“Y jamás se volvió a tener la menor noticia de ella ni se encontró el vestigio más ínfimo de su desgracia”, o de lo que, al menos, todos consideraron como tal. Era una mañana calurosa, como todas las de aquel octubre que soñaba con vestir de agosto, el pueblo permanecía casi deshabitado en otoño, por eso no es de extrañar que nadie llegara a tiempo para ayudar a la vieja Lis. Nunca se supo cual fue la causa exacta, aunque nadie parecía dudar de que las llamas fueran provocadas por uno de los numerosos cigarros que Lis fumaba cada día. El caso es que la casa comenzó a arder en mitad de la noche, y cuando los bomberos llegaron acompañados por los primeros rayos de luz, no encontraron nada que pudieran rescatar, ni siquiera el cuerpo de la anciana, que nunca llegó a aparecer…

Cuando volví a abrir los ojos tardé varios minutos en empezar a reconocer mi entorno, todo mi alrededor parecía desechado, sobre la mesita solo quedaban cenizas y colillas, que olían como si llevaran todo la eternidad en aquel cenicero, no quedaba ni rastro de la mecedora en la que creía recordar haberme sentado, y en su lugar, había un viejo sofá desteñido, que carecía de la fuerza suficiente para sostener el peso de mi cuerpo mucho más tiempo. Me levanté y empecé a observar con detenimiento todos los rincones de la casa, las piernas me empezaron a temblar cuando al fin me di cuenta de que los muebles que se encontraban allí eran los que había llevado al vertedero hacía casi una década. Continué caminando hasta alcanzar la puerta que daba al exterior. El aire olía como huelen las tiendas de antigüedades, y en él flotaba una especie de polvo amarillento que parecía volverlo todo blanco y negro. Note como una lágrima se deslizaba por mi mejilla, cuando conseguí acostumbrar la vista y observar que el barrio se conservaba como hacía más de ochenta años, cuando yo jugaba a ser una exploradora entre las palmeras del jardín. Pero fue al tornar la vista y ver a mi madre y a mi abuela, cuando comencé a llorar desconsoladamente. Estaban sentadas en el banco donde siempre las había recordado, tejiendo una bufanda, cada una por un lado, parecían hilar en aquella tela sus recuerdos, componiendo juntas la historia de su vida en común. Me miraban como si llevaran todo el día esperando mi llegada, y en sus ojos no había sorpresa, solo el brillo de quien recupera algo que el olvido ya casi se había llevado. Mi desconcierto chocaba de frente con su control de la situación, yo todavía no sabía dónde estaba, pero cada arruga de su piel me decía que ellas se sentían en casa.

Su única respuesta a todas mis preguntas fue que observara, que en las paredes encontraría todo cuanto quisiera saber. Pero mentían… no era solo en las paredes. Cada centímetro de aquel extraño lugar estaba reservado para una letra, y todas ellas configuraban nuestra historia particular, pues pronto descubrí que ninguna persona podía leer lo mismo que otra, aunque su mirada se centrara en las mismas grafías. Cada uno veía allí el reflejo de su propia vida, del mundo que las circunstancias le habían hecho conocer, por eso su verdadero hogar está aquí…

Escrito por Inés González

Cantabria, España, 2000. Estudiante de Sociología en la Universidad del País Vasco. En fase de búsqueda y construcción.