La primera vez que la vi, no le presté atención. La segunda, nos saludamos hola y chau en una fiesta terminándose. La tercera vez estaba cinco lugares antes que yo en una fila para comprar agua hirviendo, después la perdí de vista. Hasta la cuarta vez. La cuarta vez yo iba en bicicleta, la reconocí y la saludé con la mano. Creo que tuvo la voluntad de saludarme, pero yo iba muy rápido y ella no ve bien de lejos, así que se quedó con el brazo a medio saludar, canceló el saludo y me parece bien porque hubiera sido como saludar a alguien que no se lo merecía, o a alguien que prácticamente ya no estaba. Yo, antes de eso, pude ver lo bien que se veía esperando para cruzar con la luz verde del semáforo. Llevaba una paciencia serena y altiva cubriendo su introspección, hasta que la distraje. La quinta vez que la vi también nos cruzamos en una esquina céntrica, pero caminando. Parecía de buen humor. Nos vimos, nos reconocimos, nos saludamos. Hola. Hola. ¿Todo bien? Bien. ¿Y vos? Bien. Bueno, chau. Chau. Un diálogo bastante pobre, la verdad. Pero en él pudieron hablaron otras cosas que afirmarían la idea.

Averigüé su nombre, su ocupación y su credo en los siguientes viente minutos: Ema Núñez, diseñadora escénica de cine y teatro, siempre estudiante de algo, y a grandes rasgos, amiga del bien. Supe que no tenía compromiso con nadie y que vivía por ahí. Un amigo que había compartido con ella la agitación marxista en una facultad que prefiero no mencionar, me pudo dar información de primera mano y como una suerte de advertencia, me dijo que además la mina era medio rapidita. Pero es no me sirvió de nada hasta la octava vez que la vi.

La sexta vez que la vi fue en una reunión entre los que queríamos ayudar a financiar el tratamiento de un amigo mio, Juaneco, que se tenía que operar en Cuba. Me sorprendió verla, pero Juaneco tiene a muchos que lo quieren por cómo es y por las canciones que hace. Había varios desconocidos más en esa casona y teníamos por objetivo organizar un gran festival para intentar salvar la vida de Juaneco, que si bien había logrado cierto reconocimiento artístico, seguía igual de pobre que cuando éramos jóvenes. Yo llegué tarde, estaba un poco fumado y no pude prestar mucha atención a lo que se hablaba. Pude ver a Ema tomando nota en una libreta y hacer preguntas sobre cosas que a nadie le habían quedado claras, pero no porque ella no las hubiera entendido, sino por condescendencia a los que no habíamos entendido. Pude ver su mirada posarse sobre los símbolos, pude verla registrando toda la situación. Tenía la costumbre de estar varios movimientos adelantada a la jugada y tenía una habilidad inusual para la organización. Calmen a cerebrito, pensé. Y justo me miró como si lo hubiera dicho en voz alta. Supe que tenía que tener cuidado con esta Ema, y por qué no, un poco de miedo. Se notaba que tenía un poder sobre mí y ningún poder sobre uno es bueno. Mucho menos esta curiosidad desmedida.

La séptima vez fue muy parecida a la sexta, pero yo me había sentado más cerca. Le cebé cinco mates. Otra vez todos hablaban de cómo ganar más pesos para salvar a Juaneco y actualizaban la lista de músicos y cantantes que vendrían a colaborar. Pude ver nuevos aspectos y detalles de esta mujer que me parecía una emboscada. Para peor, corroboré que no saludaba a nadie con la misma sonrisa que me mostraba a mí. Me confundí. Pensé en ella varias horas más allá de su presencia. Recordé el amarillo de su lana y la luz blanca de tarde de tormenta dándole sustancia en la piel. Recordé mi vista pasando por el aire quieto entre el final de su pelo y sus hombros. También quise que se rompiera cuanto antes; ver el defecto, la cicatriz, la herida inescondible de haber vivido entre los hombres. Y además, quería encontrar el signo bestial que siempre ocultan todas las personas así.

También pensé en cosas peores.

La octava vez, fue la noche del gran festival. Yo llegué tarde y por eso me pareció justo que me asignaran trabajar en la peor tarea, la más aburrida: la boletería. No podía ver a ningún cantante, pero en la boletería estaba Ema. Entré a una cabina con dos sillas y dos ventanillas enrejadas y me senté a su izquierda. Podía ver bien su perfil izquierdo, algo diferente al derecho, pero igual de hermoso. Vendíamos entradas y cuando no venía nadie conversábamos y tomábamos fernet. Quise mostrarme simpático y solvente económicamente así que en una escapada compré media docena de churros, para que tuviéramos. Me dijo que le gustaba mucho mi nombre, que le gustaba decirlo y que tenía un primo que se llamaba igual. Traté de mantener diálogos coherentes, o mejor dicho, traté de no demostrarle prematuramente que soy un idiota y que pienso lo que quiero. No hablé mucho y más bien la escuché. No tuve que esforzarme. Ella hablaba claro y preciso y su voz me encantaba. Esto generaba en mi una reacción de desprecio por cada persona que venía a interrumpirnos para comprar una entrada. Me contó que estaba trabajando en el rodaje de una película, que ella era la que elegía todos los objetos que aparecen en escena. Dijo que era un trabajo difícil y subestimado, pero que pocas cosas la reconfortan tanto como ver que los objetos que aparecen en una escena son los adecuados. Me fascinó que persiguiera la perfección en un arte. Después me preguntó de qué trabajaba yo y le conté que soy peluquero de perros. Aunque eso represente solo una parte de mis ingresos. La mayoría proviene de las ganancias de apostar a los resultados del fútbol. Me avergüenza decir que vivo de un juego de azar. A ella le gustó que fuera un peluquero de perros y eso estaba bien y era verdad. Me preguntó sobre los perros y ahí nos largamos a hablar sobre perros y animales en general, siempre y cuando no viniera ningún imbécil a comprar entradas para el evento. Tuvimos un grato paseo por distintos rincones del reino animal e intercambiamos curiosas adaptaciones evolutivas que conocíamos de algunas especies. No paramos de tomar fernet. Su animal favorito era la gallina. Me contó cualidades de las mejores gallinas que había tenido, que también eran las que ella más había querido. Tuvo 19 gallinas durante su infancia, 11 durante su adolescencia (aunque ambos acordamos que la adolescencia era una etapa difícil de delimitar, además de que la forma de vivirla y considerarla en la actualidad, es un invento bastante reciente) y 3 en su etapa adulta.

Estuvo rato contándome cosas de gallinas y yo quedé muy impresionado por el conocimiento que Ema tenía sobre estas criaturas, que ya me empezaban a parecer interesantísimas. Me recordó que la gallina, como toda ave, no tiene diafragma. No tienen diafragma las gallinas. No lo necesitan. Sentí que nunca iba a volver a ver una gallina de la misma forma que antes. Ni a la gallina viva ni a la muerta en la macumba. Ni siquiera los cuerpos pálidos de los pollos del supermercado volverían a ser los mismos. Incluso me dolió imaginarme la terrible industrialización que sufre un animal tan noble, por más sabroso que sea. Al final fue que habló de las últimas tres gallinas que había tenido en lo que ella consideraba su etapa adulta. Encontré sutiles trazas de melancolía en el relato descriptivo de sus últimas tres gallinas. Vi que de verdad las había querido. Que era una mujer capaz de querer. Esta idea me intimidó un poco. Ema me afectaba fuerte. Tanto que tuve que salir de la cabina con la excusa de ir a buscar billetes de veinte, porque nos quedaban pocos. La entrada salía ochenta y casi todos pagaban con billetes de cien. Fumé un cigarrillo y saludé gente. Anduve ansioso por entre el público que no llenaba el anfiteatro. Tenía que volver con billetes de veinte y por suerte el vendedor de churros tenía cambio de sobra. Ahí me pareció que podíamos establecer una buena relación con el señor de los churros, dándonos cambio cada tanto. Pensaba en cosas así porque sabía que iba a ser difícil volver a la boletería. Volver a la voz de Ema, a sus manos cortando entradas y dando el vuelto con una pequeña caída ágil y llena de cortesía antes de decir Gracias a usted. Evalué la idea de salir corriendo lejos y rápido, Juaneco me comprendería. Pero volví.

Le pregunté cómo había conocido a Juaneco y me habló de un teatro desconocido. Me preguntó cómo había conocido yo a Juaneco y le dije que no sabía porque éramos muy niños. No sabíamos. Hice un silencio como para simular que me conmovía pensar en mi amigo enfermo. Ella me dijo que no me preocupara, que lo íbamos a ayudar. Le conté mi recuerdo más lejano con Juaneco. Le conté que una vez, era la tarde antes de nochebuena y con Juaneco nos pusimos a regalarle un jazmín a cada persona que pasaba por nuestra vereda y a desearle feliz navidad. Dejamos sin un solo jazmín el árbol del jardín de una vecina que fue a denunciarnos ante nuestros padres. Iban a castigarnos y golpearnos antes de nochebuena. Podían dejarnos sin regalos si querían. Pero Juaneco dijo que yo no tenía nada que ver. Que él había arrancado todos los jazmines y que yo solo los repartía deseando feliz navidad sin saber de dónde habían salido. Por eso me salvé de unos buenos cintazos. Pude salir esa medianoche a la vereda a sentir la pirotecnia mientras Papá Noel me dejaba un regalo, pero Juaneco no salió y todas las persianas de su casa estuvieron bajas, como si no hubiera nadie.

Vendí un par de entradas en silencio. Me quedé callado y dejé la mirada fija a lo lejos como si se me fueran a llenar los ojos de lagrimas. Y funcionó: Ema hizo rodar las rueditas de su silla con rueditas hasta llegar a mi lado y me abrazó. Fue así que conocí el olor y la piel de Ema Núñez. La anécdota era mentira. No podía contarle que lo conocí en un cibercafé al que íbamos cuando robábamos plata en nuestras casas. Que a los 13 años delinquíamos pero sin lastimar a nadie para ir a tomar vino y apostar en las peleas de gallos y que ahí fue donde empezamos a hablar más y a hacernos amigos. No podía mencionar las peleas de gallos bajo ningún concepto. No después de lo que me había contado Ema. Inventé una historia que tuviera elementos más sensibleros; niños traviesos y amables, jazmines, nochebuena, un acto de honradez, la amenaza de un castigo violento sobre los niños y un final con un niño pasando una feliz navidad y el otro omitido tras unas persianas cerradas. También le dí un parecido a las canciones de Juaneco, que sabía que le gustaban. Esa nostalgia de barrio que a mi y a Juaneco nos tiene tan aburridos, pero sabemos que funciona. Me aproveché de que Ema no me conocía. De otra forma se hubiera dado cuenta de que mentía, porque nunca se me dio bien mentir. Al otro día desayuné dos churros que sobraron y fue mi mejor desayuno en años.

La novena vez que la vi, despedimos al maltrecho Juaneco en el aeropuerto. Llegué un poco tarde pero me despedí de él. Todos lloraban menos yo. No me importó porque Juaneco sabe que no puedo llorar desde 2003, sabe que no es porque sea un insensible. Sabe al verme que a mi interior se está dando un fenómeno mucho más triste que el llanto. Le pedí que por favor no se muriera y se fue volando en su camilla rumbo al Caribe. Con Ema compartimos el ómnibus para volver. Otra vez su voz y su estructura en el asiento de al lado me complicaban el pensamiento. Antes de permitir un impulso o resguardando las buenas costumbres, la invité a tomar una cerveza esa noche.

La décima vez que la vi, fue esa noche. Llegué un poco más tarde de lo acordado porque una serie de pendientes y vientos en contra enlentecieron mi viaje en bicicleta. En el bar me contó que le estaba costando mucho conseguir un objeto para una escena. Una escena crucial en la película, en la cual Irma Sandoval, nuestra más prestigiosa actriz, tomaba el té frente al protagonista y desenredaba varios nudos de la trama del film. Era la escena más trascendente, según Ema. Pero le faltaba conseguir una taza de té adecuada. Ema precisaba que la taza concordase con el momento histórico, la personalidad, el gusto, el nivel socioeconómico y la circunstancia física y moral del personaje. No era cuestión de poner cualquier taza. Además, me dijo que la taza iba a aparecer varias veces en primer plano. Era el trabajo más importante en la carrera de Ema Núñez y no estaba dispuesta a descuidar nada. Yo estaba envalentonado. Todavía teníamos fresco el recuerdo de cuando nos encerramos en la boletería al final del festival. Averigüé que normalmente Ema andaba con tipos feos y desagradables, cosa que me llenaba de esperanza. La cerveza ayudó como siempre, nos reímos, nos reímos más y antes de empezar a arrastrar la lengua, me invitó a su casa. Se puede decir que pasamos el fin de semana en su cama. Afuera el invierno se convirtió en una abstracción hasta que salí el lunes de mañana. Tuve que ir a buscar mi bicicleta olvidada, que de milagro seguía encadenada en la vereda del bar. Fue raro verla ahí, en el mismo lugar, después de todo lo que había pasado. Era un recordatorio de un antes muy distinto. Tenía las manos heladas y las piernas sin fuerza, pero me sentía bien. Traté de pensar en otras cosas, de fingir que tenía otros intereses, pero no pude. Anduve gravemente afectado por la potencia del pensamiento y del envión de las caderas de Ema Núñez.

La decimoprimer vez que la vi, me invitó a cenar en su casa. Ema adoraba la calidad de las cosas; las telas, los materiales, los alimentos, las bebidas, las drogas y todo lo consumible. Esa noche tomamos más de 750 mililitros de whisky irlandés y un gramo de cocaína. Jugamos a imitar gente. Ella fue la mejor. Estuvo rato imitando al mediático filósofo Slavov Zizek; sus gestos, su acento y su forma de razonar. Era muy buena imitándolo. Hacía que mi imitación del Papa Francisco, la cual yo creía muy buena, pareciera mala. Al otro día fuimos a la feria y estuvimos horas recorriéndola en busca de una taza que diera con las exigencias de Ema. No la encontramos. Esa tarde cuando me despedí de ella después de un café, sentí que la quería. No se lo dije pero la abracé. Nos abrazamos. No iba a decirle que la quería hasta la decimoquinta vez que la viera.

Después todo se convertía en una pausa, una propaganda tediosa entre cada encuentro con ella, que era dónde vivía mi interés y mi color. Era el programa que me tenía atrapado frente al televisor. Yo apostaba, pedaleaba, miraba partidos y aprolijaba el pelaje de los perros igual que siempre, pero era como si no estuviera ahí. Me iba a ver cómo Ema pelaba cebollas o me leía a Novalis (la única vez que me gustó Novalis) o sacudía el polvo de la alfombra o se cruzaba el bolso para salir o tiraba el manojo de llaves en la mesita al volver.

Otra tarde la acompañé en un recorrido por cuatro casas de antigüedades, porque la taza, además tenía que ser de 1915. No encontramos nada adecuado y volvimos a su casa. Ema siguió buscando pero por Internet. Yo revisé sus discos, hice sonar algo del Brasil y me puse a cocinar unos bifes en una cacerola y gracias a Dios pasé sin dificultad el control de calidad de Ema. Al otro día la acompañé a una locación del rodaje de “Cantar de espaldas” en un barrio de ricos. Después tenía que ir a cortarle el pelo a los perros de la Sra. Aguirre, a pocas cuadras. Ema me invitó a pasar al rodaje. Fue la primera vez que vi cómo filmaban una película, que vi un caballo árabe y un buzo tan azul de cashmere. También fue curioso que me pusiera un poco nervioso cuando Ema me presentó a Irma Sandoval, la leyenda viviente. No sabía que podía ser tan cholulo.

Cuando fui a lo de la Sra. Aguirre, Nancy, que es el ama de llaves y la que está al cuidado de los perros, me abrió la puerta principal de la residencia. Nancy no me hace entrar por la puerta del personal de servicio y eso me hace sentir que soy un profesional. Mientras baño o le corto el pelo a los perros en unas piletas enormes que hay en la cocina, conversamos mucho con Nancy. Hace años que nos conocemos. Si no está la Señora Aguirre, tomamos mate y hablamos fuerte. Pese a la diferencia de edades, yo la consideraba una amiga. Es sabia y tiene buena intuición. Cuidaba bien de los seis perros, ellos la querían y eran respetuosos aunque a veces le saltaban contra el delantal. Lo pasaba bien charlando con Nancy sobre esquejes de plantas y sobre cantores de antes. Me dijo que parecía contento y le dije que había conocido a Irma Sandoval. Se sorprendió y me hizo muchas preguntas sobre la actriz, pero al rato se dio cuenta que yo no estaba contento por eso, así que le conté, hablando mal y pronto, que me estaba enamorando. Yo sabía, dijo, y se fue a cortar unos pedazos de tarta para, de alguna manera, festejar el suceso. Después llegó la Señora y Nancy me dejó solo en la cocina. Ese día ganó el Ayax, el Corinthians y el Galatasaray. Me dieron una pequeña fortuna por predecir los tres resultados exactos. Ya estaba enjuagando al último perro (Quique, el mastín) y volví a pensar en Ema. Pensé que la quería, que quería que le fuera bien en todo lo que se propusiera y que iba a hacer todo lo posible por ayudarla con lo que sea. En el amor no hay que ser amarrete, me había dicho Nancy. Entonces levanté la vista y en lo alto de un cristalero vi dos antiguas tazas de té de la Señora Aguirre, exhibidas como adornos.

La decimotercera vez, le avisé a Ema que tenía una sorpresa. Fui a su casa, la hice sentarse a la mesa y cerrar los ojos, saqué una de las tazas y le dije que mirara. ¿Qué es eso? Me preguntó. Una taza que te puede servir, le contesté. Esa taza es una copia barata de una taza que me podría servir si la película estuviera ambientada en los años sesenta. ¿De dónde sacaste eso? Le pedí que cerrara los ojos y saqué la otra taza. Cuando los abrió, mostró más interés. Hasta la agarró con sus manos, la examinó de cerca y después la sostuvo sobre el platito que también tuve la precaución de robar. Esta es una taza como la que busco pero la fabricaron por lo menos veinte años después de la época en la que está ambientada la película. Buen intento, dijo. Se levantó de la silla, me besó y se fue a seguir con otras cosas. No volvió a mirar las tazas y yo tampoco. Pero no me importaba. Ema no precisaba ayuda con lo de la taza. Para ejemplo estaba mi ayuda, que llegaba veinte años errada.

No hubo rodaje por dos semanas. Ema ansiaba esas vacaciones. Me dijo que fuera a la casa y yo fui. No sabía que iba a pasar las dos semanas con ella. En mi casa se murieron casi todas las plantas, se pudrió toda la comida en la heladera y unas humedades que escurrían desde la azotea empezaron a manchar el techo y las paredes. Pero no supe nada de esto hasta volver. Ema Núñez me consumió. Me consumió como a una de sus botellas de vino, como a uno de sus libros, uno más de sus postres. Yo estaba servilmente de acuerdo. Se me rejuveneció el deseo y me presté de cuerpo y alma para la maratón de deleite que Ema iba improvisando. El fuerte carácter orgiástico de aquellos días me hizo amarla, amar los alcoholes, los strudel, los porros, los aromas, todo. Todo el roce con la materia fue la satisfacción o su preámbulo. Y toda esta superficialidad no era más que un paisaje donde se acercaría su espíritu al mio. Ganó el Manchester United, Belgrano, el Villareal y el Mónaco. Así terminé de conocer a Ema Núñez. Al décimo día, pensé que se había dormido con sus manos sosteniéndome el rostro. Estaba acostado con ella, deshecho de paz y placer, pero igual quería sentir el olor de sus manos, besarle la voz, verla descansar en la desnudez y la oscuridad. Sin pensar, le susurré que la quería. Yo también, dijo. No estaba dormida. Que bueno, que buena suerte, le dije. La verdad que sí, dijo y me apretó contra sus tetas. Un diálogo bastante pobre, pero un apretón muy firme para fijar bien la idea. Fueron buenos días.

Salí para visitar a Juaneco que había vuelto de Cuba pero tenía que seguir unos días más en el hospital. Fue bueno verlo recuperándose y aunque tuve que vaciar varias veces un recipiente con su orina, fue un buen encuentro. Los cubanos habían intervenido y curado esa enfermedad tan rara que solo una persona como Juaneco se agarra. Un caso cada dos millones, dijo el doctor y Juaneco siempre que escuchaba eso sonreía. Me contó que le había encontrado el gusto a estar lúcido. Hacia dieciséis años que Juaneco tomaba grandes cantidades de drogas y alcohol ininterrumpidamente, pero para tratarse la enfermedad tuvo que dejar todo eso y ahora estaba contento de estar lúcido, desintoxicado, recordando como era vivir así aunque todavía estuviera postrado en una cama. Me dijo que tenía un par de canciones en mente. Juaneco siempre componía sus canciones primero mentalmente y luego las pasaba a la guitarra. Cuando a la inversa, partía de improvisar con la guitarra en las manos, los resultados siempre eran canciones demasiado picarescas. Lo extrañaba a Juaneco. Debe ser la única persona que conoce bien mi manera de ser y de pensar y sin embargo sigue siendo mi amigo. Le conté lo de Ema y me preguntó si no era medio rapidita. Pero es flor de mina, me dijo. Le pedí que si alguna vez Ema preguntaba cómo nos habíamos conocido, contara lo de los jazmines. Y le conté toda la falsa historia de nochebuena que le pareció muy buena y además, le agregó detalles. Por ejemplo; la señora se llamaría Doña Elsa, teníamos 5 años y su madre esa noche lo habría golpeado brutalmente con una botella de plástico de sidra.

Volví a lo de Ema y le conté las buenas noticias. Hacia frío y tomamos chocolate caliente con una especia que no recuerdo el nombre. Vimos muchas películas en idiomas desconocidos, comimos muchas comidas con nombres en idiomas desconocidos, y escuchamos muchas canciones en idiomas desconocidos. Desconocidos para mí. Ema tenía mucha facilidad para aplicarse al estudio de los idiomas . La última noche de las vacaciones Ema estaba nerviosa, la vi fumando de más. Al principio no me quiso hablar de lo que le pasaba, pero después insistí y me dijo que en esos próximos días se filmaba la escena de la taza y ella había estado perdiendo el tiempo y no había encontrado una taza correcta. Yo había leído el guión de la película y sin dudas era una escena importante, decisiva. Pero la taza no influía para nada en la historia. Nadie iba a prestarle real atención. No mientras Irma Sandoval dijera sus líneas más importantes. Traté de que Ema reconociera la obsesión que tenía con la taza. Le expliqué que las probabilidades de que alguien descubriera que no se estaba usando una taza que coincidiera con el momento histórico exacto, eran prácticamente nulas. Solamente un experto en tazas podía darse cuenta, y como comprobamos días antes con Ema, son gente que no abunda. De hecho, nosotros no pudimos dar con ninguno, así que son muy pocos. Es más probable agarrarse la enfermedad de Juaneco que encontrar un experto en tazas. Y muchos menos serían aún los expertos en tazas que además fueran a ver la película. No importa, le dije. Te estás haciendo mala sangre por algo que no importa. La recreación histórica que hiciste es perfecta y cualquier taza que elijas va a quedar bien y parecer una taza de 1915, porque sabés lo que hacés.

Nos vimos muy poco cuando volvió al trabajo. El final del rodaje le exigía muchas horas por día, todos los días. Hubo rutinas desalmantes, encuentros de fin de semana, y mucho trabajo. Tuve que ver mucha propaganda. Claro que también había cosas de Ema que me generaban desconfianza. Que no le gustara la mostaza, varios discos de The Cranberries entre sus discos y eso de siempre despedirse del chófer antes de bajar del ómnibus eran advertencias evidentes de que todavía no podía confiar totalmente en ella, por más que la amara. También algunas veces pensaba que yo solo era otro objeto de calidad para Ema. Compañía de calidad, una verga de calidad, un matasoledad de calidad. Como sea, amar y confiar no son lo mismo.

Una tarde vino Cabrerita a casa. Cabrerita es una vecina, una feriante que tiene una cantidad respetable de empleados, camiones y puestos ambulantes. Me dijo que quería hacer negocios conmigo. Que sabía que yo andaba con buena suerte y quería invitarme a participar de la primer importación de un producto que iba a volvernos ricos. Se trataba de importar desde la China dieciocho mil auriculares inalambricos. Un invento reciente que se iba a vender muy bien. Me garantizó una ganancia del 400% y el derecho a seguir participando de las importaciones. A Cabrerita no le importaba tanto el dinero que yo podía poner para la importación, quería usarme como amuleto de la buena suerte. Era una supersticiosa y pensaba que mi buena suerte para el juego podía servir también para los negocios. Yo dudé. Muchos decían que no se podía confiar en Cabrerita. Yo no sabía qué posición tenía Cabrerita en cuanto a la mostaza y los Cranberries, pero confíe en ella. Era como apostar a otro juego. Después repitió otra vez lo del 400% y acepté. Al otro día le llevé una botinera con varios miles de dólares. Era lo que había ganado esos días, desde que me había quedado sin nada por mi aporte para Juaneco. Me había encandilado con el 400%.

Pasé mucho menos tiempo del que me hubiera gustado pasar con Ema. Ella decía que así estaba bien. Que no había que saturar. Yo pensaba en Nancy diciendo que en el amor no había que ser amarrete. Porque me parecía que Ema sí estaba siendo un poco tacaña. Terminó el rodaje y llegaron días más tranquilos. Fueron buenos días. También llegó la primavera y llegó una invitación al preestreno de la película. Una proyección exclusiva para los que habían trabajado en la película y para los críticos de cine. Ema me pidió que la acompañe. Anduve portando la felicidad sencilla del hedonista enamorado aunque cada vez me costaba más entender a Ema Núñez. Decía cosas que escapaban a mi comprensión. Yo más de una vez me encontré rascándome la cabeza mientras escuchaba sus preocupaciones. Rascarse la cabeza es un gesto universal de la incomprensión. Me costaba seguirle el hilo. Y no era que ella quisiera complicarme las cosas, era que se estaba empezando a mostrar tal cual era. Por un lado esto me alegraba, pero por otro me exigía un gran poder de concentración que yo a veces no tenía. Nadie habla usando oraciones tan largas, nunca. Pero creo que no era ese el problema. Sentía que había algo en Ema que yo nunca iba a poder entender, por más atención que pusiese.

Una mañana de domingo me despertó temprano pero no era para cojer. Levantáte que nos vamos al campo, me dijo. Una hora después estábamos en un ómnibus confortable lanzados a 100 kilómetros por hora. Ema sacó un cartón de ácido lisérgico con la imagen de Shiva y me dio la mitad. Nos bajamos en el medio del campo. Seguí a Ema por una camino de tierra, viendo su andar y su fumar. Un día nublado y denso. Saltamos un alambrado y entramos a un monte. Ema prendió un porro y sacó una botella de ginebra de la mochila. Hay que alimentar a Shiva, me dijo. Caminamos entre los árboles. Ema decía nombres de especies en latín. Se detenía ante cada árbol, cada, hongo, cada pájaro. Empezó a llover y todos los colores se acentuaron. El más común y polvoriento de los pastos brillaba con más intensidad que toda la gramilla del Camp Nou. Rodaban esmeraldas por las hojas y todo latía y respiraba y suspiraba con un color inédito. Sentí la tierra bebiendo y a los árboles viejos festejando en un idioma de ellos. Ema se alejaba y hablaba sola en latín. A veces yo la perdía de vista maravillado por una hoja, una corteza, un gusano, y al rato la encontraba por el rojo de su pilot, hablando sola en alguna arboleda. La lluvia hacía música alrededor. Y la luz de los rayos y Ema con el pelo mojado pegado en la cara hablándome en latín cerrado como si hubiera enloquecido (ella o yo) y el verde y el agua y el suelo susurrando su llamado.

Lamí la lluvia de sus labios y supe que no importaba cuan cerca de Ema estuviera, no importaba cuanto me adentrara en su carne y en su mente, estaría solo. No importaba cuanto se acercaran nuestros espíritus ni en qué escenario, estaríamos solos. Los espíritus no se funden. Es muy lindo lo que dicen las canciones, pero el acercamiento máximo es como el de dos presos, encerrados en celdas contiguas. No fue triste ni alegre descubrir eso, que quedó perdido bajo el comportamiento anormal de los colores.

La noche del preestreno de “Cantar de espaldas” la pasé a buscar. Estaba tan hermosa que me sentí un poco violentado. Yo había conseguido un traje prestado que me apretaba en los muslos y me puse una camisa que me había regalado Ema. Me apretaba mucho también. Me sentía incómodo pero feliz. Y estaba elegante como un director técnico del fútbol italiano. Me imaginaba que muchas personas iban a verme con Ema del brazo y toda su belleza caería también sobre los demás. Confieso que quería lucirme, lucirla, ya que ando confesando bajezas. Antes de salir Ema quería que fumásemos un porro gigante que estaba armando, echarse colirio y después retocarse el rímel. Llegamos en hora. No sé si fue por pedido de Ema que no ve bien de lejos, pero nos tocaron asientos demasiado cerca de la pantalla. La película era buena. La mejor película uruguaya que vi. Me arrepentí de haber leído el guión. Ema no hablaba. Cuando empezó la escena de la taza, yo la agarré de la mano. Para mi sorpresa, Ema había elegido la taza que yo le había conseguido, la segunda. Sentí miedo. Si la Sra. Aguirre veía su taza en la película podía sospechar. Yo le había contado a Nancy que había conocido a Irma Sandoval, y que salía con una de las personas que estaban haciendo esa película. Si ataban cabos, se podían dar cuenta de que yo les había robado las tazas. Me imaginé a la policía llevándome por una taza de té y perdiendo así, de esa forma tan ridícula el invicto ante la policía. No dije nada. Cuando terminó la película todos aplaudieron de pie. A mi me dolía mucho el cuello. Después en el hall, muchísimas personas, de traje o vestido, saludaron y felicitaron a Ema por su trabajo. La saludaban más que a los actores. Alguien le regaló un ramo de flores y un fotógrafo de farándula nos sacó una foto en un grupo de siete personas. En eso se me acercó Irma Sandoval. La felicité y me dio un abrazo, me pidió que la tuteara y me agradeció por ir. El fotógrafo me sacó una foto con ella. A Ema la seguía saludando gente. Volví, la tomé por la cintura y vi la mirada decepcionada de varios presentes al verme con ella. Después había una pequeña fiesta íntima con brindis de champán en la casa de uno de los productores.

Tomamos un taxi. Me pareció raro que Ema le indicara la dirección de su casa, pero pensé que antes de ir a la fiesta querría pasar por ahí por algún motivo. Yo estaba contento y le recomendé la película al taxista. Estaba contento por el éxito de Ema y por el ambiente fifí en el que me estaba metiendo. Irma Sandoval me adoraba, no sé por qué, y yo fantaseaba con cortarle el pelo a sus perros, conocer su casa, hablar de sus películas y hacernos amigos. Pero Ema no hablaba. Tiró el manojo de llaves en la mesita de mármol, el ramo de flores en la mesa grande y se puso a llorar. Se tiró a llorar en su cama. Lloraba fuerte y con ruidos y mocos. Le pregunté qué le pasaba pero estuvo así varios minutos más. La abracé pero me pidió que la dejara y siguió llorando. Las lágrimas los mocos y el maquillaje corrido le dejaron la cara hecha un desastre. Le pregunté otra vez qué le pasaba y se puso a gritar llorando ¡No puede ser! ¡Que hija de puta que soy! ¡Que vergüenza la taza que puse! ¡No! ¡No puede ser! ¿Qué mierda hice? ¿Por qué hice eso? ¿En qué carajo estaba pensando? Soy la peor, la concha de mi madre.

Fue desconcertante. No sabía cómo consolarla. Le dije que todo había sido un éxito, que no había de qué preocuparse. No sabía qué decirle. Quería que parara de llorar y se me ocurrió la mala idea de ofrecerle un taza de té, pero me callé a tiempo. Le dije de ir a la fiesta a olvidarse de todo. Otra vez traté de restarle importancia a lo de la taza. A nadie le importa esa taza, le dije, y entonces giró su cabeza, me miró fijo a los ojos y me pidió que me fuera de su casa, que la dejara en paz. Me fui. En mi casa, el alivio que sentí al sacarme la ropa que me apretaba fue tal, que no pude ver la verdadera dimensión de lo que estaba pasando. Me emborraché con vino dulce mirando un partido de la bundesliga y me dormí mientras la humedad y los hongos avanzaban por las paredes.

La antepenúltima vez que la vi, fui a su casa. Me molestó un poco que Ema no contestara mis mensajes igual que antes, pero yo igual fui, toqué timbre y me dejó pasar. Pensé que ella estaba dramatizando un poco por demás. Le llevé una selección de citas de textos que yo mismo había reunido leyendo críticas y opiniones sobre la película. Le crítica había sido muy elogiosa. Quizá demasiado. Decían que por fin con esta película el cine uruguayo recuperaría el prestigio que nunca antes había tenido, o algo así. Decían que, a diferencia de nuestros clubes de fútbol, la película sí tenía grandes chances de competir y ser laureada internacionalmente. Y decían (y esto fue lo que más me gustó de leerle esas notas a Ema) que en cuanto a la ambientación histórica y las escenografías, el trabajo era algo brillante, excelente. Una nota le dedicó tres párrafos a elogiar específicamente el tema y nombraba cuatro veces con nombre y apellido y con múltiples adulaciones a mi querida Ema Núñez. Ella estaba sentada en su butaca de leer y miraba por la ventana sin prestarme mucha atención. Miraba el cielo, parecía distraída y un poco triste.

Me dijo que le dieron un beca y en seis meses iba a estar viviendo y estudiando en Austria. Yo había extrañado mucho su voz. También me dijo que no me quería ver más. No me lo esperaba, o eso fingí, así que le pedí explicaciones. Al principio tuvo el tradicional gesto cortés de decirme que yo no era el problema, pero enseguida no le costó nada desarrollar un monólogo bastante largo que fue una mezcla de cosas que me dicen las mujeres cuando me dejan, con cosas que me dicen los terapeutas, con cosas que me decían las maestras en la escuela, con cosas que me dice mi madre. Parecía difícil para ella, por más facilidad de palabra que tenga, decir esas cosas. La escuché con atención. En síntesis; se equivocó conmigo, se aburrió, no acepta que sea por largos momentos un tipo tan callado y por momentos esporádicos un ser tan intenso, con una intensidad oscura, y dijo que estaba cansada de los hombres como yo (eso de los hombres como yo fue muy doloroso) que se saboteaban todo el tiempo por miedo a desplegar su verdadera grandeza sobre el mundo. Dijo que tarde o temprano me iba a convertir en un lastre muy pesado, así que mejor terminar ya, porque soy incapaz de querer bien a alguien y que debería asumirlo de una buena vez. Fue interesante, pero honestamente yo sentía que Ema podía elaborar algo mejor. Eso me ofendió un poco. Que ni siquiera se esforzara en darme un abandono de calidad. Además, era evidente que era por lo de la taza. Que era porque la había distraído, la había hecho perder su tiempo y había interferido con su trabajo. Estoy seguro de que Ema piensa que estuve a punto de arruinarle la vida por eso. Le prometí cambiar, ser mejor, intentar desplegar toda mi “verdadera grandeza sobre el mundo” pero Ema no es boba y yo soy pésimo mintiendo. Entonces acepté el fin. Luchar por ella significaba luchar contra ella, entonces no hice más nada.

Le pregunté dónde estaba mi bombilla de alpaca y me dijo que en el cajón de los cubiertos. La fui a buscar porque no quería, además, perder esa bombilla. Ahí se me ocurrió preguntarle qué había sido de la famosa taza, pero no dije nada. Ahí, frente al cajón estuve por darme vuelta y contarle que, hablando mal y pronto, la amaba, y que pensaba en ella un promedio de 46 veces al día. Hubiese parecido una maniobra desesperada confesarle mi buen amor justo el día que me decía que no quería verme nunca más. Cualquiera hubiese desconfiado. No dije más y me fui.

Cancelé todos los cortes de pelo esa tarde. Volví a mi casa, llené la bañera con agua, me sumergí y grité. Grité bien fuerte abajo del agua varias veces, boca abajo. Eso de no poder llorar me obligó a improvisar. No funcionó. Y no sé si esa práctica no fue lo que me trajo la neumonía.

Al otro día me tocaba volver a lo de la señora Aguirre. Tenía que continuar con mi vida. Tenía tos. Toqué timbre y me dijeron que entrara por el costado. El hijo de la señora Aguirre, un pelado gigante y antipático, me abrió la puerta de servicio. Le pregunté por Nancy y me dijo que ya no trabajaba más en esa casa. Entonces supe que era probable que a Nancy la hayan despedido después de comprobar la desaparición de las tazas. Deben haber pensado que Nancy se las robó o se le rompieron y la señora Aguirre, que es implacable con la disciplina y el orden, la despidió sin muchas vueltas. La echaron por mi culpa, pensé.

Los perros estaban tristes. Traté de animarlos pero no tuve mucho éxito. Faltaba luz en la cocina. No le hice un buen corte a los caniches ni a los shorkies. No era habilidoso porque no podía parar de pensar en Nancy. La pobre Nancy ya estaba vieja y no le iba a ser fácil conseguir trabajo ni un lugar dónde vivir. Miré el lugar vacío dónde alguna vez estuvieron las tazas y sentí mucha pena. Al señorito Aguirre le molestaba el ruido de mi tos, entonces cerró violentamente la puerta corrediza que separaba la cocina del estar dónde la señora Aguirre miraba la televisión.

Estaba bañando a Quique, el mastín. Estaba por enjuagarlo y sonó mi teléfono. Me distraje y cuando volví a la pileta, el perro se había soltado. Con el cuello enjabonado se zafó de la correa. Cuando me acerqué, me empezó a gruñir. Me miraba a los ojos. Nunca vi que un perro me mirara a los ojos antes de morderme. Antes de morderme me miró a los ojos y me gruñó como maldiciéndome. Una mordida limpia y rápida como un golpe. El señorito Aguirre, escuchó todo, entró y lo molió a palos. El perro zafó porque estaba enjabonado y pudo ganar el patio. Pensé que el tipo lo mataba. Yo desparramaba sangre por cuatro heridas, por toda la cocina. Sentía además que me había roto algún hueso, alguna falange. Me salió sangre a borbotones al punto de no poder creerlo. Me sentía traicionado. De los seis perros, Quique era el que yo creía más afín a mi pensamiento. Pero él sabía toda la verdad. Él me había visto robar las tazas, él sabía que por eso echaron a Nancy, me odiaba, se había quedado sin las caricias y los cuidados de Nancy y ahora solo tenía rezongos y patadas del señorito y su vida sería una mierda al igual que la de sus compañeros. No me esperaba algo así de Quique, pero tenía motivos de sobra. Quique y también los demás.

Como ciudadano soy un poco desprolijo. Hace tres años que no tengo documento de identidad. Y es difícil que en el hospital atiendan y curen una mano sin documentos. Tomé muchos analgésicos para calmar el dolor. Usé toda la extensión  de una de mis sábanas para frenar el sangrado, haciendo vendas. Los movimientos de la tos me hacían doler más. Cada vez tosía más. Me emborraché para poder dormir. La mano se me había hinchado y me latía. No pude dormir. Era la mañana del otro día de la mordida y me llegó un mensaje al teléfono.

La penúltima vez que vi a Ema, fue en las inmediaciones del velorio de Juaneco. Fue un mal velorio. Estuve poco rato. Comprobé con mis propios ojos que mi amigo había muerto, saludé a su familia por pura educación, ya que son gente detestable que conozco demasiado bien y saludé viejos amigos en común que iban llegando. Juaneco, antes de su viaje a Cuba, había dejado anotadas algunas indicaciones para la organización de su velatorio, pero no fueron tenidas en cuenta por la familia. Eso fue lo primero que me molestó. Los últimos deseos de Juaneco, fueron obviados. Iban a ir muchos músicos a despedirlo, entonces el difunto pidió que mientras se lo velaba, se tocara música. Dejó una lista con 21 canciones populares que quería que sus amigos interpretaran a lo largo del día, para no aburrir a la concurrencia. Era lo que le hubiera gustado; una ronda de músicos rodeando su cuerpo. La percusión de las canciones se haría con su propio ataúd, sugirió Juaneco. Ya me imaginaba yo a la negrada del barrio tocando el piano del candombe sobre el cajón, y a violinistas, trombonistas y guitarreros sensibles llorando melodías en honor a Juaneco. Muchos que sabían de la impronta musical que Juaneco pretendía para su despedida, llevaron sus instrumentos. Pero la familia no los dejó desenfundar, alegando un amargo sentido del respeto que nada tenía que ver con el finado. Ninguno protestó y todos se quedaron serios y silenciosos recostados en las paredes o fumando en la vereda. Juaneco también había dejado una lista de vinos, licores, aguardientes y comidas para agasajar a los que se apersonaran para despedirlo, pero tampoco hubo nada de eso. Había que ser respetuoso, dijo la madre del muerto, la que toda la vida trató de alejar inútilmente a su hijo de la música.

Pero lo que me causó más indignación, fue ver la llegada de ciertas personas; los que le habían cerrado, literalmente, la puerta a Juaneco cuando no tenía donde pasar la noche, estaban ahí. Gente que no perdía la oportunidad de hablar pestes de Juan, llegaba con cara seria a dar sus condolencias, saludaban a su familia como si alguna vez lo hubieran querido y yo sentía que estaba a punto de tener un ataque de ira. Quería enfrentarlos, decirles algo,  o por lo menos susurrarles hipócrita mientras entraban y verlos a los ojos. Cabrerita me abrazó y me pidió que me calmara. Yo no podía llorar, solo tosía. Gerardo, el flaco Fernando y la negra Ximena me saludaron como si se me hubiera muerto un hermano y ahí me di cuenta que sí, que había algo de eso. Juaneco no tenía nada que ver con ese ambiente de pisos tan encerados que chillaban a cada paso, con mucha de esa gente silenciosa, y yo ya no tenía más nada que tratar con los restos de mi amigo. Mucho menos con las ridículas formalidades del velorio y del entierro. Estaba herido, sin dormir y más propenso a la furia y la camorra que al llanto, entonces me fui. Estaba lleno de odio por los que llegaban para figurar, los médicos cubanos, la familia de Juaneco y por Juaneco mismo, que algo debe haber hecho mal para morirse así, cuando todos ya lo dábamos por salvado. Me odié a mi mismo porque en el fondo le estaba recriminando a Juaneco que me había dejado solo en este mundo que, como yo, cada hora vale menos.

Caminé unas cuadras. El odio, o lo que fuere, se me salía por la herida de la mano y goteaba rojo. Quise fumar pero la tos me estrujaba el pecho. Entré a un bar y en el baño me cambié la venda. Me acodé a la barra y tomé whisky nacional. Al rato se me cansaron las piernas y me senté en una mesa contra la ventana. Cada tanto el mozo iba y venía para servirme otro farol de whisky. No podía creer lo de Juaneco. Tan sorpresivo, en tan mal momento. Bien cosa de él. En eso, veo que por la vereda pasa Ema Núñez; Sus hombros altivos al descubierto, al sol. Su cara triste rumbo al velorio. Sus ojos escondidos por unos lentes negros. Pasó.

Esa fue la penúltima vez que la vi.

Apuré el whisky hasta el borde de la arcada. Después otro, y otro, y otro, hasta lograr el efecto deseado. Me disolví en el destilado hasta quedar dormido. Cuando me despertó el mozo viejo y encogido, ya era de noche. Me echaron del bar cuando vieron que me había orinado encima. Me cobraron y me sacaron con empujones bastante amables. Por unos segundos no entendí dónde estaba, ni qué había pasado. Me hubiera gustado permanecer así, pero la angustiosa verdad volvía a caer alrededor como un rocío, mientras volvía a casa. Venían malos días.

No podía trabajar sin mi mano hábil. Tuve que cancelar todo lo de la estética canina por un tiempo. Me era imposible hacer un buen corte con la zurda. Me concentré en las apuestas y perdí mucho. Borussia Dortmund, Newcastle y Gimnasia y Esgrima de la Plata, perdieron partidos imposibles de perder y me dejaron en la ruina. Miré muchos más partidos para calibrar mi juego, pero el tipo que me recibía las apuestas por teléfono me dijo que ya no podía dejarme apostar más hasta que no pagara lo que debía. El tipo que me conseguía ansiolíticos e hipnóticos no contestaba mis mensajes. Miré muchos partidos aburridos en los que lo más emocionante que pasaba, era que se largaba a llover o que un perrito entraba a la cancha. Más que nada, tosía y bebía. Hasta que me cortaron la televisión por cable. Entonces, en el silencio y la oscuridad, empezaron las fiebres. No sé si eran por la infección en la mano o dentro de mi pecho, o ambas. Pasé mucho frió en mi cama sin sábanas, envuelto en una frazada que me escocía la piel. Temblaba, deliraba, tenía pesadillas. Desfilaban recuerdos confusos con Juaneco, Nancy, Ema. Pasaron días sin que saliera de la cama. La humedad y los hongos avanzaban hacia mi, manchaban cualquier superficie y cercaban mi cama. Me dolían mucho los ojos.

Un día pensé que tenía que hacer algo, luchar por mi, pero cuando vi mi cara en el espejo cambié de idea y volví a la cama. No sé cuántos días pasaron, ni si afuera era de día o de noche. Los hongos ganaron el borde de mi colchón. Podía verlos avanzar si miraba con atención. Venían por mi, que me estaba pudriendo en vida. Mi herida olía mal. Varias veces sentí que tocaban timbre y golpeaban la puerta, pero no atendí. En algunos momentos de lucidez, no me pareció mala idea morir. La verdad es que ya no tenía nada que hacer en este mundo, o peor, pensaba que sería bueno que alguien viniese a darme un tiro en la cabeza como cuando sacrifican a esos caballos rotos. Me iba a dejar morir en ese colchón, que de hecho, era lo que ya estaba sucediendo. En un sueño o delirio, Quique me habló y me dijo que le parecía un buen plan. Cuando quise salir de la cama, ya no podía moverme. Sentí que solo podía exhalar un miedo fino, interrumpido por la tos. Fueron malos días.

Los vecinos forzaron la puerta. El aire que entró fue decisivo. Cabrerita me trajo agua, comida casera, antibióticos, analgésicos, somníferos, inhaladores, vendas, pomadas, sábanas y ropa de cama limpia. Todos los días, a mediodía y a medianoche, mandaba a un guacho a verme y me mandaba cosas. Cabrerita no podía dejar que su amuleto de la suerte muriera antes de que llegara la importación. Cuando estuve mejor, el guacho venía cada dos días. Todo me daba igual, pero comía y tomaba la medicación. No sé por qué. Empecé a caminar por la casa para recuperar fuerza porque a mis piernas le gustaba. Mi bicicleta desinflada me miraba preocupada desde su rincón mohoso. Me molestaba, la saqué al patio y unos días después ya no estuvo.

No sé cuánto tiempo pasó. No supe medirlo y nunca vi el almanaque. Básicamente, me dediqué a sufrir, que era lo que ya hacía antes cuando estaba en casa, pero ahora me salía mejor. Un día escuché ruidos en la vereda y abrí la persiana. Había banderas amarillas y verdes, bombos, guachos tomando vino dulce abajo del sauce. Jugaba Cerrito. Era de mañana y daba el sol. Hay algo en la algarabía demencial de la hinchada del Club Sportivo Cerrito que siempre me hizo bien. No estaba recuperado, pero precisaba distraerme. Pensar en otras cosas que no fueran esas tres personas que ya no estaban conmigo. Caminé hasta la cancha con un montón de vecinos cantando Del Cerrito vengo / ay que pedo tengo.

Me sentía débil. Tomé un poco de vino pero seguía con el estómago contrariado. Fumé de un porro que me partió el pecho y me hizo toser más, pero me hizo bien al ánimo. Parecía que todos los conocidos que me cruzaba solo podían hablar de lo flaco que estaba, darme las condolencias por lo de Juaneco, o preguntarme qué me había pasado en la mano. No quería hablar con nadie. El sol hacía brillar las banderas verdes y amarillas. Cuando Cerrito salió a la cancha todos explotaron en gritos y papel picado. Muchos se desgarraban la garganta de amor a Cerrito. Todo se convirtió durante unos segundos en un cuadro de Pollock con movimiento y sonido. Sentí un cosquilleo atrás del estómago que parecía que iba a hacerme sonreír. Pero no.

El partido era aburrido. La hinchada no. Pude fumar un cigarrillo sin grandes complicaciones más que la tos. En el entretiempo todo se calmó un poco. Pero cuando empezó el segundo tiempo, nuestro lateral derecho avanzó y pasó la mitad de la cancha. Antes de que los volantes de marca lo acorralaran, metió un cambio de frente fuerte, lleno de buenas intenciones. La pelota salió volando, ganó altura. Yo levanté la vista y la seguí en su vuelo. Los gajos mostraban un giro lento hacia atrás. La pelota planeaba y parecía suspendida en el cielo, enlentecida por el viento en contra. No sé qué hubo en ese instante de traslación de la pelota, pero me conmovió mal. La pelota picó afuera de la cancha y terminó en las tribunas de los visitantes, que estaban casi vacías. Algunos aplaudieron la buena intención del lateral, otros lo insultaron. Cuando me dí cuenta, yo estaba llorando. Fue como un milagro. Lloré. Me puse de pie a cantar y a alentar al auriverde. No precisaba pensar en los errores ni las desgracias que había vivido, siempre estuvieron conmigo en esa tribuna, pero ahora podía llorar por eso. No podía concentrarme más en el juego, quería gritar. Estaba eufórico por la desobstrucción súbita de mi aparato lagrimal, o mejor dicho, su vuelta al funcionamiento y reconexión con lo que yo sentía. Dicen que se vendieron 2512 entradas. Jamás, jamás /podrás tener hinchada /como la de Cerrito.

Perdimos uno a cero, pero yo sentí que había ganado. Ahora era una persona más normal. Y por qué no, gracias a la recuperación de mi llorar, ahora hasta creía que podría ser una persona normal del todo. Salí contento de la cancha. Tuve que volver por otro camino porque unos guachos le estaban tirando piedras a unos policías a caballo. Estuve a punto de desmayarme un par de veces. Se me nublaba la vista. Seguía enfermo y tenía sed. Todavía no estaba preparado para una salida así. Una camioneta enorme me persiguió unos metros y alguien bajó uno de los cristales.

Cabrerita lleva un rosario colgando del espejo retrovisor. El asiento es confortable y hay espacio. Me rezongó por encontrarme volviendo de la cancha. Vos tendrías que estar en la cama, ¿Te volviste loco?.  Alejandra Cabrera, una mujer muy pequeña, cincuentona, de un rubio imposible y extremo mal gusto, me dio un sermón demasiado largo. Yo le dije que ya estaba mejor y me dijo que me notaba un poco mejor de cara, más contento, pero me sugirió que no fumara tanto porro. Me ofreció chicles y me llevó a su casa. El lugar estaba todo cubierto por baldosas nuevas y feas, incluso las paredes, y a mi me daba la impresión de que estaba en una gran baño. El sofá estaba bien. Me dejó solo y reapareció con mi botinera. No entendí qué pasaba, hasta que la abrí. Eran las ganancias de 400% que me había prometido. Los auriculares eran un éxito. Me regaló unos. Ahora entiendo que debí seguir haciendo negocios con Cabrerita, no me imaginaba que gracias a esa importación iba a convertirse en la representante exclusiva de MXM Technologies Uruguay.

Llegué a casa, llené una mochila con ropa, medicamentos y alguna otra cosa y me fui. Cerré con llave y dejé que el apartamento entero se terminara de pudrir.

Al amanecer del otro día, ya estaba instalado en mi nueva casa. Encontré una casa en Playa Ancha y pagué cuatro meses de alquiler anticipado. Empezaba el verano y el balneario se iba poblando, pero nunca iba mucha gente. Mi nueva casa quedaba sobre la playa. Aproximadamente a unos 34 metros de la última línea de espuma de las olas de costa cuando subía la marea. Abría la puerta y estaba en la playa. Ese aire me tenía que hacer bien. Al principio fueron días raros, pero después pude establecer una rutina planificada para mi recuperación física y anímica. De mañana comía abundante fruta y fumaba abundante mariguana. Después nadaba un rato. Gritaba un poco abajo del agua. Era como estar volando sobre un valle y veía a los peces y animales del lecho huyendo de mi grito ahogado. Después me secaba al sol. Después tomaba cerveza fría, y almorzaba tomando más cerveza. Después usaba mi nuevo recurso; me sentaba en la cama a llorar por un lapso de siete o nueve minutos. Eso me dejaba exhausto y dormía una siesta de una hora y media. Después me levantaba, tomaba mate en la playa y cuando caía el sol iba al supermercadito a hacer mandados y preparaba la cena. Me daba lujos, comía cosas ricas pero nunca alcanzaba la calidad y el placer de las cosas que comía con Ema. Entonces me emborrachaba de nuevo y dormía hasta el día siguiente.

La rutina funcionaba. Tosía muchas menos veces por minuto y las cuatro heridas de mi mano hechas por los cuatro caninos de Quique, empezaban a cicatrizar. Pero empecé a sentirme un poco solo. Encendí el teléfono y estuve leyendo las noticias mal redactadas de los principales diarios en internet. También mantuve breves conversaciones con familiares y amigos, más que nada para confirmarles que estaba vivo. De tarde, escuchaba música con mis nuevos auriculares inalámbricos sin necesidad de bluetooth. Desde Haendel hasta Cumanacao, todos sonaban muy bien.

Pasé muchas horas sentado en una reposera en la arena, tomando cerveza y supervisando la rectitud del horizonte. Echaba de menos a Nancy. Pensaba en lo bien que la pasaríamos juntos, descansando, charlando, tomando mate en esa playa y se me daba por llorar, pero no quería salirme de la rutina.

También echaba de menos a Ema. La imaginaba con la vista perdida en el mar, pensando en cinco cosas a la vez. La extrañaba mucho. Quería verle la cara al sol, ver otra vez sus manitos rechonchas haciendo cualquier cosa. Aunque sea por un rato. ¿Dónde iba a encontrar yo a otra mujer con una voz tan agradable, con la que se pudiera conversar sin obstáculos, sin necesidad de aclarar las diferencias entre etnología y etnografía? ¿Dónde iba a encontrar a otra mujer que se quite la ropa con tanta facilidad y tenga es piel?

Y echaba de menos a Juaneco. Podría estar a mi lado en otra reposera, vivo, divagando sobre el mar y haciendo poesía sin darse cuenta, arpegiando mi amargura como si fuera suya. Podríamos estar todo el día riéndonos de anécdotas, tentados de la risa y nunca precisar contarlas.  Y así pasar a otra risa, y a otra.

Empecé a hablar solo. Al principio solo tiraba frases sueltas o puteadas al viento, pero después me di cuenta que hablaba mucho. Tenía que hacer algo porque me pareció un claro síntoma de locura. Trataba de controlarme pero a veces no me daba cuenta. Los ataques de ira también eran un mal síntoma. Una tarde iba a comenzar una de mis sesiones de llanto y escuché que un muchacho empezaba a cortar el pasto del jardín de atrás de una casa lindera.  El ruido era insoportable e impedía mi delicada tarea. Abrí la ventana de mi cuarto y le grité, le dije que iba a matarlo si no apagaba la máquina, le grité que le iba a pasar por arriba de la cara con la máquina si no dejaba de hacer ruido. Entonces el muchacho apagó la máquina y me preguntó qué pasaba. No había escuchado ninguna de mis amenazas por el mismo ruido de la máquina. No pasa nada, le dije. Tenía que hacer otra cosa o quedarme ahí escuchando ese ruido horrible mientras me limpiaba el pus de la mano y me lamentaba  por lo mal que había salido mi pequeño hurto romántico y clasista.

El día estaba ventoso y frío. Daba un poco de nostalgia de los meses anteriores. Se sentía raro andar de pantalones, medias y el torso cubierto. Suspendí mi sesión de llanto y salí a caminar por el pueblo. Traté de no acercarme a la ruta porque por la ruta pasaban todo el tiempo los ómnibus de la empresa Núñez y leer ese apellido así de grande y claro, me ponía mal. Desviarme fue peor. Terminé en un caserío medio marginal del balneario. Había una chatarrería y cuando me fui acercando, vi que también criaban animales. Eran gallinas. Casi me doy media vuelta para volver, pero me dije que no. No podía seguir evitando todas las cosas que me recordaban a Ema. Al contrario, pensé que la única salida era acercarme mucho a esas cosas hasta que ganasen un significado propio y perdieran toda relación con Ema. No es necesario aclarar que ya estaba enloqueciendo de tristeza y actuaba por impulsos. En la chatarrería había un señor. Le pregunté si podía ver las gallinas y me dejó pasar. Yo temblaba por una emoción sin nombre. El hombre me miraba y no entendía nada. Las gallinas se nos acercaron y una me llamó la atención. Le pregunté al señor si me vendía una y me dijo que no estaban a la venta. Entonces le mostré un billete de 50 dólares y  enseguida cambió de parecer. ¿Cómo se llama esa? Quiero a esa, le dije. Esa se llama Zezi, me dijo. ¿Zezi? le pregunté. ¿Las dos veces con zeta? No, Zezi, por Zezilia, me dijo. Ahí me di cuenta que el hombre tenía un grave problema al hablar. Pronunciaba todo con la zeta. Nos costó trabajo atrapar a Zezi para poder llevármela.

Así empezó una nueva etapa en mi casa de veraneo. Zezi se adaptó rápido. Era una maravilla de gallina. Era del color del ladrillo y tenía una cresta roja como nada. Me sentí un poco más acompañado. Ya no me sentía tan loco hablando solo, ahora hablaba con Zezi. Empezamos a tener conversaciones cada vez más profundas. De mañana me acompañaba hasta la orilla para mis chapuzones. Pero cuando yo entraba al agua ella se sentía creo que un poco desamparada ante la inmensidad del mar y la playa y volvía corriendo a casa. Yo me distraía ocupándome de ella. Tenía que cuidar que no se alejara mucho y tenía que asegurarme de que durmiera adentro de la casa porque de noche deambulaban perros medio salvajes. Claro que también teníamos nuestros conflictos. A mi me molestaba que cagara adentro de la casa. Me enojaba y la llamaba por su nombre completo. ¿Otra vez cagaste adentro Zezilia? ¿No habíamos quedado en que no se podía?

Hablando con Zezi pude resolver algunas cosas. Era buena interlocutora, aunque abusaba un poco del método socrático. Pero se preocupaba por mis problemas. Fue conversando con Zezi que descubrí que tenía que hacerme cargo personalmente de la situación de Nancy. Pero en enero nadie resuelve nada en este país, es como un mes de domingos. Así que dejé el problema para más adelante. Con el paso de los días, ver una gallina ya no me recordaba a Ema. Veía a Zezi y era solo eso: Zezi. Una noche nos despertamos sobresaltados por unas explosiones en el cielo. Era año nuevo o navidad, quién sabe, lo cierto es que estalló el verano.

Oficinistas con el torso blanco se paseaban por mi orilla, sus hijos hacían castillos de arena y sus perros hacían pozos en la playa. Toda esta conmoción hizo que Zezi y yo nos replegáramos al alero de la casa. Igual nos llegaba el murmullo y la brisa del mar, que nunca dejaba silencio para que mi mente dispare su verborragia más brutal. Yo había ganado peso, casi no tosía y de a poco volvía a usar mi mano hábil. Mi rutina que combinaba baños de mar con sesiones de llanto y conversaciones con Zezi, funcionaba. También es cierto que fumaba porros como si fueran cigarrillos. Estaba mejor. Volví a hablar con personas. Ya sea por teléfono o personalmente. Hablé varias veces sobre la Premier League con uno de los tipos que despachaban a los clientes del supermercado y aunque el tipo no entendía nada de fútbol inglés, fue un buen ejercicio el de conversar con una persona. En 42 días había hablado solo con tres; el que cortó el pasto, el que me vendió a Zezi y el tipo del super.

El aire oceánico sana cualquier cosa. Mi tía diría que es evidente, porque yo soy hijo de Yemanyá, ella es mi Orisha. Una pena que yo no crea en esas cosas.

Soñé con Juaneco. Me decía que él estaba bien dónde estaba, que no era algo tan grave morirse pero que no me podía contar mucho más, que contarme más le podía traer problemas. Compartíamos un cigarrillo en silencio. Yo sonreía, pero de alguna manera era consciente de que estábamos en un sueño y tuve miedo de tocarlo y abrazarlo y que se desvaneciera. Él parecía despreocupado, como si fuera el simple cigarrillo de un descanso en el trabajo. Soñé muchas cosas, pero decidí omitir casi todos los sueños en este relato para no volver esta historia todavía más confusa y retorcida.

La mañana del día 47 de mi estadía en la casa de la playa, estaba jugando en el patio de atrás, jugando a tirarle granos de maíz a Zezi y que ella los buscara en el pasto. Hacía calor. Me había llegado un mensaje de Ema Núñez. Pensé que soñaba, pero no, entonces me estremecí. Me sudaron las manos y se me encrespó la respiración. Tuve miedo, como aquella vez que un desconocido me apuntó con un arma en la noche y me preguntó si yo era Germán. Tuve mucho miedo, pero leí el mensaje. Decía: Hola, todo bien? En qué andas?

No entendía lo que pasaba, pero 19 minutos después le respondí con total naturalidad. Bien, acá, veraneando. Vos? Se dio un diálogo bastante pobre. Ella parecía amistosa y yo no quería parecer muy rencoroso ni tampoco desesperado por saber algo de ella. Pero lo que casi me hace colapsar, fue que ella también estaba en Playa Ancha y además, quería verme. No lo podía creer. Coordinamos un encuentro en la playa, al atardecer, en la palmera, la única palmera que hay en toda la playa, la que creció frente a mi casa. Salí corriendo y me zambullí en el mar, buceé hasta el fondo y me reí a carcajadas. A unos cangrejos azules les parecí simpático. Después corrí a la casa, busqué a Zezi pero no la encontré. Después la encontré abajo de unos matorrales, descansando. Le conté lo que iba a pasar. Traté de agarrarla y abrazarla. Quería abrazarla y dar saltos en círculo con ella, dando vivas, pero a Zezi no le gusta nada el contacto físico y respeté su decisión después de caer tres veces de bruces detrás de sus amagues, enganches y gambetas. ¡Ay cuando Ema y Zezi se conocieran! ¡Estaba tan emocionado!

Me preparé como pude. Tomé una ducha de agua dulce con todo y desodorante. Fueron horas difíciles. Se me atropellaban los pensamientos como una ola de animales deformes. No quería hacerme muchas expectativas, pero era difícil. Ema se arrepintió, pensaba. Se dio cuenta que la quería, que nos queríamos bien, que no era bueno terminar así. Ahora la historia empieza en un escenario distinto. O capaz que solo quiere despedirse antes de irse a Europa, pero igual, está bueno eso, me valora, soy alguien. Capaz que nos vemos y la memoria del cuerpo y el instinto nos deja unidos de nuevo, y ahí vemos qué pasa, cómo seguimos. Capaz que solo quiere eso, cuerpo. Me sirve, lo acepto sin dudar, me parece bien igual. Como sea, las cosas empezaban a cambiar para bien.

Una hora antes de lo establecido, ya la estaba esperando abajo de la palmera. Antes me había arreglado frente al espejo, me había puesto una camisa blanca que me daba un aire veraniego y acentuaba mi bronceado, había exagerado un remolino que tengo en el pelo porque sabía que a ella le gustaba y había limpiado cuidadosamente los cristales de mis lentes negros y mis dientes. El sol ya no picaba tanto, se iba anaranjando el cielo y el aire salado estaba tranquilo, moviéndose también como por una suerte de oleaje. Había poca gente.

La última vez que la vi, apareció a lo lejos. Venía caminando por la orilla, mojándose los pies. Era un puntito gris a lo lejos, pero sabía que era ella. Se me enloqueció el corazón en el pecho. Tuve miedo de que se me saliera por la boca. Sería una pena que se me salga el corazón por la boca y cayera en la arena. Se me va a llenar todo de arena, pensaba. Pero tenía tiempo de ir hasta la orilla y enjuagarlo en el mar, sacarle toda la arena y ponérmelo de vuelta antes de que Ema llegara, porque venía caminando despacio, lejos, como paseando. En estas cosas pensaba yo mientras la veía venir y reconocía su andar, su forma y el ondear de su pelo. Se venía redibujando en mi desde la memoria y cuanta mayor nitidez, más se me afirmaban las cosas que había sentido. Era como un río recuperando su caudal luego de las lluvias. Ema caminaba lento. Tardaba dos minutos para recorrer los cien metros y según mis cálculos todavía faltaban seis minutos para que llegara a la palmera. Me podía meter al agua a gritar un poco, pero me pareció mala idea. Podía salir a su encuentro, pero no, tranquilo, dijimos que en la palmera, esperá en la palmera. Traía un vestido liviano, gris como la ceniza clara del papel de los cigarrillos. La fuerza de sus piernas trayéndola hacia mi por esa playa, fue una una de las cosas más magníficas que vi. Estaba a cien metros y yo pensé que iba a explotar. Miré al costado, a mi casa, a ver si Zezi me estaba mirando, capaz que podía darme un mensaje de calma, pero no estaba. Quise rasguñar la madera de la palmera o mordisquearla un poco. Di dos vueltas alrededor de la palmera pero sin perder a Ema de vista. Hablé solo, me dije un par de cosas que no recuerdo y Ema ya casi estaba ahí. Quería rezar. Pensé que Yemanyá me estaba ayudando. O quería que me ayudara, no sé cómo. Si Ema viera bien de lejos, ya me hubiera reconocido. Además, era el único en toda el área de influencia de la palmera. Ya está, dije. Le hice señas con la mano y caminé hacía ella. Le daba el sol en la cara. Llevaba unos lentes negros que le daban un toque elegante. No me aguanté más y caminé los pasos que faltaban hacia ella. Le di un beso largo y sentido en la mejilla. Cuando me alejé, vi que estaba asustada, pálida, quieta. Perdonáme, perdonáme, empezó a decir. Por favor, perdonáme. No lo puedo creer, perdonáme. Yo no la entendía. Si bien me había abandonado como a un perro sarnoso, me parecía raro que me pidiera perdón así, como si me hubiera hecho algo muy grave o cometido algún tipo de traición. No entendía, entonces quise hablar, y más quise acercarme para darle un abrazo y ella retrocedía como si yo fuera un ser monstruoso que la llenaba de asco y miedo, y me dijo Perdonáme, perdonáme. Pensé que había hablado con mi primo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escrito por Gonzalo Cousillas

(Montevideo, Uruguay, 1987) No ha hecho la gran cosa. Hay algunos de sus relatos en el libro "#3 Toda la verdad sobre la organización social de las abejas" de la editorial Pez en el hielo. También se publicaron otros en el suplemento Incorrecta y algunos poemas en la revista digital Insilio.