Sucede a menudo que romantizamos el acto de quitarse la vida. Lo hemos visto mucho en la ficción: Romeo y Julieta. El joven Werther. Las hermanas Lisbon. Por otro lado, el suicidio siempre ha estado estigmatizado por la sociedad, hasta el punto de ser considerado durante siglos un grave pecado. Nos parece incluso antinatural, puesto que todos los animales estamos programados para asegurar la supervivencia de la especie, empezando con nuestra propia preservación. Desde este punto de vista, no hay mayor acto de rebeldía contra el orden de las cosas que el suicidio. Albert Camus, que escribió en El hombre rebelde que «el hombre rebelde es el que dice no», afirmó en El mito de Sísifo: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía».

Cada año se suicidan miles de personas impulsadas por los más diversos motivos, aunque apenas se habla de ello. Hay quien lo llama una epidemia silenciosa. Sin embargo, este pudor desaparece cuando quien se mata por su propia mano es alguien que escribe, como si nos llamara la atención que dentro de la misma persona coexistieran el impulso de crear y el deseo de autodestrucción. ¿Cuál es el hilo invisible entre estos dos fenómenos? ¿Es la propia vida una página en la que el artista va escribiendo y el suicidio un punto final en total libertad, no impuesto por otros?

Virginia Woolf, que hablaba de la importancia de tener una habitación propia para desarrollar su actividad como escritora, decidió llenarse los bolsillos de piedras y adentrarse en el río para acabar con su vida. Estaba cansada de sufrir su enfermedad y quería liberarse a sí misma y a su marido de esta carga. Contrasta la hermosísima carta de suicidio de Woolf con la lacónica nota de Alfonsina Storni, que también eligió el mismo método de ahogamiento: «Me arrojo al mar». Como si no fueran necesarias más explicaciones.

También Paul Celan murió ahogado, en este caso arrojándose al río Sena, en París. Quizá podría escribirse una Guía de los Autores Suicidas y clasificarlos por el método escogido para morir. Jacques Rigaut, autor de Agencia general del suicidio, optó por dispararse en el corazón. Maiakovski hizo igual años después. ¿Se puede hablar de plagio cuando un escritor copia la forma de morir de otro?

Sylvia Plath escogió la muerte por asfixia con gas, también Anne Sexton o John Kennedy Toole. Sorprende en el caso de Plath que dejara preparado el desayuno de sus hijos, como si fuera un día como otro cualquiera. No dejemos que la muerte perturbe del todo la cotidianeidad de unos niños.

Cesare Pavese, Alejandra Pizarnik y Reinaldo Arenas murieron por sobredosis de medicamentos, quizá buscando alcanzar definitivamente los paraísos artificiales de los que hablaba Charles Baudelaire.

José Agustín Goytisolo se lanzó al mismo vacío que Marina Tsvetaeva, pero ella lo hizo con una cuerda anudada al cuello. Ernest Hemingway se disparó, pero no al corazón y no con una pistola, sino con una escopeta y en la cabeza, de donde habían salido todas sus historias.

Cerrar los ojos y no volver a abrirlos más. Dejar el blanco de la página y fundirse con la negrura. Nos fascinan los autores suicidas, quizá porque esperamos que actúen como personajes de una historia escrita para entretenernos.

Imagen de portada: Fotograma de Le Feu Follet (1963), de Louis Malle.

 

Escrito por Sonia Marpez

Sarria (Lugo), 1987. Poeta, fotógrafa, etc.