Voy a cometer el pequeño desliz de hablar sobre literatura inglesa. No es que sea mi fuerte, pero sucedió que, justo después de leer El ceño radiante, una biografía sobre el poeta inglés G. M. Hopkins de Neil Davidson publicada en Chile (UDP), volví a leer Miss Harriet de Maupassant, un cuento sobre una solterona inglesa puritana que vive en una especie de contemplación extática de la naturaleza. De visita en Normandía, Miss Harriet se enamora perdidamente de un pintor francés. El relato de su amor (al que nunca llama amor, por supuesto) es uno de los cuentos de Maupassant más sutiles, hermosos e inquietantes. De pronto, recordé también que, en algún libro de Virginia Woolf, un inglés se desmaya en una puerta, luego de afirmar que ha oído “la música de las esferas”. Y llegué a la conclusión de que – la literatura está llena de ingleses en éxtasis. Voy a ser un poco eufórica: creo que los entiendo.

Esto es lo que me parece que comprendo del misticismo inglés particularmente: guarda, como una especie de marca de agua, una lealtad literaria a la expresión de la hiper-percepción. Que no es lo mismo que la hiper-conciencia, porque la percepción y la sensibilidad tienen algo de brutal y físico; la hiper-conciencia conlleva, en cambio, una suerte de desengaño. Brilla siempre de un modo distante y débil, como una pequeña luz de foco. La hiper-sensibilidad y la hiper-percepción, por el contrario, crean una unión –sórdida, demasiado luminosa– entre interior y exterior. Por eso digo que son místicas.

Para dar un primer ejemplo de inglés en éxtasis, una anotación en el diario del poeta G. M. Hopkins:

El fresno que crecía en la esquina del jardín fue talado. Escuché el sonido y al mirar afuera y verlo mutilado sentí en ese momento una gran punzada y quise morirme.

Esto, que algunos seguramente considerarán una especie de proto-ecologismo victoriano, me parece más bien el resultado literario de un profundo (e inglés) padecimiento psíquico-nervioso. No creo que muy saludable. En todo caso, sí muy productivo literariamente.

Otro ejemplo extraído de la biografía de Hopkins, en este caso, Walter Pater, uno de sus profesores de Oxford:

A Pater ciertas flores le afectaban la imaginación con tanta intensidad que no podía olerlas con placer. El junquillo blanco, la gardenia y la lila le producían un verdadero dolor físico.

Existe un estereotipo literario inglés que, al menos yo, recibí directamente de la literatura alemana del Siglo XIX, y en el que creí a falta de otra cosa mejor en la que basar mis prejuicios. Llamémosle: “el inglés entre chimeneas”. El tipo humano inglés específicamente urbano; ese que, según Heine, necesitó inventar a Frankenstein. En contra de ese inglés, y supongo que basándome aún en estereotipos bastante anticuados, acabo de descubrir ahora a este especie de Otro, dentro de la inglesidad, llamémosle: el “inglés místico de las praderas”. Que vive en una especie de atención a la naturaleza totalmente exacerbada.

Dice el poeta Hopkins, en una carta:

Mi furor actual es el fresno y quizás la cebada y dos formas de crecimiento en las hojas y una en las ramas de los árboles, y también una conformación de nube de buen tiempo.

Oh, Monsieur! Vô comprené le natur d’une fâçon palpitante! exclama en su medio francés la Miss Harriet de Maupassant, dirigiéndose al pintor del que se enamora. Pero es ella lo más palpitante del cuento, debajo de las tormentas, como un palo de escobas, una especie de pararrayos de la hipersensibilidad. Maupassant no hace ni siquiera un intento de representar el interior de Miss Harriet. Quizá solamente Flaubert se hubiera atrevido. Maupassant la deja, en cambio, de paseo en su misterio. Sola, alta y virgen, durante todo el cuento: Miss Harriet es casi solamente una silueta.

Sin embargo, en toda su virginidad, Miss Harriet finalmente germina. Su fin se parece a un parto, en el que su propio cuerpo es sacado del pozo al que se ha arrojado para convertirse en naturaleza. Así desaparece ese interior tan misterioso y nunca abierto de Miss Harriet. Desaparece ­–místicamente– en una plenitud. Pero no sabemos más de ella que unas pocas frases en un mal francés por medio del que intenta, durante sus últimos días, comunicarse. Afortunadamente, fuera de la ficción, los ingleses han dejado sus propios testimonios extáticos.

Gerard Manley Hopkins es, según su biógrafo, el poeta más influyente de la época victoriana. Para la composición de sus poemas, desarrolló estructuras rítmicas que sorprenderían por su osadía incluso en tiempos de Eliot y Pound. Sin embargo, durante casi toda su vida, Hopkins es algo así como un párroco gruñón y gracioso que se sienta a declamar poemas y tomar el té. Alguien casi tan tranquilizador como la puritana Miss Harriet. Pero que anota que ha visto, en su diario:

El mar pavimentado de viento — arropado y empurpurado por todas partes con cintas de viento.

La loma de Parlick, como una piel pálida, dorada y sin cuerpo.

Un hombre que sale, inmediatamente después de la lluvia, a estudiar encorvado en los caminos el brillo de las piedras de cuarzo. Leyendo textos clásicos, se lamenta de no haber visto nunca el cuerpo desnudo de una mujer.

En fin, otro inglés, con otra capacidad de atención casi enfermiza:

Me quedé sin dormir casi hasta el alba, mirando por la ventana una cadena hermosa de brezales manchados de luz y sombra.

Uno se quisiera sentar e intentar que las cosas sucedan con tanto detalle y lentitud – también en uno:

Lo que tú miras fijamente parece mirarte fijamente a ti.

La atención de Hopkins está tan ensanchada que es mutua. Es una brecha abierta entre interior y exterior. La percepción parece entonces el encuentro de dos interiores, de dos miradas fijas. En ese nivel, la hiper-percepción es al mismo tiempo infernal y paradisíaca.

Esto, por supuesto, deja al buen hombre (a Hopkins o a cualquier otro avatar de inglés místico) inhabilitado para mantener conversaciones normales. Luego: se dice que los ingleses son graciosos (y parece que mucha gente está en desacuerdo). Quizá solamente son nerviosos, y uno a veces puede reírse de eso.

Otra de las particularidades del inglés místico consiste en haber desarrollado (supongo que para disminuir su capacidad de tener sensaciones) una cantidad muy elevada y detallada de restricciones. Miss Harriet muere de vergüenza cuando le pregunta al pintor si puede quedarse a mirarlo pintando. Para ella, entregarse a un placer así de infinito, es casi deshonesto (quizá… ¡una apertura hacia el exterior demasiado radical!). Recuerdo otra vez a Virginia Woolf: su abuelo probaba por primera vez un cigarrillo, y notaba inmediatamente que le gustaba mucho, que le encantaba, que mientras él chupaba el cigarrillo, el cigarrillo le chupaba el alma, y entonces lo tiraba muy lejos y decidía inmediatamente no volver a fumar nunca jamás sobre la tierra.

¡Ah! ¡La deliciosa y espeluznante renuncia inglesa! A la vez saludable, pero amargadora; purificadora, pero triste; tranquilizadora y, quizá solamente en ese sentido, dulce. En fin, pobre, pobre, pobre… ¡místico inglés no fumador!

Lo cierto es que, frente a una percepción que continuamente está retorciéndose y estallando, un placer mínimo puede trastornar y consumir como un ataque de lujuria. Hopkins anota en su diario alguno de sus pecados, entre ellos, por ejemplo:

Comí postre de un modo destemplado.

En un ataque místico inglés de hiper-percepción, cualquier cosa es epicureísmo: Hopkins resuelve un día, en consecuencia, renunciar por completo a la belleza. No lo logra, pero escribe un bonito poema. Ante la belleza, recomienda:

Merely meet it; own

Home at heart, heaven’s sweet gift;

then leave, let that alone.

 

Solo reconocerla; acatar

En el corazón, la dulce dádiva del cielo;

y de ahí apartarse, dejar.

Todo, entre estos ingleses místicos, sucede de un modo paganamente intenso. Es llamativo que esta delicadeza y sensibilidad nerviosa esté distribuida en la literatura inglesa en partes iguales, entre mujeres y hombres. Recordemos a Hamlet, que no es mucho más nervioso, delicado y floral que Ofelia. Tampoco es menos lúgubre. En ese mismo sentido, Virginia Woolf no es tanto una escritora mujer, como una escritora inglesa, en la línea de Hopkins. Lo mismo para Mansfield, que incluso es quizá más inglesa, aunque igual de mujer.

La poesía es, al parecer, una especie de pecado al que los místicos ingleses están decididamente condenados. Hopkins pasa mucho tiempo sin escribir, entre hastiándose y resistiéndose. Luego escribe, pero anuncia que sus versos no deben leerse con los ojos (porque entonces resultarían desnudos, crudos y violentos), sino como si el papel estuviera declamando, es decir: debe leerse oyéndolos.

La hiper-percepción, la convulsión, el deleite extremo (para un párroco que toma té: ¡más de lo que cualquier verso de poesía jamás le había dado!) resulta ser un verso de su amigo Richard Dixon:

Her eyes like lilies shaken by the bees…

La duda, corrosiva, atormentadora, místico-religiosa, para el poeta-párroco (el más influyente poeta victoriano en el siglo XX) no es trascendental, sino estética, o tal vez solamente… perceptiva:

¿Sabes qué? Me ha pasado algo horrible. He empezado a dudar de Tennyson.

Quizá, para escribir, no hace falta dudar de Dios (Hopkins era obstinadamente ortodoxo), sino justamente – de cualquier otra cosa.

Para Hopkins, un poema debe leerse:

De tal modo que ciertos versos y estrofas te quedaran en la memoria y las impresiones superficiales se te fueran profundizando y haber apreciado algunas partes, sin agotarlo del todo.

Creo que no hay una definición más perfecta y simple de cómo se debe leer un poema. O incluso, literatura: como algo que aún no aparece del todo, que aparecerá quizá alguna vez, pero solamente por medio de muchas (y quizá infinitas) repeticiones.

Como mirar una estrella en la oscuridad, que es vista pero –aún– no ilumina. (Y como si también la estrella sintiera curiosidad y – nos estuviese mirando).

De la biografía de Davidson:

Por algún motivo, Hopkins dejó de poner punto al final de los párrafos, como si quisiera dejarlos abiertos, y la primera vez hasta borró un punto que ya había puesto.