Iba en el metro bus camino a mi casa, cuando un choque terminó por alterar mis sentidos. (No me refiero a un impacto contra el bus, nada que más lejos de ello, aunque los dos son una cercana sacudida). Mis emociones, ancladas a mis ideales, sufrieron una conmoción. Miré hacia las personas que subían para escapar de la lluvia y pegué mi mejilla en la ventana. El frío me molestaba en los huesos. Sin embargo, en ese instante, pensé en la aseveración de mi personalidad.

Pienso mucho y mientras más pienso, se comienzan a tejer opiniones e historias que van y vienen. (Solo las escribo cuando me parecen interesantes, por supuesto). Ese día, mientras veía a una mujer decirle a su esposo por teléfono que en casa hablarían con una voz tangente, entendí muchas cosas que antes había esquivado. Es cierto que a veces no queremos buscar respuestas porque nos da demasiada flojera/miedo de enfrentarlas, aunque siempre terminamos por hacerles cara. No sentí flojera ni miedo a ellas. Me sentí furiosa, indignada y usada. Sobre todo usada.

Me preguntan muy seguido si soy feminista. Esa pregunta viene con una pausa, una mirada acusadora y unos labios siempre apretados, a la espera de una reprimenda. Quizás, hace años atrás, bajaría la mirada y diría que sí solo para salir del paso, (sin comentar lo que pienso sobre el feminismo radical), pero ahora, poseo tanta confianza que me da lo mismo si mis respuestas hieren sensibilidades. (Sí, un poco insensible de mi parte, qué les puedo decir). Apoyo los derechos de la mujer, me refiero a los derechos de igualdad, de lucha y justicia. Lo que no apoyo es el pisoteo al hombre para dar a entender un punto. Al final de cuentas, estaríamos actuando como ellos actuaron en el pasado. No tolero el lenguaje inclusivo porque me parece soberbio querer cambiar el idioma solo porque alguien se siente insegura si le hablas de forma generalizada, ¿no se debería trabajar, mejor, en la seguridad de sus mentes, cuerpos e ideales como propia mujer fuerte e independiente? Tampoco estoy de acuerdo con la falta de responsabilidad ante los actos que, en medio de la inmadurez, no supieron manejar y para no hacerse cargo, buscan la solución más fácil. No me gusta tampoco el fanatismo desmedido, la política excesiva ni la mentira. Soy feminista, pero no soy la feminista que todos esperan que sea. Reafirmo mis ideales, sin importarme si tu lucha es distinta.

No siempre tuve esa confianza. Cuando tenía 18 años, me veía al espejo y quería cambiarlo todo. No me gustaban mis pechos pequeños, ni las marcas en ciertos lugares de mi cuerpo. Era insegura, temerosa, asocial, tímida y muy sentimental. Con un corazón capaz de soportar todos los arañazos posibles. A través del tiempo aprendí que solo me necesitaba a mí misma para ser feliz, claro, siempre será una dicha tener a alguien que me sostenga la mano. Pero que la sostenga de verdad. Nunca quise estar con una persona con la que tuviese que fingir ser de determinada manera para ajustarme a sus estándares personales; creo que las relaciones mejor nutridas de todas son las que te vuelves mejor amigo/a de tu pareja, aquellas capaces de nutrirte de todo tipo de conocimientos, sea de cultura o de temas que no entiendes. Estoy muy agradecida de contar con una persona que me brinda todo eso y más.

Muchas veces quisieron hacer con mi cuerpo lo que se les viniera en gana. Tenía que darlo como una ofrenda o para cumplir las expectativas de una persona con muy poca confianza en sí misma. Yo era un objeto. Algo que usar sin importar cómo me sentía, si estaba bien o si seguía ahogada en problemas. No importaba. Les rompía el corazón por decir que no. Por no venderme. Por no dejarme usar. Después de todo, la mujer siempre es la culpable de cualquier pecado. El hombre es solo hombre. Entonces me cansé y tomé las riendas de mi cuerpo y de mis decisiones. Yo soy lo que me han destruido.

Por mucho tiempo, intenté reparar lo que estaba roto. No solamente a mí, sino también a personas, relaciones. Seguía ahí por la falsa esperanza que era alimentada por mis irracionales ideales. El amor es amor. Pero si el amor es a media, entonces es mejor no tenerlo. Hay personas que crean un drama irremediable de sufrimiento porque no cumples lo que esperaban y de ellas es mejor mantener distancia. Esa clase de persona muy rara vez cambia, y hay que ser muy precavida cuando se trata de aquellos a los que uno les otorga el privilegio de hacerle cabida en su vida, porque terminan abusando de ti.

Diría que mi personalidad es una curiosa mezcla algo inexacta entre sarcasmo, feminismo y elitismo. No soy una persona suave a la hora de plantear lo que pienso, mi carácter suele ser recio cuando se ve amenazado. Tampoco me debatiría contigo, soy floja ante las discusiones que no me interesan. Así sean discusiones contra mis propias opiniones. Sin embargo, escucho. ¿Quién soy yo para detener tu rabia o tus comentarios hacia lo que no estás de acuerdo?

No salgo mucho de fiesta, pero cuando lo hago, busco divertirme. Eso sí, me estresan un poco las habitaciones repletas de personas que no me provocan el mínimo interés y me cuesta mucho hablar sobre literatura en público. Incluso, me cuesta también hablar sobre mis libros. Llámenlo timidez o desconfianza pública, pero me siento un poco desencajada ante un grupo de personas mirándome. El insomnio y las pesadillas han causado estragos en mi personalidad. Un poco loca, oscura y con un cuerpo marcado de cicatrices. Estoy llena de creatividad, porque me gusta mucho crear y acepto las ideas de las personas que me parecen racionales, me brindan. Escribo historias de terror porque me interesa el género, es mi estado de confort, pero mentiría si digo que me la paso viendo películas de horror. Me dan miedo. Ya sé, es un poco contradictorio y hasta gracioso, pero es así. Soy una niña temerosa que le cuesta levantarse en la madrugada a hacer pipí o ir por un vaso de agua, pero que escribe historias de terror. No es lo único que escribo. También me gusta el romance. Del mismo modo, disfruto haciendo marketing. Poseo una licenciatura en publicidad y mercadeo que terminé estudiando porque cuando me mudé a Panamá supe que aquí no existe la carrera de literatura (ya sé, demasiado extraño, pero no me quedó de otra que adaptarme). No me arrepiento, disfruté mucho de mi carrera, la cual me ayudó a formarme como esa mujer independiente que siempre quise ser.

No me gusta hablar de política, pero como toda venezolana, tengo una opinión al respecto. No me escucharán apoyando a un bando en específico porque ninguno me inspira demasiada confianza, a pesar de ser opositores a la dictadura. Tengo que admitir que no me mezclo con comunistas ni socialistas y los evito como si fueran una plaga contagiosa. Muy insensible, quizás, pero cuando una ideología hunde a tu país, tu mente cambia por completo. Es fácil hablar del comunismo leyendo a Karl Marx o Friedrich Engels en la comodidad de tu ciudad capitalista. Lo difícil es vivir en un país comunista/socialista e intentar sobrevivir a él. Por ese motivo, quienes apoyan esas ideologías, me parecen sumamente ignorantes, carentes de inteligencia y raciocinio. Si ves las noticias de lo que pasa en Venezuela y aún así aceptas a un presidente comunista, te consideraría una persona irresponsable y hasta un poco inocente. Si eres de los que apoyas el comunismo/socialismo por los libros sobre la revolución que leíste, aléjate de mí. Así yo me ahorro un mal rato y tú te ahorrarías mis ácidos comentarios.

La mayoría de mis amigos son hombres, con las mujeres no siempre me llevo bien porque se sienten intimidadas por mi aspecto serio, con esas expresiones que te hacen mantener cierta distancia o también porque creen que tengo algo con sus maridos, cuando la realidad es que hablamos de chismes, memes, series que hemos visto y cualquier pendejada que se nos ocurra en el momento. No puedo negar que no haya pecado de arrogante, a pesar de mantener la ironía del asunto. Cuando estoy realmente enamorada, me es imposible desviar mi atención hacia otro hombre. Aún sigo manteniendo la ilusión del amor a lo Jane Austen.

No diré que no me arrepiento de mis errores, hay varios que me hubiera gustado no haberlos cometido. El error más reciente, es mi relación anterior a la que tengo ahora. Si pudiera regresar el tiempo, me diera una bofetada. Me dejó muchas enseñanzas, pero si pudiera borrar esa historia, sé que lo haría sin pensármelo. Cuando cometo algún error, pido perdón con franqueza, lo que sí no puedo tolerar es que se victimicen en todas las discusiones y que esperen mis disculpas ante sus dramas telenoveleros. Me gusta el drama en mis libros, pero no el drama en mi vida personal. Si apenas me soporto a mí misma, menos voy a soportar el sufrimiento exagerado. Qué va.

Ese choque emocional que tuve en el bus me hizo hasta sonreír. Recordé que mi cuerpo es mío, es mi templo, es mi felicidad, mi arrogancia y mi identidad y que lo demás es solo lo demás. Estaba ahí, mirando la ciudad desvanecerse en la lluvia y pensaba que no quería volver atrás nunca más. Que a partir de ese momento, solo tenía el ahora.

«¿Y qué podría hacer con esos sentimientos, a veces de miedo y otras veces de alegría, que yacen demasiado profundos dentro de mí como para que mi entendimiento los alcance? Tengo miedo de las manos insidiosas, oh Señor, que manosean la oscuridad de mi alma».  Flannery O’Connor

Escrito por Yoselin Goncalves

Yoselin Goncalves nació en la ciudad de Barquisimeto, Venezuela, el 21 de mayo de 1993. Licenciada en Publicidad y Mercadeo (Panamá). Ha trabajado en distintas áreas de marketing. Participó en diversos talleres de escritura y sus textos han sido publicados en diferentes medios. Es egresada del primer Programa de Formación de Escritores (PROFE) promovido por el Instituto Nacional de Cultura (INAC) en el 2017. Obtuvo una mención de honor en el Concurso Venezolano de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción SOLSTICIOS, por su relato «La mujer del lago» en la categoría «fantasía». En marzo de 2018, su cuento «Te llevo en mis venas» fue finalista del II Concurso Internacional de Cuento Breve Todos Somos Inmigrantes de México. Su primera novela fue la bilogía El acecho de los inmortales (volúmenes I y II). No apagues la luz es su primer libro de cuentos de terror.

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