El azul fluctúa con las sombras nacaradas en el cielo. He llegado siendo un jinete que arrea las riendas del caballo infame, despectivo, novedad; camino entre los peldaños que varían a cada segundo, «lo real», «la verdad» está al final de los peldaños. Son un mazo que gira inalcanzable con el objetivo de poseer el puesto superior, ser aceptado. De eso se trata la verdad, una gota cae, dos, tres, no puedo contar el popurrí de gotas que caen al suelo en simultáneo, aún así he aprendido que se pueden condensar en algo llamado «lluvia».
Me tropiezo.
—¿Te debo? —me reta un hombre recostado con un pie en la pared.
Sigo. No puedo dejar de pensar estas idioteces, ¿estarán pensando ellos algo parecido? Seguro que esa señora, la de las cejas pobladas —que ve con esa expresión irónica a ese par de besucones de la otra acera— estará pensando en otra cosa. La señora voltea en derredor y se encuentra con mi mirada, sacude su cabeza de un lado a otro, negativamente, espera que entienda algo en su expresión, ¿siempre debo entender algo?
Le sonrío. Voltea la mirada y la sigue su cuerpo, puede haberse incomodado. Eran dos hombres los que se besaban, entiendo ahora su incomodidad, ¿es esto el sentido común? Esta intuición que nos hace entendernos cambia con cada generación, sin embargo, se presenta como lo real; en la Grecia de los años de Sócrates, la homosexualidad era practicada abiertamente, las mujeres eran instrumentos de procreación, ahora eso sería una injusticia claramente machista; en el siglo XVII, se practicaban las ejecuciones al aire libre a los infractores de la ley —los invito a que lean el principio de Vigilar y Castigar.
Entonces, si las leyes, la identidad aceptada, el sentido común, cambian en el tiempo, ¿realmente todo cambia sin excepciones?
Llegué al supermercado, dejé atrás a los besucones y la incomodidad me acompañó un tramo más; la incomodidad es un relato que nos contamos a nosotros mismos. Deja de pensar en eso, ¿qué vine a buscar acá? Cierto, un cartón de huevos.
En la vida como en este supermercado, ¿podré prescindir de aceptar una opción entre la variedad de productos empaquetados, comercializados?
En mi vida, ¿podré prescindir de tener que ir al supermercado para alimentarme? Esa es mucha libertad, debo irme.
Debo pagar por estos huevos. Estaremos en contacto.

Escrito por Samuel De Aguiar

Caracas, 1997. Escritor de vivencias, reportajes y crónicas. Estudiante de Letras en la Universidad Central de Venezuela. Coordinador editorial con la Profesora Carmen Verde Arocha (autora del libro como editar y publicar un libro) directora de la editorial Eclepsidra. Como diría el político, poeta, periodista, novelista, profesor (el escritor de mayor relevancia en venezuela en el siglo XX) Arturo Uslar Pietri: "Saludos a ustedes mis amigos invisibles".