Hacía días que llevaba el mismo ritual; lavaba los platos, los secaba y los guardaba todos en su lugar, apagaba las luces y desenchufaba la computadora. Después me sentaba frente a la mesa de la cocina que aún olía a desinfectante, igual que mis manos. Sabía la hora que empezaban a salir las primeras cucarachas, de lado de la rejilla que da al patio del vecino —de la grasera ya no tanto—; sabía cuándo llegaban y cuando empezaban a morir. Desfilaban altivas al principio, hasta que les agarraba esa confusión por presentir la muerte, y se detenían en movimientos apresurados y sin sentido, como queriendo demorar el instante final, engañándolo con una actividad frenética de quien le sobra vida, y, así, sin querer, adelantaban el desenlace final. Las más grandes eran las que más se resistían, después que el veneno las hacía volcarse de alas al piso, seguían moviendo las patitas queriendo huir de esa sequía que llevaban adentro y las hacía morir de sed.

Las dejaba ahí quietas, donde habían encontrado su muerte, a pesar de correr el riesgo de pisar alguna en la oscuridad. Solo al día siguiente, cuando entraba la luz, me decidía a barrerlas y tirarlas debajo del jazminero apestado. Me entraba cierta tristeza al levantar la pala con los cadáveres de cucaracha, es que la pala vacía y la llena pesaban lo mismo en mi mano, y esa vacuidad, especie de inexistencia previa, como si toda la noche hubiera sido una mentira, me hacía pensar que estos animalitos son la metáfora misma de la fragilidad. Claro, a esas horas el día me agarraba blando, y pensaba en Helena. Ella tenía esa forma de no estar, de no llenar los lugares que habitaba, su cuerpo era tan ligero que se diluía en los objetos que la rodeaban. Además de esa casi inexistencia, Helena compartía con las cucarachas el color de pelo y la mirada caída y oscura de interrogación infinita. Pero eso lo descubrí mucho después, cuando los cadáveres de las cucarachas bajo el jazminero se acumulaban por decenas.

De día siempre era más fácil porque Helena no tendría dónde ocultarse, yo me había ocupado de retirar todas las cortinas y vaciar casi por completo la casa de muebles, menos los que habían sido de ella, claro: el espejo, una radio y el ropero de patas labradas. Dejaba ventanas y puertas abiertas, y la del frente sin trancar, me ocupaba de chequear que los fósforos no se hubieran humedecido y volvía a poner sobre la mesa de luz los cigarrillos que por la noche guardaba en el cajón. Después ventilaba la ropa y volvía a lavar la bombacha, que había sido roja, ahora de un rosado sucio, y la remera blanca; luego las colgaba en la cuerda del costado del limonero. Si había limones también los juntaba y los colocaba en la frutera, a pesar de que odio el olor a cítrico. Había días que el desgano me vencía, pero yo sabía que esas rutinas llenaban la casa de Helena y evitaban pensar en la soledad que como una mancha de humedad iba avanzando por la casa.

Cuando Helena se fue ya empezaba a anochecer, por eso me cuesta recordar algunos detalles, toda la imagen se me tiñe del color rojizo de la tarde. Después llovió durante días. Ella se dio vuelta frente al portón y miró la casa por última vez, y luego ese empujón de la cartera al aire hasta calzarla en su hombro izquierdo, el mismo hombro sobre el que solía dormirme. El pelo como una mancha, un hueco en su espalda y ese alejarse herido hasta ser tragada por las copas de las anacahuitas. Nunca imaginaste Helena que te miraba huir, que me adelantaba a todos tus movimientos y dejaba escapar. A veces pienso, me imagino abriendo la ventana de la buhardilla dejándola en evidencia: unas veces Helena corre desesperada, alejándose de lo que más teme; otras, cierra el portón y sonríe, como los niños cuando piden perdón, y viene hacia mí temblorosa como un perrito asustado. Pero preferí la sombra; la sombra y el silencio.

En esa sombra la he tenido conmigo, la visto y desnudo como una muñeca, la maquillo y peino frente a su espejo, junto al cansancio de miles de imágenes guardadas en el cristal. Desordeno su ropa y entrevero mis medias con sus vestidos para demorarla un rato y confundirla, y obligarla a quedarse. He barrido todas las telarañas del techo, para que no tenga donde huir cuando hacemos el amor; y la he amado hasta el cansancio, hasta hastiarme de su cuerpo. La he querido de una forma que antes nunca pude, porque ella siempre estaba a punto de desvanecer. Esas noches entendí el silencio, lo entendí de una forma primitiva y básica como solo puede entenderlo un animal.

En todo eso pienso ahora que el veneno se ha vuelto inútil, que ya no mueren las cucarachas en la cocina por las noches, que no veo ese desfile de vida y agonía, ni sus ojos interrogantes ni sus patas ni sus alas quietas. Ya no están, ni vivas ni moribundas. Las que sobrevivieron a la fumigación del vecino, si es que alguna sobrevivió, se habrán ido a otra parte. Es curioso que recién ahora piense en el pelo de Helena y en su parecido a las cucarachas. Es curioso que solo ahora me arrepienta del veneno, aunque es más probable que lo que rechace sea esa mortandad generalizada y sin sentido, no poder guardarme esa parodia nocturna: parodia de la muerte-vida. Como la bombacha y la remera al lado del limonero, que poco a poco van despareciendo, marcando lo inevitable que es la ausencia y la soledad. Entiendo el silencio, pero nunca entendí a las cucarachas. Pienso en ausencia, en el secreto del color de su pelo; en tus ojos, Helena.

 

 

Escrito por Lorena Giménez

Lorena Giménez: nació en Estocolmo, en el año 1977. Es licenciada en Lingüística porla Universidad de la Repúblia. Actualmente cursa la Maestría en Lenguaje y Comunicación (UDELAR). Es docente de Español Lengua Extranjera, Comunicaciones, además de editora y traductora. Participó en dos antologías, ed. Irrupciones, y publicó publicó "Otoño un lunes", ed. Estela, (su primer libro de cuentos) en el 2016. Actualmente integra el colectivo editorial Insilio.org, revista literaria.

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