Lo miras salir de casa. Cierra la puerta con doble llave, se despide de alguien en el interior y echa a caminar. Es más alto de lo que te habían dicho, y más delgado que la imagen que te formaste de él cuando lo viste en la fotografía. Cada mañana te dices lo mismo, aunque ya lo conoces más de lo que él mismo se conoce.

Echa a caminar hacia la avenida principal, contigo detrás. Sabes que tomará el camión que va por la avenida 16 de noviembre; lo has estudiado con calma, como hacías con los rivales: te tomabas tu tiempo para ver por dónde entrar; uno, dos hasta diez minutos recibiendo castigo, esperando el momento preciso para conectar un solo golpe, o cerrar con una llave el encuentro. Quizás por eso tu carrera no duró mucho, alguien que recibe tanto golpe no puede pelear más de diez, quince años a lo mucho. Eso no lo sabías en aquel entonces, si no, hubieras ahorrado, algo siquiera.

Los charcos en la calle denuncian que la lluvia de la noche anterior fue intensa, el frío en el ambiente lo ratifica. Te acercas tanto a él  que puedes mirar cómo su aliento se congela y forma nubecillas, como las que se usan en las tiras cómicas del domingo para decir que alguien está hablando. Te imaginas que su aliento dice, en una de tantas veces: “Molly, hoy no me esperes a cenar”. O cosa similar. Sus zapatos hacen un ruido extraño cuando camina. Piensas que se debe a los clavos que traen en las suelas; son del tipo que sólo los zapateros usan: firmes, de cabeza chica, delgaditos. Alguien con dinero tendría para comprarse zapatos nuevos, no mandaría reparar los viejos. O quizás no, quizá es como Alfredo, tu compañero de primaria, que con todo y ser hijo de diputado iba a escuela oficial y usaba parches en la ropa y clavos en los zapatos. No sabes. Entonces te preguntas si será rico, porque sigues aferrado a que alguien con dinero no manda a reparar los zapatos. Además, alguien con dinero no viviría en una casa así de humilde. Bonita, pero humilde.

Son las 5:48: los ricos no se levantan temprano. Éste no es rico, piensas mientras caminas tras de él y notas cómo esquiva los charcos; a un rico no le importaría echar a perder la piel de sus zapatos, te dices. Vas tan detrás de él, tan cerca, que quien los viera pasar diría que van juntos. No te escucha porque caminas ligero, se te quedó la costumbre de siempre andar sobre puntas, hasta en la casa andabas así, tu primera mujer decía que eras como un gato. Eso debe ser: la costumbre. Hasta escuchas la melodía que viene oyendo en los audífonos, es una que conoces y que te gusta: la tarareas un poco y sientes pena al fallar en una estrofa. De repente no quisieras hacerlo, piensas que alguien que tiene tan buenos gustos musicales no puede ser tan malo; además esa canción la ponían luego en el gimnasio y era lo único que te hacía menos pesados los entrenamientos, sobre todo la cuerda, que más que físicamente te cansaba mentalmente. Pero trabajo es trabajo. Hay quienes cargan cajas; los hay quienes tocan la guitarra en el camión o las cantinas; también están los que se fingen ciegos o moribundos y piden dinero en las entradas del metro o a las afueras del mercado municipal. Tú haces esto. A veces porque se van con la mercancía, a veces porque no la pagan; otras veces sólo porque al jefe se le antoja. Punto.

Podría decirse que, desde cinco días atrás, eres su sombra: le pisas los talones y desapareces cuando el sol sale. Eso te repetías cada mañana antes de salir de tu casa y esperar afuera de la suya. Aguardabas hasta que las luces se encendían: primero la del cuarto, luego la del baño, después la de la cocina y al final la de la sala; como una víbora que se traga una bombilla y la digiere poco a poco. Eso te dices a solas. Buena analogía. Ya la has anotado en tu agenda. Más tarde, algún día, la usarás en algo, quizás cuando escribas tus memorias, porque no has dejado de lado eso de escribir tus memorias, crees que a la gente le gustaría, bueno, no cualquier boxeador gana cinturón, menos en tres categorías distintas y luego cambia  a las artes marciales mixtas y pierde todo el dinero en una mala decisión. Quizás.

La avenida está a la vuelta de la esquina. Lo haces rápido, pero no por la espalda: eso es de cobardes. Le tocas el hombro y él respinga como si le hubieras pasado un hielo por la espalda, justo como hacías en la  secundaria con las niñas bonitas; en una ocasión, una se levantó la falda para ti, atrás de los laboratorios. Te sonreíste como si su vagina fuera una broma. Sus vellos eran felpudos, rizados; aquello  era rosa cual cuento infantil. Un gancho en la zona media, que conecta de manera exacta, como cuando ganaste la segunda faja de campeón: tenías tan bien medido el golpe que con sólo sentir cómo tu puño se hundía en la zona correcta ya sabías que la pelea estaba acabada, hasta te volteabas y echabas a andar a la esquina neutra. Luego un rápido mataleón, sentir tu antebrazo cortando la garganta de alguien, esta mañana la suya. Apenas si supo qué pasó. Haces un gesto de disculpa antes de irte.  Al tocar su hombro te diste cuenta de que el cuello del suéter estaba raído: no era rico. Cuando esto sucede te pesa más. Con los ricos es otra cosa: lo disfrutas, gozas que sientan miedo; algunos hasta se han orinado. Recuerdas a ése contra el que debutaste en las mixtas, un niñito hijo de papá que traía base de taekwondo. Lo tocaste desde el primer minuto, pero esa pelea acabó por decisión porque preferiste lastimarlo catorce minutos más, sentir con gusto cómo su piel se abría con cada codo, con cada puño; hasta te dio la espalda para que lo estrangularas y poder acabar con eso, pero no, no le iba a ser tan sencillo. Con los pobres no lo gozas, no tanto como con los otros.

Regresas a casa: siete de la mañana en punto. Cuando vas entrando a la sala lo ves: viene bajando la escalera, ya con el uniforme puesto. Se parece mucho a ti; quizás, por eso, a éste no le pegas aunque rompa la vajilla, aunque le pegue a sus hermanos, aunque le grite puta a tu nueva mujer. Le dices que se desmonte el uniforme, que hoy, para él, no habrá clases. Grita como loco y sube las escaleras gustoso, riendo. Al pasar por la sala miras su foto grupal en la pared: ahí está el tipo, sonriendo junto a los niños. No podía ser tan malo. Pero hay cosas que se tienen que hacer, cosas que no puedes ignorar: cuidar a la familia es tan importante como el trabajo; es más, es un trabajo. Caminas al baño. Mientras te lavas la cara y te miras en el espejo, te repites que no pudo ser tan malo; alguien con esos gustos musicales no puede ser tan malo. Pero a tu hijo Rafael, nadie, excepto quizás tú, lo castiga. Mucho menos le jala las patillas.

Escrito por Aldo Rosales Velázquez

Ciudad de México, 1986. Autor de Luego, tal vez, seguir andando (Río Arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (Fondo editorial BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Casa editorial Abismos, 2016) y Sombra-Reflejo (Fondo editorial BUAP, 2017). Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y artículo de opinión en diversos medios. Coordinador del taller de creación literaria del FARO Indios Verdes, en la Ciudad de México.