La última vez que fue de visita al pueblo tenía 9 años —el verano de 1987— lo recuerda porque se enamoró de las montañas y no sintió incomodidad por ir sobre las piernas de su padre, todo a cambio de ver tonalidades de tierra que la ciudad le negaba. Cafés, verdes claras, verdes oscuras, negras. Las parcelas eran un enigmático cuadro que se tornaba bandera, el uniforme escolar o la sucia camisa de los jornaleros sudorosos que se subían en cada parada. No sabía a qué se debía el fenómeno, tampoco quiso preguntar. Vio un invernadero a lo lejos—cuando el bus recorre camino arriba la montaña— e imaginó una gran carpa para fiestas. Vio todas esas casitas distanciadas las unas de las otras y sintió una felicidad única, que creyó sienten todos los campesinos por tener tierras de colores.

Veinte años después poco había cambiado. Piedad hizo todo el recorrido con la diferencia de no sentirse entre las piernas de su padre —él la estaría esperando—. Las casi siete horas que duró el viaje se distrajo leyendo un estudio sobre el mecanismo de proyección. Lo que vemos es lo que somos. Pasaba la página despacio y casi no bebía agua evitando el ruido que se produce al abrir la botella. Había llamado la atención de todos en el bus cuando se cambió de asiento aduciendo que el joven junto a ella pretendía tocarla, teniendo como prueba que sus brazos, al igual que sus miradas, se rozaban de forma constante. Ahora intentaba concentrarse en la lectura pero su mente iba hasta la canción que llegaba a ella, desde el fondo del bus, a todo volumen «Ven devórame otra vez, devórame otra vez». ¿ERA UNA PROVOCACIÓN? Por supuesto que no. Es ingenuo pensar que el mundo gira con nosotros. Sin embargo Piedad no podía evitarlo. Cada detalle de este viaje era una punzada directa, íntima. La tierra de colores le produjo nostalgia y los invernaderos tristeza. Pobre gente, pensó. Vivir para otros, cultivando lo de otros. Se incomodó y alzó las gafas refregándose los ojos, mientras reconocía a lo lejos la iglesia de Santa Mercedes en la plaza del pueblo.

Mire, mija, allá está la casa—dijo el padre de Piedad mientras señalaba con su dedo un gran montículo de tierra, en el que ella creyó ver una gran montaña—.

—¿Allá? ¿Y cómo vamos a subir?

Con los pies —gritó el padre soltando una carcajada que oyó medio pueblo—. Alzó las manos y con gestos exagerados, explicó: verás mija ahí está el caminito, vos te coges de la yerba si sientes que te vas a caer o te resbalas, pero no de esa porque es ortiga y después te ha de arder hasta el rabo. Con esas indicaciones, Piedad subió. A la mitad del caminito, que en realidad era tierra aplanada hecha fango debido a la lluvia, tropezó y cayó junto a los desechos de los puercos.

Epaaaa —vociferaban desde arriba—. Era la voz enronquecida de su padre, que al alzar la vista se convirtió en el abuelo.

¡Carmen, levántate! —volvió a decir el abuelo al ver que Piedad no reaccionaba—. No soy Carmen avanzó a gemir, soy Piedad. Eres Carmen gritó el abuelo, y volvió su vista hacia mi padre que había llegado a la cima del montículo sin dificultad. Carmen era mi madre. Su muerte, para mi familia paterna, fue tan irrelevante como lo era yo ahora, volviendo al pueblo. Hace veinte años el abuelo sabía el valor de su nombre. No volvió a decirlo hasta ese domingo que volvimos a Quito.

En la plaza, Piedad espero más de media hora sabiendo de antemano que todo seguía igual. La casa seguía estando sobre el montículo y llegar sería mucho más peligroso que la última vez.

Verás, tienes que subir por el caminito y si te resbalas te agarras de las yerbas, menos de esas porque son ortiga, intentó explicarle el único primo que se animó a ayudarla.

Si sé, vine una vez —Piedad esbozaba una media sonrisa, sin mover la comisura de sus labios—. Alzó la mirada esperando encontrar al abuelo en la cima. Solo divisó un grupo de mujeres vestidas de negro sentadas en el portón de la casa pelando papas alrededor de una gran olla.

¿Piedadcita, quiere comer? —Preguntó el abuelo mientras estiraba la mano para prender la luz de la gran habitación que era toda la casa. Sí, abuelito, contestó Piedad —se había aguantado las ganas de pedir comida durante todo el camino—.    El abuelo caminó hasta el otro lado de la habitación y encendió la cocineta de dos hornillas, puso al fuego una olla de habas, papas y mellocos. Junto a él, en una gran mesa de madera, —la misma que ahora sostenía su féretro— había un pedazo rancio de queso sobre el que volaban las moscas. Tomó todo con ligereza y lo repartió en tres platos.

Hazle comer a la guagua, le dijo a mi padre cuando notó mi cara de asco. No me gustan las habas, dije. Una pequeña mentira, las habas me encantaban, lo que no me gustaba era ese olor a queso pudriéndose que se desprendía hacia toda la habitación.

Ves, eso te pasa por criarle en la ciudad, acá en el campo todo se come, no hay como desperdiciar nada porque hasta las cáscaras que no se comen no se las bota, se las da al puerco y el puerco está agradecido, pero yo tengo una solución ¿Piedadcita, le gustan las cañas?

Sí, abuelito. Pensaba que era un juego al que debía seguir la corriente. Vamos acá abajo al río acompáñeme a ver a los animales y luego yo le doy unas cañas .Regresé a ver a mi padre y él asintió con gesto de aprobación. Eran las tres de la tarde. Bajamos al río y el abuelo no soltó mi mano. Vi que los pedacitos de tierra de colores estaban cada vez más cerca y sonreí.

¿Le gusta? —Dijo el abuelo mostrando sus encías blancas e hinchadas— así tienen que venir más seguido, no cada que se enteran que hay cosecha. Mientras hablaba, sus ojos miraban al río que murmuraba una tonada indescriptible, una canción triste y lejana.

¿Quiere bañarse? pronunció el abuelo en un tono mucho más alegre que el de antes.

No, abuelito, ya me bañe cuando salí de mi casa.

El abuelo —riendo y sin soltarme la mano— deslizó mi ropa hasta el suelo.

Y Piedad escuchó el silencio más profundo en la tierra. Más profundo que el río alejándose. Escuchó la vergüenza. Una vocecita interior que gemía sin que ella pudiera abrazarla, contenerla.

Cuando regresaron, su padre estaba durmiendo. El abuelo volvió a calentar la olla de habas, papas y mellocos, buscó el queso y lo sirvió en dos platos. Cierto que a usted no le gusta esto, dijo mostrando nuevamente su mandíbula y caminando hacia uno de los cajones cerca de la cocineta. Tome —extendió sus manos que ahora parecían garras y sobre ellas yacían dos cañas—. Gracias, abuelito, dijo Piedad, y corrió a acostarse junto a su padre sin dejar que la abrazara.

El abuelo murió de un golpe en la cabeza, aunque yo creo que estaba haciéndose chiflado  —decía Ximena a todos los que se acercaban a preguntar mientras echaban ojo a lo que se cocía en la gran hoguera— sí, estaba loco porque la última vez que lo vi decía puras incoherencias, que mamita le perseguía, que los diablos venían a cogerlo, ¿Cuándo fue la última vez que vos le viste, Piedad?

Hace unos años. Contesté sin mirarle a los ojos, alejándome del fuego. Todo estaba igual que hace veinte años. El todo fluye, nada permanece, no aplica en los pequeños pueblos. Aquí todo permanece. La cama del abuelo y la cama en la que dormimos mi padre y yo seguían en el mismo lugar, la mesa de madera ocupaba su misma esquina (ahora con el ataúd del abuelo sobre ella) y la cocineta con dos ollas detrás de la puerta era la misma de hace veinte años. Apuesto que hay habas y mellocos ahí —dijo mí padre sonriéndome—no debiste venir. Es el abuelo, murmuré, mientras lo abrazaba fuerte.

Al día siguiente no me separé de mi padre. Recorrimos el pueblo, fuimos a la Iglesia, al cementerio donde estaba la abuela y al colegio en el que estudió. Evité que fuéramos al río y me uní con un poco de alegría a la cosecha de papas. Nos vamos a llevar un quintal al hombro dijo mi padre mientras veía mis manos sangrar en la tierra. Saca las manos de ahí que vos no estás enseñada —me tomó del brazo—. Entonces entendí que no había estado enseñada para muchas cosas.

El día de partir llegó y el abuelo se acercó para abrazarme. No lo evité. Dejé que sus manos me tocaran nuevamente mientras me decía cuídate, Carmencita. Esa fue la última vez que mi padre y yo lo vimos, porque él también decidió no volver. Hasta hoy.

El entierro será a las dos de la tarde, el hermano César va a dar unas palabras y de ahí todos nos vamos juntos caminando hasta el cementerio, no es lejos, decía Ximena mientras comíamos el caldo de gallina que había tardado cerca de dos horas en preparar. Hoy dormimos todos aquí y mañana salimos todos juntos, repetía cada vez que algún despistado volvía a preguntar. Ya a la noche, primos, tíos, vecinos y parientes lejanos, todos se acomodaron en las dos camas que tenía la casa y en cuatro bancas que la escuela había prestado a Ximena. Piedad, no sabemos si por recelo o vergüenza, no alcanzó en ninguna cama y se acomodó en la banca colocada a la izquierda del féretro.

Esa noche soñó con el chico del autobús. Se sentaba junto a ella a chupar cañas, mientras sus dedos sangraban llenos de tierra.

El entierro del abuelo fue sencillo. No hubo misas ni llantos, a excepción del de Ximena, que supo decir que lo quería como a un padre. El hermano César era en realidad un vecino que fue monaguillo en su juventud por lo que sus palabras fueron breves. Nos volveremos a encontrar para mirarnos a los ojos, sentenció al final de su discurso mientras cada uno de los presentes recogía las flores para llevarlas al camposanto. Caminamos dos horas ante la mirada curiosa del pueblo.

Su padre no lloró. No frente a Piedad.

 

Escrito por Priscila Soto

Quito, 1991. Comunicadora-escritora.