Italia es un país oriental. Aunque el Viaje a Oriente de Flaubert se haya adormecido al llegar a Nápoles y no describa otra cosa que obras de arte (como si el paisaje italiano le resultase ya demasiado trillado)… Italia es un país oriental. Se nota en el aire arenoso, en la palidez grisácea de las plantas, en el color del cielo, en la falta de humedad. Se nota en el duomo de Milán, que es una catedral que parece una duna. Y en cuya plaza se ve, por entre hojas de palmeras, un vendedor de globos que lleva un turbante.

Se nota: en las mujeres, que tienen ojos como tatuados y que son tan orientales como los escorpiones. En el subterráneo, en donde los mendigos parecen tragadores de fuego o presentadores de circo. Después de que terminan de hablar, me quedo esperando que aparezcan los osos, los aros en llamas, los leones…

Grazie! –hacen una reverencia y me pasan el gorro.

Se abre la puerta del vagón. Entran personas hablando, mujeres con pañuelos, señoras con miradas de odio, ojos pintados hasta el delirio, tostados color oro, pelados, viejos con ojos de camello. En Milán, se habla italiano más bajo, con una especie de alegre desprecio. Se insiste en mostrar una cierta actitud de urbanidad.

Pero en Santa Margarita, un pueblo pequeño, frente a una tienda de zapatos, pasa una niña en bicicleta:

Sei bellissima! –grita la vendedora, desde la puerta.

La niña se quita el pelo de la cara y responde:

Grazie!

Participo de este momento como puedo, es decir, solamente admirándolo. Si alguien me gritase una cosa así por la calle, yo me pondría roja, seguramente me tropezaría y terminaría con seis puntos entre el mentón y la frente. Si pasase alguien hermoso, en su bicicleta, enfrente de mi tienda de zapatos, yo… solo me quedaría mirándolo.

Qué hermoso es ser italiano. Tanta vida, gestos, gritos… ¡Tan poca vergüenza! En Italia, se grita, no solo por costumbre, sino por destreza y con total seguridad. Estos italianos, parece que siempre salen ilesos, y sin embargo, ¡están todo el tiempo a punto de golpearse dramáticamente contra algo!

Entro a una catedral y me arrodillo pensando:

–Señora Santa Virgen de este altar, tengo un deseo (ya que pagué la entrada de esta catedral): quiero ser una italiana con un pañuelo en la cabeza que se sienta en blusa, debajo del sol, y grita: ¡Basta!

–¡Basta! ¡basta! –sale gritando una mamá de la iglesia, arrastrando un hijo que se cuelga como un mono de su cuello. Miro fijo una preciosa fuente de agua hacia la que la mamá italiana va, para tirarle a su hijo agua en la cara.

–¡Basta! –El hijo la mira como a un espejismo. Y, de pronto, deja de llorar.

Quiero ser una italiana. No lo soporto más. Quiero ser una italiana. Voy por la calle, pensando en mis posibilidades reales de sufrir un cambio radical de nacionalidad y capacidad vocal y actitud y carácter.

Pero no es momento, a mi lámpara le falta un genio, y mi caravana se desplaza. Sigue nuestra ruta por otras pequeñas ciudades del desierto: en Siena, una catedral de mármol blanco, que es producto de un cristianismo eufórico y quizá – afiebrado. Con leones, caballos, dragones y toros surgiendo, con gárgolas como arrojándose de los techos y santos amenazando. También: con columnas de un mármol rosa que parecen merengue. Todo entremezclado, entrelazado y fundido. Me hace recordar la estatua de Diana Efesia en el Museo Capitolino: una mujer con los brazos abiertos y una túnica de la que surgen huevos, senos, plantas, abejas, flores, ciervos y leones.

Uno pisa la catedral de Siena y siente inmediatamente que hay que alabar a Dios (¡o que hay que alabar a alguien!). Por otra parte, se hace gráfica la metáfora de Jesús-novio, iglesia-novia: la catedral de Siena es Diana Efesia hecha edificio. Diana, traspasada por pasillos. Diana con rosetón, con palomas, campanas y una escalera hacia la torre.

Dentro de la catedral, cambio de deseo, y en vez de una italiana, ahora, me modero, me reprimo y quiero ser – una santa. Le pasa a mucha gente. Es una manera de ser famoso sin ser banal. En Italia es un deseo que ya casi no puede refrenarse. Una no ve la hora de que alguien se fije en una y diga:

–Pero… esta turista… ¡sufre de mucha exaltación! ¿qué vamos a hacer con ella?

–¡Tírenla por la escalera, atraviésenle la garganta con un cuchillo y olvídenla pronto!

Me encuentro analizando posibilidades de martirio, cuando mi mamá viene a buscarme hasta el altar de Santa Teresita y me seduce:

–¡Vamos! Hoy tenemos que tomar helado.

Siguiendo la peregrinación, en Siracusa, observo y aprendo: la santa que tiene en el cuello clavado un cuchillo es Lucía (que trató de no tener ojos hermosos). El que tiene el cuchillo en la cabeza es San Pietro. La que tiene una pinza en la mano es Santa Ágata.

Inmediatamente, me hago devota de Santa Lucía, que, para demostrar que despreciaba su propia belleza, presentó ante Dios una bandeja con sus ojos. El final feliz es algo ambiguo. Parece que Dios, después de dejar que la mataran, se encargó de devolverle a la pobre Lucía, para la eternidad, unos ojos todavía más hermosos.

Casi al final de nuestra peregrinación, llegamos a Matera: una ciudad que es como una tormenta de arena. Mariposas grises que parecen, en las paredes, parte del descascarado.

Matera es una de las ciudades más antiguas de la historia. Se deshabitó, por antigüedad; y se volvió a habitar, por pobreza. Carlo Levi cuenta en Jesús pasó también por Éboli, que el Sassi de Matera era, en pleno siglo veinte, como una ciudad medieval azotada por la peste. Los niños andaban sonámbulos, se sentaban debajo del sol, con los párpados hinchados y las moscas se les posaban en los ojos.

(Para más datos: las familias vivían tan hacinadas, que en las casas había una sola cama, y los hijos más pequeños abrían la cómoda y se acostaban a dormir en los cajones.)

Matera es, en Italia, un pedazo de Palestina extraviado: hay templos cavados en el interior de los cerros, pequeñas casas de color camello, callecitas que parecen pavimentadas con huesos.

Las paredes, por la noche, quedan invadidas de ciempiés negros. Afortunadamente, los ciempiés son uno de los pocos insectos que no me dan miedo. Pero no puedo alegrarme por mucho tiempo… de pronto, cae del cielo un enorme saltamontes color barro.

Mientras hay sol, soporto. Sin embargo, por la noche, vivo atormentada por la sensación de tener un saltamontes gigante atravesado en el zapato.

Como sea, en Matera, mientras uno va por las calles, los edificios parecen tener una fuerza hacia la que uno se tambalea y cae. Como solo me pasó una vez, en la Catedral de Estrasburgo: uno quiere pegar el cuerpo a una pared y apoyar sobre la piedra todo lo que pueda de la cara. Estar cerca, durar mucho, tragar diez o doce siglos, permanecer de pie.

La antigüedad chupa. La descascaradez atrae. Frente a un altar vacío, en medio de una de esas iglesias húmedas, cavadas en la roca, me asusto y me giro. De pronto, tengo un deseo demasiado profundo de pertenecer a otro tiempo.