Hasta hace unas semanas fui un extraordinario fan y defensor del artista callejero Banksy. Lo primero que hice al llegar a Barcelona fue salir a buscar sus stencils del 2003 –de los que sólo quedaba uno en el Born–, y he contado un millón de veces la anécdota de cuando quiso saltar de madrugada al Parc de la Ciutadella y cayó por error en la jaula de los pingüinos del zoo. Lo admiraba muy sinceramente y tenía seis o siete libros sobre su obra, pero el Banksy de 2018 que acaba de vender una lámina en Sotheby’s por 1 millón de euros poco tiene de aquel Banksy heroico de 2003, por más que luego la destruyera en un espectacular stunt.

El pasado 5 de octubre, el mundo quedaba atónito cuando Banksy trituraba una de sus propias obras en la galería Sotheby’s de Londres, segundos después de haberla vendido por una cantidad de vértigo. El vídeo de Girl with balloon siendo despedazada a través del marco que la presentaba dio la vuelta al globo en cuestión de horas y se convirtió definitivamente en un éxito de marketing tanto para Sotheby’s como para el propio Banksy.

Lejos de la crítica al capitalismo que trataba de escenificar aquella ‘travesura’, el movimiento de Banksy fue realmente la consecuencia de una sólida alianza entre el artista británico y el viejo y corrupto sistema de la compra-venta de arte. Apenas unas semanas después de todo aquello, Girl with balloon vale ahora muchísimo más que el millón de euros que se pagó por ella, mientras que Banksy y Sotheby’s se han embolsado una muy considerable suma de dinero y han visto cómo sus nombres pasan a tener mucho más peso que antes en los medios de comunicación. Everybody wins.

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Fotografía: Mira Pavlakovic

Protestar el capitalismo a cambio de dinero es un movimiento capitalista que ya viene de antiguo y que tiene su principal paradigma en la figura icónica del Che Guevara. Aquella mítica fotografía que Alberto Díaz tomara en 1960 –en pleno auge de la Revolución Cubana– ha sido, irónicamente, una de las imágenes más comercializadas de todos los tiempos en gorras, camisetas, llaveros, mochilas, bolígrafos, neveras, guitarras y todo producto imaginable, tal y como mostraba la exposición de Trisha Ziff ‘¡Che!, revolución y mercado’ que fue presentada en 2007 en el Palau de la Virreina de Barcelona y que sería luego transformada en libro por la editorial Turner.

El capitalismo tiene el cuestionable don de convertirlo todo en un producto, incluso –o especialmente– las ideas que tratan de cuestionarlo. El rostro del Che Guevara en 1960, como Girl with balloon en 2018, han pasado entonces a ser símbolos no ya de protesta o revolución, sino de auténtica derrota –en el caso del Che– o completa claudicación –en el caso de Banksy– a un sistema capitalista que es hoy más poderoso que nunca.

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Fotografía: Thorarinn Stefansson

Es comprensible entonces que el mundillo de los street artists esté tan molesto con su representante estrella. La contradicción del movimiento de Banksy es de una enorme magnitud y tiene auténticos aires de traición, más cuando el antaño representante del arte urbano anticapitalista ha vuelto a ser protagonista en los medios al explicar el supuesto valor artístico y crítico de la destrucción de Girl with balloon. Su explicación, por supuesto, ha sido recibida con escepticismo. Los motivos del stunt han sido simplemente el rédito económico, y, sobre todo, de marketing, en el sentido más hollywoodiense del término.

Hay, sin embargo, una lección cultural muy valiosa que se puede extraer de todo esto, y es el contundente cambio de paradigma que se ha venido dando en el mundo del arte durante los últimos veinte años. Con revuelo o sin él, Girl with balloon es hoy por lejos la obra más reconocible de cuantas han sido vendidas por Sotheby’s en el último medio siglo, y Banksy –un artista callejero– su autor vivo más famoso. Hacer la prueba es muy sencillo: ¿a quién le viene a la cabeza otra obra, otro artista que haya sido vendido en Sotheby’s en los últimos años, si no se trata de un Picasso, de un Van Gogh o de un Monet?

Las últimas décadas de un paupérrimo arte de salón, gris, mediocre y sin talento están quedando al descubierto gracias al movimiento de Banksy. Guste o no, cientos y cientos de artistas vulgares han pasado de la indiferencia al olvido a través de cientos y cientos de compraventas dudosas en Sotheby’s, espoleados tan sólo por los intereses que los grandes capitales encuentran en las ventajas de un mercado tan volátil –y tributariamente tan esquivo– como el del arte. La enorme mentira de un falso sistema artístico enteramente basado en el lucro queda entonces en evidencia, así haya sido por mero accidente. En el año 2018, y gracias en parte a Banksy, el arte urbano se reivindica definitivamente como la auténtica vanguardia cultural de nuestro mundo y la más genuina forma de expresión pictórico-escultórica de todo el siglo XXI.

Fotografía de portada: Eric Ward

Escrito por Darío V. Zalgade

Edgar Díaz Oval (Islas Canarias, 1983), más conocido como Darío Zalgade, es Licenciado en Letras Modernas (UNC) y Máster en Literatura Comparada (UAB). Se especializa en el estudio de la literatura latinoamericana contemporánea y el análisis estructural de la identidad. Es colaborador regular en las revistas literarias Quimera, Librújula y Oculta Lit, y fundador de la plataforma Liberoamérica.