Terminé de leer la Poesía reunida de Enriqueta Ochoa (Fondo de Cultura Económica, 2008). La leí de corrido, sin saltarme un poema, un verso. Se trata de un libro que compré hace cinco, siete, ocho años. Es probable que haya un video del momento posterior a la compra. Es un libro que leí esporádica, que abandoné en casa de mis padres cuando me mudé. Es un libro, cuyas primeras páginas me dolían mucho. Lo subrayé poco. En algún lugar leí que la poesía de Enriqueta era mística, rebelde. No lo sé.

Volví a ella con el pretexto de revisar algo conocido y en ese reencuentro emprendí el proyecto que me llevó dos o tres meses. Leer todo lo de Enriqueta Ochoa. Nació en Torreón, Coahuila, México, en 1928. Escribió libros como Las urgencias de un Dios, Las vírgenes terrestres, El retorno de Electra entre otros. Todos reunidos en la edición del Fondo de Cultura Económica: Poesía reunida.   

Volví a leer a Enriqueta Ochoa y emerjo brutalmente vitalista. Tanto cantarle al dolor, a la vida. Eso es este libro. Una cadena de versos que hablan de todos los vaivenes por los que se debe pasar cuando se existe. Y Enriqueta existió en la palabra. Existe, porque la suya, es una poesía vigente que reniega, se duele y vuelve a entregarse al misterio.

No sé si hay conexión entre la mística y el misterio, debe ser. No quiere detenerme en ello.

Enriqueta Ochoa es magistral, conoce las reglas de la tradición: sabe versificar, encabalgar versos. Conoce el lenguaje en el que escribe, pero además sabía, que la poesía debe revelar los misterios de la existencia: y los misterios que le fueron revelados a ella. Insisto en ello. Entiendo el misterio como un secreto, como algo silencioso que reniega del estruendo.

En la palabra despierta el reclamo hacia un Dios que no logré dilucidar si era, el cristiano con el que se conforman las almas nobles, o uno que va más allá del relato complaciente. Sé ahora, que a Enriqueta le gustaba la vida porque sus poemas están llenos de presencias vitales, de recuerdos, de la gente que habitó su vida: la familia, amigos, los amantes, la hija. Seres con existencia palpable que a través de la palabra forman un entramado singular en la poética de Ochoa.

Yo me quedo con esa voz natural que reclama y ama, que desea arrebatar el grito, y agradecer al mismo tiempo. Yo me quedo con la voz de quien encontró en el silencio toda la potencia de su aullido, pero no hablo de un grito violento o que contenga reclamos. Me refiero a una voz sosegada que casi rumora grandes descubrimientos, que silba y arrulla para la vida, para que la vida la escuche. Esa voz, que tranquila demanda toda la atención porque sabe, está segura y es firme en ello; se sabe dueña de secretos que deben decirse como si se hiciera cosquillas al viento. Acompaño estos apuntes con una breve muestra del trabajo de la poeta mexicana:

 

Para evadir el cierzo
de la muerte que llega

Para Martín Reyes Vaysade

De ti lo habría amado todo:
tu cabeza como luz de topacio hasta el hastío,
el llanto, la caricia, la palabra brutal,
la soga que amansara mis ímpetus cerriles,
y sobre todo el hijo…
Ese mar
que juntara la turbulencia brava de nuestras avideces;
ese mar donde irían haciéndose profundos
de ternura los ojos.
Pero ni tú ni yo vivimos ese momento propicio para amarnos.
De paso en paso, un abismo,
en cada oreja, una espina,
en cada latido, un monte de zozobra
quebrantando el resuello.
Y de qué sirve odiar, forzar,
hacerse añicos dentro,
si todo es ir buscándonos dentro,
hasta en el amor, buscándonos,
arropándonos para evadir el cierzo
de la muerte que llega.
Lucha por subsistir,
por mirar nuestro polvo crecerse en otro polvo
para encontrar de nuevo la oquedad amorosa
que libre a los sentidos
de la asfixia más pura de la muerte:
la soledad.

Pero hay quienes nacimos para morir en nuestro propio cuerpo.
No hay puertas. No hay ventanas.
Las ventanas incitan a saciarnos;
las puertas nos liberan,
más no hay puertas, ni ventanas.
Hay la fiebre en los ojos
que ve tras de la luz, estremeciéndose.
Hay la sangre a galope.
El desvaído paso recorriendo las calles aturdidas
de sinfonolas, magnavoces, estridencias de claxon…
Y el viento barriendo hojuelas doradas de elote
en el mes de junio.
Y la fresca respiración de un cine,
donde ruedan botellas de Coca-Cola
y envolturas de Milky Way,
y la arena caliente del aire sofocado,
y el amor… ¿dónde?
Y los amantes… ¿dónde?
Y tú, amor, viento, canto… ¿dónde?


Lo que más amo, lastimo

Dejo caer el látigo duro de mi voz
y lo que más amo, lastimo.
Dejo caer la ola súbita de mi ira
en cada palpitación
y lo que más amo, lastimo.
Dejo caer mi dignidad herida,
como bolsa de hiel que se revienta
y lo que más amo, lastimo.
Saco la frazada de mi amor
-a mordiscos, a puntapiés despedazada-
y te quiero cubrir,
se te clavan sus puntas de hielo desdentado,
aúllas de dolor
y yo te amo,
te quiero cubrir, ponerte a salvo
de los colmillos negros de la vida.

Herencia

A los abuelos paterno y materno les debo mi arrebato por un mundo que, entre toda la familia, sólo yo compartía: el de la poesía.

El papá de mi padre fue un minucioso conocedor de los clásicos castellanos, no porque fuera profesionista, él era carpintero de los altos vuelos y trabajó siempre para los jesuitas. Cuando llegaban los días de pago, pedía que le descontaran algo de su sueldo y, a cambio, le permitieran leer por número de horas en su biblioteca, y le contestaran las preguntas que sobre estas lecturas tuviera que hacerles. Los jesuitas aceptaban, lo querían bien, y así el abuelo se sumergía en los clásicos castellanos, en sus tiempos libres.

Mi abuelo materno, en el campo, era la poesía misma en sus pensamientos y en sus actos.


Alguien debe llevarte al centro
de todas las galaxias

Querida Norma Jean:
ovillada en el horror, desprotegida,
no debiste despertar en la memoria de Marilyn
con to orfandad mordiendo el centro de la soledad
y tus seis años violados,
ni mirar el tobogán oscuro, en espiral,
socavado por la locura en donde resbalaba la mirada perdida de tu madre.
No hubo tronco que resistiera el peso de la hoja que fue tu vida,
inflada de desconcierto, explotada con el símbolo del sexo.

Ese punto psíquico
que más profundamente te dolía.
Pequeña mía: yo recojo tus lágrimas,
recojo los vacíos
por donde se precipitó tu ser hacia la angustia.
Alguien tiene que resarcir esa ingenuidad lastimada,
sin germinar tu vientre,
los escapes aturdidos del alcohol,
todo eso que fue tu fuga.

Alguien debe llevarte al centro de todas las galaxias,
ojo infinito de donde exhala la vida,
y a donde entrarás radiante de hermosura,
con el ropaje silvestre que tú amabas.

Adolescencia

Voy deshojando sueños
sobre la hierba descalza
de una adolescente.

Es la hora de la indagación,
de la magia sorpresiva,
del desorden en las filas hormonales.

La hora del músculo fértil
y el ondulante paso femenino
en que una turba alada
asciende las escalinatas del primer amor.
Entonces, oscuros laberintos embrollan los senderos.
Así nos derrumbamos por el golpe
de una decepción temprana.
Y sin embargo,
nunca serán más bellos los paisajes,
la luna, la comba nocturna goteando estrellas.
Esa vital pulsación
que nos conduce por las aguas de lo exaltado.
De este mar emergen las palabras siempre, nunca.

Todo adolescente toca la entraña del misterio
porque se alimenta de amor.
Los rostros son continuos cambios,
son la ansiedad, el desafío, la locura,
el inefable gozo
el rostro mudable de los días;
las temperaturas de la noche, la mañana
y el atardecer juntos.

Nadie sufre tanto como un adolescente,
nadie alcanza mayores raptos de alegría.
Son la médula que corre por la espina dorsal
de la existencia,
la luz arrodillada frente a la flama
de la esperanza.

Escrito por Adriana Ventura

Escribo poesía y ensayo. Entreno ballenas, cocino mal y soy autora de Geografía negra, Elogio a las rain boots que no tengo, Café Bausch y La rueca de Gabriel.