Un largo sueño

(Este relato forma parte de mi primer libro de relatos: https://issuu.com/jonathanguzmandiaz/docs/relatos_de_ciudad)

El ruido constante de la calle. Automóviles. El sonido estruendoso del tren, que transporta carga indescifrable, seguramente materiales de industria. El constante volar de una mosca que busca el rostro, zumba por los pelos de la oreja y da vueltas por las cejas. Al abrir los ojos, todo resulta desconocido, como al despertar en un lugar desconocido posterior a la borrachera de la noche anterior. Es necesario ir al baño y vomitar el malestar del cuerpo. Regresar a la cama. Dormir de nuevo.

La vi caminar delante de mí, a unos cuantos metros de distancia. Me resultó imposible hablarle. Simplemente, hay momentos en que lo más banal se torna insoportable, al descubrir en el rostro el malestar que se intenta esconder. Porque hay cosas que simplemente pertenecen a nuestra intimidad, y la obligación de mostrarse en la sinceridad, no es más que la necesidad de lo superficial, como exigencia de lo cotidiano.

Hace mucho que constantemente la pienso, y recuerdo su cuerpo, sus caderas de mujer madura, entregada al amor desde años atrás. La vi caminar y la reconocí al instante, pero en ese momento no quería saber nada de ella, ni de mí. Quizá deba levantarme de la cama y darme un baño; aunque la idea del agua fría cayendo en mi espalda no es nada reconfortante. Cerraré los ojos e intentaré no soñar en ella.

Música de guitarra. Mis dedos pisan los trastes de una guitarra vieja, y producen un bello ritmo de jazz. No recuerdo cuándo fue que me volví un virtuoso, que yo sepa hace años que no toco la guitarra. Abro los ojos. Todo resulta extraño. Este cuarto, esta cama que no es la mía, pero de igual manera que todos los días, me acostumbro. Surge una inquietud por ver la vida, asomarme a la ventana, supongo que esto es un buen síntoma. Pero afuera sólo la oscuridad de la noche. Prefiero cerrar los ojos nuevamente. Otra vez ella. Estamos en un bar. Solos. Fumamos. La plática es incoherente, no tiene sentido, como los encuentros reales:

− No le respondí. Lo besé y comencé a acariciarlo. Simplemente dejó de pensar en ella.

− He tenido sueños extraños. Camino por una calle que aparentemente conozco, y observo dos grandes osos, negros, que provocan pánico en todas partes, hay muchas luces, pero ninguna persona, solamente yo, evitando encontrarme con ellos de frente.

− Su música me tranquiliza. La escucho diez, veinte, treinta veces al día. Estoy obsesionada…

− Mis sueños son cada vez más cercanos a mi vida. No creo en los sueños…

Sucede un lapso de tiempo oculto. Desnudos, juntando nuestros cuerpos en el acto sexual. Abro los ojos…

Pero, ¿cómo llegué aquí? ¿A este parque? Ya recuerdo. La vía del tren me ha conducido hasta aquí. Camino involuntariamente, de igual modo que regreso a mi cuarto después de someter mi cerebro cansado a los vicios que me acompañan desde hace algunos años. Observo su rostro sonriente, como cuando jugamos en la banca a besarnos el cuerpo. Y me acerco. Y su rostro cambia, se marchita, envejece con mi presencia. Me detengo. Lo mejor es dejarla tranquila, sola, esperando que recupere su rostro joven y su alegría de vida. Retorno mi camino hacia las vías del tren, estoy totalmente consciente, y el tren se aproxima hacia mí, sin moverme, cierro los ojos esperando el final…

La misma mosca da vueltas sobre mi rostro. Quizá le atraiga el sudor y mi olor de días sin bañarme y sin levantarme de la cama. La dejo posar en mi frente. Siento sus patas explorando sobre mis arrugas. Se reconforta en mis cejas, y vuela a la base de la cama, para observarme.

Un fuerte cansancio me obliga a cerrar los ojos. Duermo. Espero ya no soñar y despertar como siempre, como antes, y salir de esta cama, de este cuarto, de esta ciudad.

Mi cabeza está inclinada hacia abajo, llena de remordimientos, humillada ante la imagen de Cristo. Y brotan lágrimas de mis ojos miopes. Estoy rogando por una nueva oportunidad, algo parecido a una conversión, una vida futura con la que pueda restituir todos mis errores. Ella envejeció al verme. La otra se recrea en sus mentiras y en las mías. Una anciana me observa. No encuentro la manera de salir de esa Iglesia. Mis piernas no responden. Mi cuerpo está muy débil, como si me hubieran arrebatado toda voluntad, y me acuesto en la banca de madera, en posición fetal; siento que la anciana se acerca y me arrulla con un “ya, ya, ya”, mientras acaricia mi cabello sucio. Cierro los ojos, y duermo, con la esperanza de no despertar.

Experimento una grata sensación de placer. Dormí profundamente. No soñé nada. Y al abrir los ojos, me encuentro en este cuarto extraño, en esta cama extraña, y la mosca en el borde de la cama me sigue observando. Yo la observo atentamente. Creo que sonríe, o más bien, realiza un movimiento como si se burlara de mi presencia. Entonces me doy cuenta que no importa si duermo o no, si sueño o no, si estoy con ellas o no, si abro o si cierro mis ojos, pues estoy atrapado en un largo sueño…

Escrito por Jonathan Guzmán

Jonathan Alberto Guzmán Díaz nació en la ciudad de Xalapa el 26 de abril de 1988. Actualmente reside en su ciudad natal y estudia la licenciatura en lengua y literatura hispánicas (2015 a la fecha) en la Universidad Veracruzana. Es licenciado en filosofía (2012) y maestro en filosofía (2017) por la Universidad Veracruzana. Ha asistido a cursos y congresos de literatura, también ha participado como ponente en diversos eventos académicos. En el ámbito de la filosofía se ha especializado en el pensamiento de Henri Bergson, y en la creación literaria se especializa en el cuento y la narrativa breve. Es autor del libro de cuentos Relatos de ciudad. Marginación y fantasías (2018) divulgado gratuitamente en una plataforma digital (issuu) y es columnista en una revista digital dirigida por egresados de la facultad de filosofía de la UV.