Claudina Domingo (Ciudad de México, 1982) es poeta y narradora. Es autora de los poemarios Miel en ciernes (Praxis, 2005) y Tránsito (FETA, 2011), así como del libro de relatos Las enemigas (Sexto Piso, 2017 en México y 2018 en España).

Después de haber publicado dos poemarios, este año debutaste en la narrativa de la mano de Sexto Piso con Las enemigas. ¿Con tantos años de trayectoria poética a tus espaldas, ¿fue complicado para vos dar el salto al relato? ¿Qué te impulsó a explorar la narrativa en esta instancia?

Sí, fue complicado. Terminé de escribir mi poemario Tránsito en octubre de 2009. Ya para entonces tenía la intención de escribir narrativa, me atraía mucho el relato, y consideraba, a mis 27 años, que solo había que hacer que anécdota y prosa se llevaran bien. Nunca imaginé que eso fuera a ser tan complicado, ni mucho menos que necesitaba aprender técnicas narrativas ni configurar personajes. Guardé unos intentos de relatos que escribí en 2010. Luego ocurrió algo curioso: tuve una crisis creativa de cuatro años; todo lo que escribí en 2011, 2012, 2013 y 2014 (poesía o prosa), fue en algunos años, escaso, en otros, malo, en otros mucho y fallido. Estaba muy deprimida para finales de 2014, cuando comencé un relato en un viaje corto a la ciudad de Taxco, Guerrero, que pude concluir sin que fuera un experimento fallido. Noté el tema y la dirección de este relato (que guardo inédito) y busqué aquél par de textos de 2010 que, si bien solo pasaron a Las enemigas como los argumentos de un par de textos, fueron el principio del libro.

Tu narrrativa tiene una impronta de «realidad» que pocas personas consiguen en una primera obra. Desde el uso popular del lenguaje hasta el tratamiento de los espacios, los personajes o incluso los conflictos, leer a Claudina Domingo traslada la sensación de estar leyendo algo muy cercano. ¿Cómo conseguiste esta forma de narrar tan diáfana? ¿De dónde extrajiste las diferentes situaciones que dieron lugar a tus relatos?

Pues soy muy curiosa: me llaman la atención las cosas “mundanas” que ocurren en la calle, la forma en la que diferentes personas se relacionan con el lenguaje o cómo se visten hombres y mujeres; si escucho algo que me parece interesante, apago la música y oigo las conversaciones de las personas. Me hago muchas preguntas que obviamente no me puedo responder, pero este tipo de “anotaciones virtuales de la calle” me ayudan a configurar personajes y diálogos. Al mismo tiempo, como poeta, sigo teniendo una cercanía con los fenómenos naturales y el paisaje (lo cual puede sonar trillado, pero no encuentro otra forma de definirlo). Entonces cuando escribo prosa voy incorporando ese material en el discurso, y voy recordando diálogos que escuché en la calle o cómo hablaban o hablan ciertos amigos o cómo es la belleza de una mujer o el carácter de un hombre, y describo todo eso. Me gusta eso de la prosa, que es un “material” muy flexible que permite introducir muchas observaciones.

En varios de tus relatos hay un cierto proceso de liberación por parte de sus protagonistas. Lo encuentro por ejemplo en «Xólotl», pero también en algunos otros. Para las personas que te lean, ¿este tipo de relatos pueden servir de catarsis, de motivación para liberarse a su vez de sus propias restricciones?

Creo que yo andaba en un momento más borrascoso personal cuando escribí la primera versión de ese texto en 2010. Luego en 2015 me gustó que los temas fueran intensos, profundos, furiosos. Me interesaba el sufrimiento de mis personajes o la tragedia en sus historias, pero no el sufrimiento trivial, sino que deseaba que en sus elecciones y fatalidades ellos pudieran encontrar alguna revelación interior.

Es cierto que hay una presencia fuerte de la maternidad en estos relatos a través de una problematización muy audaz de diferentes relaciones entre madres y sus hijas o hijos. ¿Por qué este tema resultó tan central en Las enemigas?

Porque soy obsesiva, entonces trabajé el libro como un proyecto único, no como una reunión de relatos. Entonces vi, mientras comenzaba a escribir los primeros dos textos (porque los trabajaba de dos en dos o de tres en tres), cuáles eran los temas recurrentes, y vi que había una decantación por la Madre-Muerte o por la madre devoradora, aunque no en todos los casos es así, hay excepciones como “Corazón de la montaña”.

Comentabas en Más por Más que la ficción necesita de un punto de exageración para que haya un clímax en la lectura, pero que en otras ocasiones la ficción es superada por la realidad. ¿Hay algún aspecto donde creas que la realidad mexicana contemporánea está superando a la ficción?

Es una pregunta muy interesante. En 2010, cuando intentaba escribir, digamos, unas Protoenemigas, pensé que podía escribir un relato autobiográfico o metaficcional que involucraba una crisis de gripa del año anterior que semiparalizó a la Ciudad de México unos días y una experiencia personal enmarcadas en un relato de tono fársico que hablaba de un lugar en Ecatepec, que había imaginado como una fosa de muertos a cielo abierto, lo cual no ocurría (al menos de manera tan grave) en ese momento, si bien en la prensa ya abundaban las historias tétricas sobre la periferia de la Ciudad de México. La idea era escribir algo macabro pero divertido y apocalíptico. Cuatro años después encontré el archivo y me empeciné en incluir un relato así, al grado de que le escribí dos versiones nuevas, ambas malas. No solo la personificación de mí misma era problemática sino que había algo más por lo que fallaban ambas versiones: la realidad las había alcanzado, y entonces lo que unos años antes era una visión apocalíptica (y por tanto admitía el tono fársico) en 2015 era ya una frivolización de la terrible violencia que se vive en muchas zonas del país, incluida la zona donde quería ambientar mi relato. Y entonces ya no lo incluí.

En el mismo lugar explicabas que en México se habían desgastado los grupos literarios y que actualmente había una mayor pluralidad de estilos y de ideas. ¿Se está trasladando esto de la misma forma al campo editorial? ¿Es suficiente el escenario actual de editoriales independientes y grandes grupos para dar cuenta de toda la diversidad creativa, narrativa y poética que hay en el México contemporáneo?

Hay una gran abundancia de editoriales independientes, así como los dos grandes conglomerados que son casas de muchos narradores, Planeta y Random House. El problema de las editoriales independientes es que les cuesta más trabajo acceder a los mecanismos de distribución, que son burocráticos y a veces cuestan dinero. Pero incluso las editoriales grandes saldan títulos que los editores habían creído que serían hits. El problema de fondo es que hay pocas librerías en el país, falta infraestructura y, por tanto, lectores. Si hubiera más librerías, la gente estaría más familiarizada con el libro como un mecanismo de esparcimiento, y comprarían más libros.

En Sexto Piso compartís cartel con Valeria Luiselli, una de las mejores narradoras de América Latina, pero si miramos el panorama actual de la narrativa mexicana encontramos también a Brenda Lozano, Laia Jufresa, Ave Barrera, vos misma… ¿La década de los 80 nos está dando una generación de oro de narradoras mexicanas?

Por vanidad, te voy a responder que sí. Y sí es interesante que las autoras que mencionas somos del 80, del 81, del 82 o del 83, así que quizá sea una cuestión astrológica, Saturno en Libra y Júpiter en Libra o Escorpio. Supongo que también tiene que ver con que, tanto las nacidas en los 80 como las nacidas en los 70 y en los 90, hemos podido acceder al programa de Jóvenes Creadores del Fonca, que por supuesto, ha resultado un estímulo creativo invaluable para nuestras generaciones.

¿Qué tal recepción está encontrando tu literatura en España?

No sé mucho la verdad, digamos, en términos generales, porque no tengo mucho contacto con España. Recientemente en el Hay Festival Querétaro tuve un diálogo con el excelente narrador español Vicente Molina Foix, que tuvo unos comentarios muy elogiosos de mi trabajo. Eso es bastante.

¿Por dónde pasan tus próximos proyectos? ¿Tenés previsto volver a la poesía en algún momento, quizá ir alternando entre poesía y narrativa?

Últimamente he hecho eso. En 2016 escribí Ya sabes que no veo de noche, poemario que puliqué el año pasado. Y en septiembre del mismo 16 empecé la novela que estoy concluyendo y que me tiene exhausta, así que es probable que descanse un poco de la narrativa el próximo año escribiendo poesía. No importa cuánto disfrute escribir, hay momentos en los que me siento agobiada, por el grado de estrés psicológico que supone, sobre todo frente a la hoja en blanco, entregar recursos, historias, nociones que no sabías a ciencia cierta que estaban ahí hasta que los ves en negro sobre blanco.

(Fotografía de Filemón Alonso-Miranda)

Escrito por Darío V. Zalgade

Edgar Díaz Oval (Islas Canarias, 1983), más conocido como Darío Zalgade, es Licenciado en Letras Modernas (UNC) y Máster en Literatura Comparada (UAB). Se especializa en el estudio de la literatura latinoamericana contemporánea y el análisis estructural de la identidad. Es colaborador regular en las revistas literarias Quimera, Librújula y Oculta Lit, y fundador de la plataforma Liberoamérica.