. No entiendo por qué insistimos en examinar esas narrativas como la única manera de aprender y humillarnos en la experiencia humana, exclusivamente a través del sexo y el sentimentalismo heteronormativos.

Cuando comencé a tomar el micrófono en un bar, muchas personas solían recomendar que me vistiera de manera poco atractiva o que me abstuviera de expresar mis ideas feministas. Dijeron que perdería el favor de la audiencia, y que probablemente debía repensar mi carrera cómica si pretendía conservar mis vestidos talla 4 y mi colección de labiales y tacones. Dijeron que probablemente no debía usar palabras largas ni historias de mi orientación sexual. Pero lo cierto es que mi única meta es subvertir, mi meta es conocerme a través de mis crisis y carencias como lo hizo Dorothy Parker. Estoy harta de ser el objeto en las historias, y de paso me rehúso a objetificarme en mi propia narrativa. Por mundana que sea mi experiencia, creo que vale la pena precisamente porque nadie puede llevarla. No soy la princesa, ni la loca, ni la bruja, ni la puta, ni mucho menos Jennifer Aniston. Solo soy una mujer rota. Pero por eso quiero ser más que un estereotipo: quiero ser el chiste que nadie te ha contado.

Escrito por Angélica Quiñonez

Guatemala 1990 - Licenciada en Comunicación y Literatura - Columnista - Comediante