Eran cerca de las nueve y yo ya no me sentía con fuerzas para aguantar la carga de mi ser ni un minuto más. Como ya llevaba tiempo sucediendo, me acosté antes de que el sol se pusiera, los días de junio se me antojaban demasiado largos y el único refugio a mi alcance era aquel viejo cuarto al que me acostumbré a llamar mi habitación. Disfrutaba recostándome desnuda entre las sábanas, donde podía volver a sentirme mía por un momento, las cosquillas producidas por las costuras en mis pezones conseguían que mi cabeza creyera olvidar todo aquello que tanto dolía. Solía dejar la ventana abierta, la suave brisa del mar se colaba en la habitación junto a un puñado de mosquitos, y la última luz del día tornaba anaranjados los cuadros de la estancia. Eso era lo que realmente me reconfortaba, los rostros de aquellas mujeres parecían estar pintados con la única intención de que la luz del ocaso los iluminara, era como si el sol no resistiera más la soledad de las alturas y, en un acto de curiosa valentía, bajará a envolverse entre los vestidos turquesa de las damas del cuadro, enredándose en su cabello, plasmando extrañas figuras en sus pupilas. Me sentía alguien al observar como el sol se atrevía también a jugar con mi cuerpo, iluminando mis estrías.
Cuando desperté a la mañana siguiente él ya no estaba, o eso decía el aire vacío que inundaba la casa, pero la huella que dejó en mi cuerpo seguía ahí, recordándome que nunca se iría del todo.
Camine hacía el umbral de la puerta de salida, una vez más me había dormido y llegaba tarde a la cita familiar en casa de mis padres. Pero no pude evitar, al pasar por delante del cristal de la ventana del salón, pararme a contemplar el reflejo que esta me devolvía. Nada tenía que ver aquella complexión delgada, con las costillas clavadas en la piel y las piernas con el grosor de una pluma, con la chica fuerte de pasos firmes que conoció a Jon. Por aquel entonces todo parecía un cuento de hadas, cuando nos mirábamos fijamente sentía la pasión del fuego, sus brazos eran el hogar que siempre había buscado, o eso me hacía pensar él. Pero pronto aquel fuego de su mirada se volvió peligroso, y cuando empecé a temerle ya era tarde, y no supe si la culpa era de mis mil inseguridades, de mi incapacidad para sonreír cuando él afirmaba que lo que hacía era bueno para mí, o si era de sus puños, que se clavaban en mi pecho mientras un aliento con fuerte olor a alcohol me gritaba que no valía nada.
Trate de borrar aquellos pensamientos de mi mente, tarde o temprano tendría que aprender a vivir con ellos. Cogí el coche y en menos de media hora me planté en el jardín de mis padres, nunca me han gustado demasiado las comidas forzadas de los domingos, pero en aquella ocasión era diferente, Hugo acababa de volver de su viaje por Sudamérica, por lo que yo ya no sería el centro de atención.
Cuando llegue estaban sentados en la vieja mesa del porche, hacía un ligero viento sur y la mesa estaba llena de cenizas de cigarro que la brisa esparcía por todo el recinto. En casa todos fumaban menos yo, me agradaba el humo que exhalaban al unísono, supongo que porque ya estaba familiarizada con él, me recordaba a mi infancia, a la misma mesa, al mismo jardín, donde siempre acababa discutiendo con Hugo porque no dejaba de salpicarme en la piscina, o por cualquier otra tontería, no podíamos estar juntos sin acabar a gritos… Cuando echo la vista atrás no puedo evitar sorprenderme al comprender todas las etapas por las que ha pasado nuestra relación fraternal.
La llegada de agosto me sorprendió con la luz empezando a brillar en mi interior. La vida continuaba pareciéndome algo cuyo ritmo no volvería a alcanzar, seguía sintiendo que la gente no me veía y de las bocas de las parejas que caminaban por la calle solo oía salir palabras que carecían de significado. Pero la imagen del espejo ya tenía color, una nueva piel que cubría las cicatrices, algo más de carne con la que disimular las penas que llevaba por dentro y, en ocasiones, una media sonrisa que decoraba mi rostro.
Cuando comencé a sentirme con fuerza recuperé la vieja costumbre de refugiarme los fines de semana en una vieja cabaña en el monte, desde donde se veían las estrellas como algo mucho más cercano que la realidad que pisaban mis pies.
Las estrellas siempre me han fascinado, me transportan a los interminables paseos por la playa de la mano de la abuela, amenizados por decenas de historias sobre el cielo narradas por su singular voz. Mi favorita era la que hablaba de Arf, la diosa de los mil fuegos de la noche, como solía llamar a las estrellas, con los que protegía el mundo desde la oscuridad, una oscuridad que conseguía no volver desoladora. También era la encargada de hacer soplar los vientos para ahuyentar las nubes que osaban taparle la vista, y solo cuando algo la hacía enfadar de verdad llegaban hasta la Tierra sus gritos y el reflejo de sus hinchadas venas azules. Ojalá Arf hubiera estado realmente ahí para protegerme cuando tanto lo necesité…
Aquella mañana parecía que todo comenzaba a tener sentido. De camino al coche pasé por delante de la misma floristería que los demás días, nunca había comprado nada allí, pero la señora de la tienda me sonrió con una tierna familiaridad cuando me paré a observar los ramos. Los miré con cierta nostalgia, siempre había querido que me regalaran un ramo de rosas como aquel, encajaba a la perfección con la armonía de la cabaña. Así que me pareció que autoregalarme flores por primera vez era una buena forma de reforzar la toma de conciencia de mí misma, de ese yo independiente que estaba volviendo a nacer, o que al menos creía estarlo…
Fue unos de los últimos días de agosto cuando se produjo este giro tan inesperado de los acontecimientos que me sitúa donde estoy ahora… Llevaba cerca de cuatro meses sin tintar color sangre la ropa interior, pero hasta ahora no me había preocupado. No era la primera vez que los desbarajustes psicológicos y emocionales producidos por las situaciones vividas en los últimos años afectaban de alguna forma a mi salud física; los vómitos, el malestar físico, la pesadez mental… todo podía estar relacionado con las vivencias recientes. Pero ahora era distinto, todo parecía marchar tan bien que empecé a temerme lo peor, era hora de abrir los ojos….
Me costó más de una semana reunir el valor suficiente, pero al final lo hice, me acerqué hasta la farmacia de guardia más cercana a pedir un test de embarazo. Me temblaba tanto la voz que tuve que pedirlo tres veces para que consiguieran entenderme.
Regrese a casa por el camino más largo que conocía, con ánimo pausado, consciente de todo lo que suponía lo que estaba a punto de hacer. Una vez allí el temblor de la voz empezó a extenderse por todo el cuerpo, tanto que me costaba aguantar en pie. Tarde varias horas en atreverme a mirar el resultado, toda la fuerza, la luz, las ganas de vivir que había ganado en los últimos meses se desvanecían al pensar tan solo en todo lo que supondría estar embarazada de él. Así que cuando comprobé como todos mis miedos volvían a llamar a la puerta, representados en esas dos rayas sobre un simple cacho de plástico, no vi otra salida.
Me cuesta cargar con el peso de mi propia vida, no puedo cargar con la de alguien más, y menos si ese alguien me ata a un pasado del que me he dejado la vida intentado huir. No puedo empezar a contar de nuevo la historia, plantarle cara, articular las palabras necesarias para pedir ayuda, ya es demasiado tarde.

Cuando acabé de leer el testimonio que mama encontró junto al cadáver de mi hermana, sentí que el mundo se me caía encima. Jamás podré perdonarme no haber estado a su lado cuando realmente me necesitaba, cuando nos necesitaba tanto a todos… Siempre había sido una chica callada, o al menos eso nos mostraba a su familia, nuestra relación nunca había sido idílica, pero bajo ningún concepto pensé que podría llegar a vivir algo así y no contárselo a nadie.
Pronto la tristeza se convirtió en enfado y comencé a sentir un terrible rencor contra todos los que me rodeaban, incluido contra mí. No podía entender como mama y papa no se habían molestado en preocuparse más que de boca por sus moratones, como yo mismo no había sido capaz de mirar más allá de su quebrantada voz cuando me llamaba asustada en mitad de la noche. No entendía incluso como el resto del mundo podía seguir con su vida, ahora que comprendía que lo que le había pasado a mi hermana le podía pasar a cualquier otra mujer.
Su muerte no sería más que unos inservibles minutos en el telediario seguidos de decenas de voces que creerían tener el criterio suficiente para juzgar la vida de alguien que no conocían. Un llanto vacío de verdad de aquellos que creían saber quién era, y un dolor permanente en el pecho para quienes la queríamos y nunca fuimos capaces de demostrarlo.

Escrito por Inés González

Cantabria, España, 2000. Estudiante de Sociología en la Universidad del País Vasco. En fase de búsqueda y construcción.