EL DÍA QUE AISA MURIÓ

*  relato ganador del X Certamen Literario de Narrativa Solidaria Osmundo Bilbao Garamendi, en enero del 2017 *

El día que Aisa murió lucía el sol, pero nadie lo vio, olvidado tras los aviones que surgieron del cielo azulado. Y tras sus bombas.

El día que Aisa murió llevaba una blusa blanca de encaje, teñida del polvo de las ruinas de Alepo. Se puso su talismán, la pulsera que le había hecho su abuelo hacía tiempo, de bolitas pequeñas y blancas cual copos de nieve enlazados por un hilo dorado. Se decía a sí misma que ese brazalete le daba suerte. Mas no, ese día no se la dio.

El día que Aisa murió, al levantarse, lo primero que vio fueron los ojos tristes de su hermana y su sonrisa agrietada por el horror de la guerra. Y, aun así, Lune le dio un beso de buenos días, tan afectuoso como siempre, y le dijo que había conseguido un poco de pan para ella. Aisa quiso compartirlo, pero Lune insistió: era solo para Aisa. Si su hermana mayor hubiera sabido que Aisa moriría aquella tarde, no la hubiera dejado salir a la calle. La hubiera retenido, la hubiera abrazado muy fuerte contra su pecho. Pero los humanos no saben el día que van a morir los que aman y se creen que, de haberlo sabido, lo hubieran podido evitar. ¡Ingenuos! Cuando la muerte te echa su zarpa, uno no se puede escapar, haga lo que haga.

El día que Aisa murió, en casa de los vecinos, ambas muchachas escucharon la BBC. Sesudos expertos de la geopolítica analizaban la marcha de la guerra en el país. Hablaban del «drama de los refugiados», se apresuraban a emitir sus hipótesis sobre el próximo movimiento que se registraría en el sangriento tablero de ajedrez que había devenido Siria. Hablaban y hablaban, y lo hacían con un aire tan técnico que Aisa, en el fondo, sintió envidia: era el hablar de quienes saben todo sobre la guerra sin haber vivido su crueldad.

El día que Aisa murió sonrió veinte veces y sacó la lengua tres; las tres, para hacer reír a Lune, porque cuando Lune reía Aisa se sentía explotar de alegría. Y también ese día se acordó de sus padres. Se acordó de cómo el edificio donde se hallaban se había derrumbado como un gigante con los pies de barro y de cómo ella, impotente, había gritado y, al intentar alcanzarlo, su hermana se lo había impedido abrazándola contra su pecho, protegiéndola. A partir de aquel instante, Aisa supo que ya era mayor y que la vida se te arrancaba con el mismo dolor con el que comenzaba: con un llanto rabioso. A partir de ese momento, Aisa empezó a sentir ira, odio y negrura, y, a la vez, se habituó a la visión de los cadáveres, al hedor de los muertos, a la tristeza de la vida sesgada. Se habituó a no echar de menos a sus seres queridos, se habituó a intentar olvidar unos tiempos que ya no volverían. Se habituó a ver periodistas zumbando como avispas entre las calles, disparando flashes, y se habituó al silencio que sucede a los bombardeos, esa quietud que solo puede traer malas noticias.

El día que Aisa murió, simplemente, murió. Esa tarde, salió a jugar con unos amigos al balón. Y, justo cuando Aisa iba a marcar el gol de la victoria, uno de esos goles que marcan un antes y un después en los partidos, los aviones. Su ruido inundando, de nuevo, la ciudad ya en ruinas. La oscuridad. Los gritos. Los empujones. La bomba. La muerte.

El día que Aisa murió su hermana también lo hizo. Abrazó el cuerpo de Aisa y lloró, lloró desconsoladamente sobre aquel pecho ya inerte y supo, en sus adentros, que su felicidad había muerto. Ese mismo día, Lune decidió buscar la paz en Europa; soñó con ella, soñó con que Europa la ampararía; aún no sabía que su sueño se quedaría enredado en los alambres de espino de las fronteras.

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JUST BECAUSE IT ISN’T HAPPENING HERE, IT DOESN’T MEAN IT ISN’T HAPPENING 

Etna Miró

Escrito por Etna Miró

Escritora, escriptora.