Se detiene cada tarde a las 3:30 p.m. en la esquina donde tiene clavadas sus esperanzas, la misma esquina donde el tren de aseo llega a traer sus municiones. Contiene la respiración, y a las 3:31 se le puede ver hurgando, con su bracito flaco, hasta el fondo.

Ya para las 3:32 ha exhalado el aire que atrapaba, y no le importa que la nariz le haga reclamos, después de todo, el único olor que persigue, es el del hambre.

Para las 3:33 ya atesora algo en sus manos. ¡Qué suerte que a la media cuadra quede la pizzería! Pero más suerte es que casi a nadie le guste comerse la orilla de pan. Ya a las 3:34 el primer bocado descansa en su pancita.

Si sos paciente, y esperaste hasta las 3:35 podés contar a su lado las monedas de a chelín que colecciona desde la semana pasada. No sabe qué día es, pero siente que ya le toca, o que ya recogió lo suficiente para comprarse una gaseosa en la pulpería de enfrente.

Escrito por Kerstin Miranda Murillo

Managua, 1999. Estudiante de Arquitectura. Me apasiona la música y las artes visuales; pero las letras... por ellas existo.