Todos los viernes en la calle Fray Camilo Henríquez improvisan un mercado. En casa esperamos que llegue ese día para comprar frutas, verduras, pescado y flores. La vez pasada fui con Ana y mientras le comprábamos limones a una joven haitiana otra vendedora se acercó y, de forma violenta, le pidió que se retirara del lugar porque, según ella, no dejaba a la gente caminar tranquilamente.

Los limones cayeron al suelo y la mujer insistía en que debía quitarse. Sentí frío, aguanté el aire y las costillas se me comprimieron, a mí, que también soy inmigrante y en algún momento de mi vida me tocó vender algo en la calle para sobrevivir en un país que no era el mío.

Le dije a la mujer que no había ningún problema porque la calle era lo suficientemente grande como para que las personas caminaran y además la joven vendiera limones. La mujer se fue renegando. Pagamos los limones y seguimos.

Mientras nos alejábamos la vendedora gritó: no quiero intrusos en mi país.

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El domingo Ana y yo fuimos al Museo Violeta Parra. En uno de los salones estaban proyectando el documental Bordadora Chilena. Y allí estábamos, Ana llorando emocionada y yo entendiendo que hay cosas que aunque uno quiera no se pueden explicar, mientras Violeta hablaba en francés.

De pronto Violeta estaba cantando, no recuerdo qué canción, mientras tocaba el cuatro. Me sentí en casa, si cerraba los ojos podía sentir el Caribe, la brisa del llano venezolano o a la cordillera muy cerca. Lo mismo me pasó cuando viví en Buenos Aires. Aprendí a sentir el tango como mío, a beber mate y hasta me hice hincha de Boca.

Cuando uno busca el significado de la palabra intruso se encuentra con: persona que se ha introducido en un lugar o reunión sin derecho o autorización.

A mí el arte me enseñó que no somos intrusos y que podemos caminar tranquilos sin que alguien piense que entorpecemos su paso. Que somos muchos, y que como canta Jorge Drexler: yo no soy de aquí, de ningún lado del todo y de todos lados un poco.

El problema va más allá de presidentes que construyen muros. El problema está en quienes ven en un acento diferente, el color de piel o la nacionalidad una amenaza.

Vaya a donde vaya, el Sur se va a sentir de alguna forma como estar en casa. Lo bonito de ser inmigrante es eso, ampliar la casa.

Escrito por Daniela Hibirma

Daniela Hibirma (Venezuela, 1991). Estudió Comunicación Social, trabajó en distintos medios de comunicación tradicionales, digitales y audiovisuales. Actualmente reside en Santiago, Chile.