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Alberto Durero, Noli me tangere

 

Advertencia*

Cuando se recorre el inframundo, el viajero fantástico debe tener en cuenta que no debe probar bocado. El hecho de comer una semilla de granada tiene el efecto de retener prisionera al alma y el cuerpo.

Esta es una visita guiada y no es recomendable perderse en el laberinto informe de los asesinatos que aquí vas a leer. Los cuentos de hadas populares, la mitología, las viejas leyendas, ayudan a develar mis obsesiones: siempre hablo del mismo asesinato, muchas veces, bajo muchas formas, todo el tiempo. No te detengas.

Aquí estás lector: aprende del pasado.

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Primera parte

 El bosque

 

Lo primero que se extiende ante la vista son las agujas de pino que revisten el suelo y al caer el sol, herido por las sombras de los árboles, la oscuridad es manto que todo lo cubre. El bosque, lugar donde comienza el recorrido del héroe, y como debe saber todo buen lector de cuentos de hadas, es el lugar ideal para las brujas, las hadas, los demonios, los monstruos.

Emparentado con la selva oscura, el bosque es, por excelencia, la antesala al mundo de los muertos. Al norte está de pie sobre su pata de gallo, con un ojo que todo lo ve, la casa de Baba-Yaga. Al sur, los corros de las hadas y los duendes ocultos. Al este, nahuales y demonios se descuelgan de las ramas para engañar al transeúnte descuidado y al poniente, anda que andarás, hay un sendero que se extiende más allá de una encrucijada.

***

Recuerdo caminar entre sombras mientras la mano de mi mamá, grande y áspera, apretaba la mía, infantil y débil, para conducirme al lugar del hallazgo. Llegamos, la luz mercurial de la luna caía sobre las copas de los árboles. Yo no quería ver un cadáver, pero sí quería.

Tenía siete años y cerca de mi casa el velador de un terreno baldío encontró un bebé muerto. Lo habían arrojado a la basura dentro de una bolsa de plástico. No es novedad que las autoridades hayan demorado más de tres horas en aparecer, así que la gente se reunió para ver el hallazgo.

Cuando el velador alumbró al bebé, lo vi blanquísimo, casi resplandeciente entre la noche, como un pequeño demiurgo dormido.

El bebé nació en una vecindad cercana, en la casa de dos mujeres denominadas por la comunidad como “Las verduleras”. Como era producto de un embarazo no deseado, abuela y madre sentenciaron que al nacer, el niño debía morir. Después del primer llanto y la primera bocanada de aire, madre y abuela cortaron el cordón umbilical del recién nacido y con las mismas tijeras, lo apuñalaron repetidas veces.

Las mujeres fueron arrestadas meses después, en un pueblo del Estado de México. Las autoridades declararon que el niño no tenía malformaciones, ni enfermedades ni complicaciones de ningún tipo; es decir, era un bebé que había nacido completamente sano y que sólo vino al mundo para ser asesinado por su madre.

***

Decir que el bebé fue asesinado con las mismas tijeras con las cuales cortaron su cordón umbilical suena artificial, pero es cierto. Parece una invención propia de una tragedia: el detalle es de tal naturaleza simbólica que bien pudo ser inventado por Eurípides o Shakespeare. La realidad al ser nombrada en una ficción suena inverosímil, exagerada. El alcance de lo simbólico en la realidad que alguien habita, se extiende y viaja al pasado común de nuestra especie:

En el bosque hay un niño perdido.

Y el niño perdido no tiene nombre.

En el bosque hay un niño muerto.

y el niño muerto tiene los ojos abiertos.

 

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Segunda parte

 El río

 

Antes de llegar al río la tierra es más húmeda y suele deslavarse. Cuida tus pasos, peregrino, no resbales en el lodo pues la sorpresa no es agradable. Si te fijas bien te darás cuenta que el suelo bajo tus pies está repleto de restos humanos: cráneos, fémures, manos que se extienden como si pidieran limosna. Son fosas comunes de aquellos desaparecidos que nunca llegaron a casa y que aún en la muerte reclaman justicia. Aquélla mano que nos saluda es la de un pariente mío, mi primo Rogelio, desaparecido en Tamaulipas por narcotraficantes: sigue buscando a su madre e intenta construir con desesperación una casa; él era albañil.

Adelante, se ve el río donde lo que era arriba es abajo. Bajo sus aguas hay una réplica de las casas que los muertos habitaron en vida, ahora esperan ahí a sus parientes.

***

Con las luces apagadas, una ambulancia parte rumbo al norte, al lugar donde se ha de colocar en la plancha un cadáver encontrado dentro de una maleta en la calle de Berlín, casi esquina con Liverpool; se trata del cadáver de una niña de tres años.

El cuerpo deberá ser examinado y tocado por numerosas manos para determinar la causa de muerte. Se dará noticia de que tal vez fue asfixiada o no; golpeada con objeto contundente o no; apuñalada o no; desmembrada o no; violada o no.

***

Han pasado casi seis meses desde que la maleta fue encontrada y así como no se ha encontrado al culpable, tampoco ha sido reclamado el cuerpo. La investigación estuvo llena de irregularidades. No sabremos quién fue el culpable, pero sabemos que fue capaz de violar con tal brutalidad a una niña de dos años que durante la violación, la desnucó y le arrebató la vida, para después, como si no fuera suficiente, meter su cadáver en una maleta y tirarla como un desecho cualquiera.

Mi primer recuerdo es a los tres años, cuando mi abuelo me regaló un oso blanco de peluche en una lata que él mismo soldó. Recuerdo cómo abría la lata y cómo se desparramaban los pelitos del peluche. Ahí sentí y concienticé por primera vez la sensación de asombro. Yo me pregunto con espanto: esa niña, esa pequeña niña, ¿concientizó el momento de su muerte como su primer asombro ante el horror del mundo?

*****

 

Tercera parte

La cueva

 

Al entrar en la cueva la oscuridad es tal que llegado el momento, el viajero no debe despegarse de su lazarillo. Cuando la oscuridad es tan profunda da la sensación de asfixia, como si ahí, entre el silencio y la negrura, viviera un animal gelatinoso que ahoga al que se atreve a cruzar sus dominios.

*

A los doce años conocí la asfixia. Durante semanas o tal vez meses, no lo recuerdo, antes del anochecer, me senté en el sillón de la abuela, con las luces apagadas. No encontré nada fascinante, no era interesante. Sólo me quedé ahí sin ganas de moverme. Uno de esos días, cuando estaba sola, coloqué una cinta alrededor de mi cuello y jalé con fuerza. La sensación era similar a cuando estás en una habitación oscura y no se ve nada y no se escucha nada más que la propia respiración agitada.

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Para descubrir el origen hay que internarse en la cueva como quien se interna dentro de sí mismo. Caminante, si tienes miedo de golpearte la cabeza con el techo, palpa la roca mientras avanzas: paredes informes, techos irregulares, piedras con las que puedes tropezar y caer quién sabe en dónde.

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Antes de aquél episodio medio sicótico tuve días llenos de pesadillas informes: ella, mi amiga de la infancia, siempre estaba ahí, en medio del bosque y corría. A veces tropezaba con algo y era alcanzada por varios hombres de manos enormes que sostenían palos, navajas y cigarrillos prendidos.

*

Los miedos son resabios de nuestro camino evolutivo: el miedo a la oscuridad es comprensible cuando sólo teníamos una fogata para iluminar las noches y en esa temible oscuridad anidaban depredadores dispuestos a cazarnos. El miedo a la oscuridad persiste, así como otros tantos que derivan de lo mismo: miedo a la enormidad del mar, miedo a perderse en un bosque, miedo a las alturas, miedo a la muerte.

*

Dos días después de que la encontraron enterrada en el bosque, una psicóloga fue a la primaria y nos pidió que hiciéramos un dibujo sobre lo que sucedió. Yo la dibujé a ella en medio del bosque, llorando con su uniforme de primaria, tenía cortes en los brazos y se cubría el rostro con las manos. Arriba, sobre un cielo resplandeciente, dibujé un ángel que impasible contemplaba la escena sin intervenir, sin hacer nada y sin rostro.

*

Dentro de las cuevas han sobrevivido pinturas rupestres, restos humanos, animales, plantas. Como cápsula del tiempo, la cueva también guarda maravillas: así entro Alicia a aquél país, también tenemos la cueva de Montesinos y la cueva aquella donde habitó Polifemo….

En el techo de una cueva

—las tinieblas horizonte—,

soñó por cielo un bisonte

nuestro abuelo, y ello prueba

que cielo que no se coma

no es cielo para el anhelo

de un corazón, que consuelo

busca del morir, y toma

libre del sol, hondo nido

la fe enraizándose en tierra

que al cabo la carne encierra,

y con la carne al sentido.

(Miguel de Unamuno)

*

Es la primera y probablemente la última vez que escriba su nombre y su historia: Claudia. Claudia tenía mi edad y era mi mejor amiga cuando el horror del mundo quebró su inocencia. Ella caminaba todos los días rumbo a la escuela primaria Vini-Cubi (la más miserable de la zona y donde cursé los últimos tres años), bajaba por una pendiente donde había una iglesia dedicada a San Antonio, luego daba la vuelta y en la esquina tomaba el transporte público.

Aquél día, viernes, ella no llegó a la esquina. Una camioneta se detuvo y la subieron a la fuerza. No se sabe cuántas personas iban a bordo de la camioneta, pero se sabe que era más de un hombre. La llevaron hacia lo profundo del bosque llamado El Cedral. Ahí la violaron, la quemaron con cigarrillos y la golpearon hasta matarla, luego la enterraron y se fueron, simplemente se fueron.

El sábado, como si el mismo cielo tuviera vergüenza de lo sucedido, cayó una tormenta como pocas habían caído: en la ciudad se inundaron calles y avenidas, en el bosque se formó un río y gracias a ese río ocurrió un deslave. El domingo, cuando paró la tormenta, el río seguía ahí, llevándose la tierra, lavando la sangre, y descubrió el cuerpo torturado de Claudia. Algunos días después su padre fue encarcelado por la violación y asesinato de Claudia, pese a que nada coincidía, pese a que no había pruebas.

*

Avanza viajero y cruza la cueva, no te quedes a ver fantasmas, ni vayas atraído por colores o figuras espectrales. Es importante que no te quedes prisionero en las sombras. Avanza, siempre adelante, siempre con paso firme.

Casi llegamos al final.

*

En la entrada al museo de Antropología e Historia había un alebrije llamado el “comepesadillas”. Debías introducir en su boca un papel con la pesadilla que querías dejar de soñar. Yo escribí su nombre.

*

Al final del camino hay siete puertas rojas: sólo una lleva al lugar definitivo donde descansan los muertos. Nosotros tenemos prohibida la entrada porque estamos vivos y la vida se impone. Cualquier otra puerta que escojas te llevará al principio del camino. Vamos a cruzar la puerta, regresemos al inicio. Has cruzado el mundo de los muertos.

*

Aquella noche, después de entregarle mi pesadilla al animal fantástico, tuve un sueño dónde Claudia apareció por última vez: ella estaba frente a mí, como siempre en los recreos de la primaria. Quise abrazarla pero me detuvo y dijo algo…

*

Noli me tangere… regresamos al inicio porque debes saber que siempre hablo del mismo asesinato, en diferentes formas, con diversos tonos y a veces incluso elijo darle voz al asesino.

Hasta aquí puedo acompañarte, recuerda viajero: aprende del pasado.

 

*Este ensayo es un adelanto del libro “Los caballeros se quedan descansar” de Mariana Orantes.

Sin título

Escrito por Mariana Orantes

(Ciudad de México 1986) Escritora. Ha sido becaria del programa Jóvenes creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Como todos los demás, es sólo una pequeña alma que sustenta un cadáver. Es autora del libro para niños "Érase una vez en Los Beatos" (CONAFE 2011), los libros de poesía "El día del diente de leche" (Cascada de palabras cartonera 2016) y "La casa vertebrada" (Editorial Montea 2017); así como los libros de ensayo literario "Huérfanos" (BUAP 2015), "La pulga de Satán" (FETA 2017) y "Los caballeros se quedan a descansar" (ISIC 2018).