La abuela Ana de paseo con la vaca golondrina

Por Álvaro Miranda

La poesía tiene poemas icónicos, esos que a relieve o pincel sobresalen como luz y color en las iglesias orientales.

En la iconografía poética no hay que persignarse, solo admirarla, porque todo ícono poético tiene la herejía de la creación de los artistas que no quisieron seguir el dogma de la iglesia, es decir, de lo ya dicho y repetido.

El poema “En el lomo de la vaca el viento revuelto en un sudario de espumas”, de Henry Alexander Gómez es una bella irreverencia como lo han sido el “Nocturno III” de Silva, “Morada al sur” de Aurelio Arturo, “El sueño de las escalinatas” de Jorge Zalamea…

El poema icónico es un milagro que aparece de vez en cuando, cuando nadie lo espera. Irrumpe fresco como un amanecer lleno de sol y de rocío, con algo de tierra y raíces, con los secretos de lo humano al desnudo. La imagen llega e ilumina de novedad el rostro de un pequeño círculo de lectores que, como monjes, descubren que lo genuino se ha detenido ante sus ojos, que los dioses existen entre todas las palabras donde se esconden para hacer piruetas, saltos en el trapecio de los versos.

“En el lomo de la vaca el viento revuelto en un sudario de espumas” está el encanto de la recordación. El pequeño círculo de monjes que leen poesía, lo cita, lo vive, lo recuerda. Aparece en su memoria de lectores las imágenes del niño, la abuela y la vaca que van del establo al potrero y del potrero al establo hasta que la vaca se ahoga. El poema se ha plantado, se ha sembrado para que no se vaya, para que supere el paso del tiempo.

La vaca para el poeta y sus lectores no es un mamífero más: “Dicen que las vacas/ se parecen a los sueños de los hombres tristes, no dejan de rumiar su soledad en cualquier balcón desvencijado de la vida”. Los hombres tristes se estremecen y detrás de la vaca que las aguas llevan, la abuela corre por la orilla del río a salvar la tristeza.

 

*****

 

En el lomo de la vaca el viento revuelto en un sudario de espumas

Henry Alexander Gómez

Eran las mañanas y las tardes. Solía acompañar a mi abuela Ana

a llevar y traer las vacas, del establo al potrero y del potrero al establo.

Íbamos por la mitad del pueblo arreando las vacas

que eran como dedos gordos de Dios.

Yo y mis cinco años y la rama de un árbol haciendo de fusta.

El sol trepaba por las manchas azules de las vacas y en su paso torpe

un aliento desconocido empozaba la sílaba del sueño.

Las piedras, las crestas de los árboles, un puñado de maderos y sus cercas.

Verlas pastar era echar boca adentro toda la paciencia del aire,

como hundir una luna en un enredo de hierba.

Y en los ojos de las vacas un vacío de luz, un misterio lerdo que latía en cenizas

sobre el corazón lento del día.

Mis cinco años, mi abuela Ana y las moscas abriendo huecos

en las primeras sombras de la tarde.

Entonces la vaca Golondrina se fue de bruces al río.

El hechizo del agua le llegó como una soga que halaba su carne

en una cadencia sin tiempo.

Era de ver su júbilo corriendo entre las formas del torrente.  Mugía y su voz era un tambor que trenzaba mi garganta. Un fósil nacido en lo más hondo de la vocal del mundo.

Corría la vaca por el río y mi abuela la seguía desde la orilla,

entre los pastos largos y mojados,

llamando desesperadamente su bovino. Cuidado de no ahogarse la vaca loca.

Mis cinco años arreando el sueño de loco de mi abuela Ana. En el lomo de la vaca el viento revuelto en un sudario de espumas.

Hará tiempo de aquello. El río arrastrando esqueletos húmedos de hojas y trastos vegetales, llevándose consigo mis cinco años y las alas invisibles de la vaca Golondrina,

en una ceremonia de bocas abiertas a los muslos de la nada. Navegaba ahora

hechizado el ocaso en una brisa de peces muertos.

Dicen que las vacas

se parecen a los sueños de los hombres tristes, no dejan de rumiar su soledad

en cualquier balcón desvencijado de la vida. En el mañana

o en el ayer, es floración la noche cerrada.

A la orilla, sobre la piedra molida, boquea todavía la vaca Golondrina

tragando tajos de luz. Muge mientras puede.

Escrito por Henry Alexander Gómez

Henry Alexander Gómez (Bogotá, 1982). Magister en Creación Literaria de la Universidad Central y Licenciado en Ciencias Sociales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Es director del Festival de Literatura “Ojo en la tinta”. Ha recibido diferentes distinciones, entre ellas, el Premio Nacional de Poesía Universidad Externado de Colombia, el Premio Nacional Casa de Poesía Silva y el Premio Internacional de Poesía José Verón Gormaz de España por el libro "Tratado del alba" (2016). Ha publicado los libros "Memorial del árbol" (2013), premiado en el IV Concurso Nacional de Poesía Obra Inédita, "Diabolus in música" (2014) Premio Nacional de Poesía Ciro Mendía y las antologías "Teoría de la gravedad" (2014), publicado en Quito, Ecuador y "El humo de la noche rodea mi casa" (2017), Colección “Un libro por centavos”, Universidad Externado de Colombia. Sus poemas aparecen diferentes antologías y revistas de Colombia y el exterior. Hace parte del comité editorial de la Revista Latinoamericana de Poesía La Raíz Invertida (www.laraizinvertida.com) y es docente del Pregrado de Creación Literaria de la Universidad Central.