Martha desliza su dedo sobre la pantalla del teléfono. Okeeeey, dice y escribe, insertando al final una carita con un beso. Se levanta sonriente y camina a la cocina. En la habitación se oyen resoplidos y algo como el ruido que hacen las cuentas de un collar al caer al piso; pronto aparecen unos pequeños perros pug que corren hacia ella y se entrecruzan bajo sus pies. «Niñas, por favor, las voy a pisar, váyanse para allá, me están estorbando, que no ven que estoy ocupada». Su voz es un vaivén de tonos, con gallos que quiebran cada palabra, como si tuviera estropeadas las teclas de las vocales. Los dos animales la miran con su cara mongólica y chillan débilmente. «No, no, quedamos en que ustedes no iban a dar lata. Así que ni me vengas con lloriqueos, Amy. Y tú, Frida, no le sigas la corriente.»

Ya instalada en la cocina, nuevamente suena la campanilla del teléfono, pero Martha decide terminar antes la cena que acudir a revisar, sin embargo la llegada de dos mensajes más hace que interrumpa su preparación. Ahora su cara frente a la pantalla del teléfono es de cierta inconformidad; teclea con velocidad: «Eeeestá bien, no te preocupes, aunque sea un ratito eres bienvenido a tomar un cafecito». Se levanta y se dirige a la pantalla de televisión, toma el control y selecciona una lista de videos de música tropical; después baila camino a la cocina contoneándose torpemente, cuidando no pisar a sus mascotas. Antes de entrar se detiene ante el reloj que le obsequiaron en la empresa donde trabaja y que cuelga en el pasillo que conduce al baño. Sus manecillas de jeringa marcan las 6:45, a poco de posarse sobre la pomada para el pie de atleta que indica las 7.  «Ya es tardísimo, dios mío, hay que apurarse». Regresa a la cocina y, en el fregadero, se lleva la mano a la frente, tratando de recordar en qué punto de la preparación se había quedado antes de los mensajes. «Ah ¡ya!» Busca en una pequeña repisa y saca un frasco largo y amarillo, lee la etiqueta con cuidado. «¡Tanto sodio, por dios!» Al final vierte una cantidad pequeña con un movimiento circular. «Ya si quiere más que me diga». Toma dos palitas de un cajón y revuelve la ensalada, lazando el contenido al aire sin que nada caiga fuera del recipiente. «Listo, a ver… Vamos al cuarto chicas». Se detiene en el marco de la puerta, no así sus perras que trabajosamente trepan la cama para echarse en ella. «Noooo, ni se les ocurra destenderla; las quiero quietecitas». Piensa en que no debiera importar el orden de su habitación, pues tiene bien claro que por ningún motivo dejará que el tipo se propase, se lo dejó muy claro cuando él habló de tomarse el café y luego tomarla a ella. «No, sólo el café, sino mejor nos vemos en un lugar público, porque quién sabe tus cochinas intenciones». Sin embargo, puede ocurrir que quiera conocer todo su departamento y no tendría un pretexto para no mostrarle cada pieza. Lo que más le preocupa es el clóset donde, a falta de puerta, ha colocado una sábana lo mejor que ha podido para que no se vea la ropa y los entrepaños. Se da cuenta que en un costado se asoman el montón de zapatos y se acerca para cubrirlos, estirando todo lo que puede la tela, tratando de evitar que del otro lado ocurra lo mismo. Al fin queda satisfecha, después de dar varios paseos de un lado a otro de la habitación.

Algo que le gusta mucho de su cuarto es la ventana de dos hojas que, al abrirla completamente, tiene una vista espléndida desde ese cuarto piso. Cuando le mostraron el departamento, lo que terminó de convencerla para rentarlo fue aquel instante en que el agente la abrió de par en par, consciente de que era con lo que podía cerrar el trato: «mire qué paisaje, acérquese» Martha se asomó y contempló la pequeña glorieta rematada por una palma. «Esto me encanta», expresó quebrando aún más su voz de lo normal. «Aquí vamos a vivir, nenas». Pero la sensación que le provocaba el estar ahí frente a la brisa fresca de la tarde, era ambivalente, también sentía culpa por dejar a su madre. Recordaba cuando tuvo que hablar con ella para decirle que había encontrado un lugar para vivir sola. «¿Tú, sola? Por favor, nena, no quiero ni imaginar para qué sino sabes hacer nada». Martha apretó los labios, a sabiendas de lo que su madre estaba a punto de decir. «Seguro es para andar de loca con los hombres, como te encanta». Tan sólo acudir a la universidad le implicó una batalla constante, donde su madre cedió terreno hasta quedarse a la salida de la estación del metro, donde la esperaba intranquila «Tú andas de loca, no me engañas, ya estás llegando muy tarde si sales a las tres». «Por dios mamá, ni se fijan en mí». Respondía exasperada, caminando aprisa delante de ella.  «Eso dices tú, pero para lo que quieren los hombres no importa cómo estés». Un domingo, cuando ya se había instalado el gas en el nuevo departamento, Martha sacó sus cosas, mientras a su madre le correspondía cuidar a la abuela al otro lado de la ciudad.

Bajo su ventana un auto trata de estacionarse en un espacio reducido. Martha se asoma esperando que sea él, pero desciende una mujer que cruza la calle apresuradamente hacía la farmacia.  Después de unos minutos Martha se impacienta y se retira de la ventana, sin embargo, no tiene duda de que él vendrá, lo dejó claro en los mensajes que intercambiaron un día antes cuando ella lo contactó después de muchos años. La conversación acabó en fotos provocativas, sólo de parte de él. En esos momentos ella revisaba unos cultivos, tomaba los pequeños recipientes con gel y hacía anotaciones rápidas en una tabla y sacaba discretamente el teléfono de la bolsa de su bata; miraba en todas direcciones antes de abrir cada imagen, cuidando que ninguno de sus compañeros la descubriera. Reía discretamente tapando su boca con una mano y después se abanicaba el rostro, sonrojada «Jesús» Decía una y otra vez. La risa se borró de sus labios cuando él le pidió lo mismo, fotos atrevidas. Dejó la tabla sobre la mesa de metal y pensó un momento antes de responder. «Pero, Claaaaaro que noooo, qué clase de chica crees que soy, te confundes amiguito.  Has de creer que soy como tú de indecente».  Después surgió de ella la sugerencia de salir a dar una vuelta o de tomar un café en su casa para reencontrarse y platicar después de tantos años. «¿O te pegan si te invito un café?» A lo que él  contestó enseguida «Sí, pero me puedo dar una escapadita rápida. Entonces ¿mañana en tu casa, Martha?» «Sí, pero no se te ocurra portarte mal, eh, que te echo enseguida porque ya vi que eres un pillo, un depravado que no ha cambiado nada: infiel y mujeriego; ya ni porque estás casado».

Ahora rodea la cama y se mira de cuerpo entero en el espejo que reposa en el piso, recargado en un muro. Se inspecciona detenidamente. Está segura que la ropa que ha escogido es la que mejor le sienta. Procuró una blusa de encaje ajustada y corta al nivel del ombligo que le resalta su abdomen plano «Hija tú no estás para sostén, no lo llenas, eres una tabla; déjate de tonterías». Hace un medio giro y se pone de perfil. Levanta hasta su cintura la falda rosa y esponjada de vuelo amplio y hace un gesto de desagrado. En el frente de su tanga de encaje, destella una pequeña libélula rosa con negro. Se acomoda nuevamente la falda y modela sus tacones de correas negras que se entrelazan más arriba de los tobillos; los observa desde diversos ángulos. «¿Qué tal se ve mamá?» Solo una de las perras levanta la cabeza para mirarla y luego la deja caer sobre la panza de la otra que parece dormir estirada sobre la cama. «Ay, a ustedes no les doy gusto jamás». La última palabra la dice fuera de la ventana. Mira a ambos lados de la calle y truena la boca.  Va al espejo una vez más y toma su cabello; lo desliza entre sus dedos. Es largo y lacio, de un negro profundo. Entonces su sonrisa vuelve. Sabe que es lo más hermoso que tiene, lo único, se corrige inmediatamente; es lo que más estima de su aspecto, por eso, desde que es consciente de ello, lo ha cuidado con esmero. Esta vez lo ha peinado de tal forma que todo cae en un solo costado sobre su hombro izquierdo y parte del pecho. Del otro lado ha colocado sobre su oreja un broche de libélula color rosa «Lo que más me gusta es enredarme en tu cabello, Martha, huele delicioso. Me encantas». Eso era lo que más recordaba de aquellas noches con él a la salida de la prepa; de esos breves momentos acurrucados en la escalinata de un puente peatonal. Las risas traviesas de ambos, él tratando de propasarse, siempre insistente y ella luchando con los codos para impedir que sus manos se abrieran camino entre sus piernas hasta que él desistía y se despedía resoplando para abordar el metro. Martha se ruboriza y con un gesto muy afectado se abanica la frente «Qué locuras, dios mío».

En el pasillo el reloj la jeringa ha pasado a la pomada; la hora acordada quedó atrás. Martha suspira profundamente. Un malestar comienza a surgir en su interior; sabe que la ansiedad se asoma. «No pasa nada, no pasa nada» Toma de una mesita un estuche para retocar sus ojeras, las cuales son muy profundas y oscuras, lo que le da un aspecto mortecino que jamás le ha gustado.

Observa el reloj nuevamente «No puede ser, son siete y veinte, qué le pasa», luego señala a sus perras con la plancha para el cabello «Se van a quedar aquí un ratito. Pórtense bien. No me hagan venir a regañarlas». Se da cuenta que empuña amenazante el aparato y que su tono ya es distinto, una de las perras se asusta. «Perdón niñas, háganse para allá, por favor». Después se retira del vano de la puerta y la cierra rápidamente antes de que corran para no quedar dentro.

Camina por el pasillo. Siente un leve mareo y un vértigo súbito, luego surge la primera oleada de angustia, que eleva su ritmo cardíaco. Llega al sillón y se deja caer. Sentada en el sofá, escucha a sus perras que chillan quedamente, rascando la puerta. Esa es la hora de su paseo y lo tienen perfectamente programado. Una oleada de calor recorre su cuerpo, seguida de un escalofrío. En la pantalla un tipo con barba larga, muy flaco y de larga cabellera, manotea entre dos mujeres semidesnudas que se retuercen en la cama. Respira hondo y toma su teléfono; observa la hora, siete veinticinco. Hace algo que había decidido no hacer más: mostrar interés por alguien y le escribe un mensaje. Le cuesta dominar el temblor de sus manos. «¿Sí vas a venir?» No, eso no. Mejor, «¿Algún inconveniente?», más una carita con un gesto preocupado. «¡El Café!» Se levanta de un salto y va a la cocina conteniendo un llanto como si fueran nauseas. Saca la cafetera, coloca el filtro de papel y lo carga de grano molido. Después toma la jarra y comienza a llenarla de agua en el fregadero. En ese momento cae la respuesta al mensaje que ha enviado. Termina con dificultad la puesta de la cafetera y la enciende. Toma con avidez el teléfono y se acomoda en el sillón. Lo que muestra la pantalla es un largo mensaje, cosa que le da mala espina, «Disculpa, Martita, no me lo tomes a mal pero lo he pensado bien y creo que no es buena idea vernos, te pido que me disculpes si…» Su semblante se descompone, su mirada se aguada. Conforme termina de leer el resto del texto su otra mano se torna una garra y estruja su vestido, al tiempo que el resto de su cuerpo se mece suavemente «No quiero problemas, ni que tú salgas lastimada otra vez.» Acomoda con cuidado el teléfono en la mesa en preparación para el ataque de ansiedad y espera el inicio de la caída. «Hija, no me gusta dejarte sola, no sea que se te vaya a ocurrir meter a algún fulanito a la casa, eres muy tonta mi’ja». Su respiración comienza a agitarse y el temblor se apodera de su cuerpo entero. «Yo no andaría con ella, güey, ni nalgas tiene».  Le sobreviene un segundo escalofrío que sacude su cuerpo. La angustia ahora la invade. Sabe que ya no hay marcha atrás y cierra los ojos, resignada a caer. Se lleva las manos al pecho y comienza a quejarse levemente, a proferir toda clase de súplicas para conjurar la tortura que está a punto de sufrir y que bien conoce. Será largo y doloroso. «Sí pero, igual tiene por dónde, que es lo importante, nada más que no afloja y ya me cansó». El vértigo la toma y la succiona; los músculos del cuello jalan los de su cara, sus dientes chocan y se muelen entre sí. Se lleva las manos a la boca y trata de ahogar su voz. Cierra los ojos con fuerza y las lágrimas ruedan entre sus dedos. Después se retuerce en el sofá y pronto encaja la cara en rincón del asiento. Queda echa bola y se empuja con los pies como si quisiera enterrarse en el sillón. Sino fuera porque los ataques como éste han estado presentes en los últimos años, pensaría que está a punto de morir, que es su fin porque el corazón le estallará en cualquier momento, en la terrible situación de morir sola. Llora desesperadamente, y de entre los cojines se escucha su queja «Ya, por favor», «Ya, ya, por favor, por favor». Después de varios minutos sus miembros se desvanecen y deja de temblar. Queda en una posición inverosímil, pero es incapaz de acomodarse.

Cuando despierta, es completa la noche; siente un dolor agudo en el cuello y los lumbares. «Ya pasó, ya pasó, madre santa. Éste fue de los peores». Se incorpora con dificultad y camina tambaleante hacia la cocina, en el pasillo la jeringa se acerca a un inhalador para el asma que indica las 9 pm. «Dios, mío, cuánto ha pasado.» Luego observa detenidamente el botón encendido de la cafetera. El depósito está lleno y humeante. La apaga sin más. Al escuchar sus movimientos y su voz, los perros desde el cuarto comienzan a alborotarse y chillan débilmente. Gira sobre sus talones apoyándose en la estufa y de una percha toma un par de correas rosas. Las perras desde su encierro escuchan el tintineo de las hebillas y rascan con desesperación la puerta. Descuelga sus llaves y toma su cartera. Luego se recarga en el fregadero y se echa agua fría en la cara y la cabeza. Ahí se queda inclinada unos minutos, dejando que escurra por las puntas de su cabello hacia su cuello y baje por su pecho «Infeliz» Pasa la toalla de los trastes por su piel. Después se dirige al cuarto. Las dos perras salen disparadas de alegría. Martha entra a la habitación, se acerca a la ventana que continúa abierta de par en par. Mira en ambas direcciones de la calle, extendiendo su cuerpo. Toma ambas hojas y tira de ellas con suavidad; degüella el viento y los ruidos de la calle. Después de unos minutos sale desmaquillada y completamente cubierta por una sudadera extra larga, vistiendo además un pans flojo y tenis. Sobre la mesita el teléfono suena tres veces seguidas, observa que es su madre, nadie más llamaría. Lo toma y duda, pero al final se lo lleva a la oreja; lo sostiene presionado contra su hombro. «Espera, mamá. ¡Niñas! quietas, estoy hablando con abuelita.» Salen del departamento y cierra echando llave a las dos chapas «Sí mamá, estoy bien. No, no… es que… sí, estaba dormida, salí…»  A su lado un vecino de un piso superior asciende aprisa con una bolsa de pan. El hombre la saluda con afabilidad y ella le corresponde. Baja la voz «Maaaa, estoy sola. No, cómo crees… es, es el vecino que… Ya vas a empezar…» Las correas se tensan y se enredan en su voz exasperada, la arrastran pisos abajo, la azotan y se resquebraja con cada escalón, mezclándose con chillidos agudos, hasta salir a la calle donde un camión de escombro la destroza.

Escrito por Sergio Gonzalez Osorio

(Estado de México, 6 de julio de 1981). Soy Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de México. He publicado narrativa y poesía en revistas como Opción (Revista del alumnado del ITAM), Revarena, A buen puerto, Círculo de poesía y Operación Marte. Recientemente publicó su primer libro de relatos breves: Ámbar, con Ediciones Periféricas.