«El FMI pondrá una oficina en Argentina» leo en el videograph y cambio ¿Por qué todos los periodistas que ocupan esa mesa son hombres? ¿Conducirá alguna vez un informativo alguien trans? ¿Por qué nadie dice nada sobre los femicidios que se producen cada 32 horas en Argentina?

Me acabo de acordar de un comentario que una vez escuché en una asamblea docente. Un profesor le decía a otro: «Ah, ¿me viste llorar durante el discurso? Sí, lloré como un marica». Después del fallido miró a las mujeres que lo rodeaban, mantuvo el silencio dos segundos, y remató: «No, yo no pienso así». El hombre, macho, fuerte, no llora.

¿Por qué se naturalizan ciertos discursos? ¿Qué sentidos, compartidos socialmente, nos llevan a condenar como violenta la frase «muerte al macho no es metáfora»? Y a asumir como simpática o admisible otra como: «Lloré como un marica». Un hombre mata a golpes a una mujer, un policía le pide a una víctima de violencia machista que demuestre que los golpes que tiene son por violencia de género, una mujer es asesinada por ser lesbiana; nos acostumbramos a los mismos comodines en los noticieros, en las gerencias y en los textos universitarios; y eso, por algún extraño motivo, no nos parece violento. Desnaturalizar significados implica evidenciar que están en puja con otros significados y que detrás de ellos siempre hay una lucha de poder por imponerlos. El lenguaje construye sentidos y estos configuran prácticas: El macho no llora.

¿Qué rol tiene el Estado en todo esto? ¿Es casual que legitime ciertas identidades sexo genéricas e invisibilice otras? Su operación apela a medios excluyentes.

Hay una idea de Weber que me interesa recuperar para pensar la noción de Estado y de género y es la tesis del autor sobre los conceptos colectivos. Weber (1992) sostiene que los conceptos colectivos -por ejemplo Estado- no existen como tales y agrega que estos «no son otra cosa que desarrollos y entrelazamientos de acciones específicas de personas individuales, ya que tan solo éstas pueden ser sujetos de una acción orientada por su sentido».

Dejar de pensar en el Estado como un concepto colectivo implica, en primera instancia, asumir la acción social, dejar el cómodo rol pasivo que nos presenta bajo la órbita de un ente institucional, externo y supremo, que todo lo controla, todo lo regula y todo lo sabe. Personificar a ese Estado, atribuir acciones a sujetos concretos que militan en pos de la desigualdad, que no hacen (teniendo las herramientas para hacer) o que son cómplices por su indiferencia, nos permite visibilizar las relaciones de poder en juego, y a partir de ello, luchar para implementar políticas públicas tendientes a mejorar la situación de los colectivos marginalizados.

La acción social y, con ella, la configuración de sentidos debe asumirse. Empecemos por entender que nuestros discursos configuran realidades y, a partir de eso, veamos qué realidad queremos construir: ¿Queremos una realidad entendida en términos binarios y heterosexuales que aproveche las marginalidades que ella misma construye? ¿O queremos una verdadera inclusión de la diversidad sexo genérica, en términos culturales, humanos, políticos, económicos y educativos? ¿Queremos seguir escuchando «lloré como un marica»?

Si el lenguaje produce los efectos que nombra, el discurso feminista debe ir más allá de los femicidios, sin que esto signifique minimizarlos. Pensar a dónde queremos llevar la discusión es fundamental. A dónde y a quiénes. Será necesario llegar a la calle, a las escuelas, a personas como esa que escuché en la asamblea.

Referencia bibliográfica:
Weber, M. (1992): Economía y sociedad. México: Fondo de Cultura Económica.

Escrito por Gabriela Manchini

Gabriela Manchini (San Carlos de Bariloche, Argentina; 1987). Licenciada en comunicación social (UNLP), periodista, profesora. Poeta de alma, cuentista de a ratos y comunicadora siempre.