La muerte. La malsana muerte. La lapidaria muerte, la que no tiene tiempo ni espacio, la que se aferra a las entrañas de las personas y que está presente en el corazón de las criaturas desde antes de que estas sean engendradas. Porque el humano, como queda grabada en la memoria, desde que nace ya está hecho para la muerte, entonces, ¿por qué le tememos? Es una pregunta que nos debe interpelar. Todo, en cuanto tiene vida, está sujeto a la muerte. Por ejemplo, el otoño ya es una evidencia con su colección de cadáveres que cae desde lo alto de las copas de los árboles o por aquellos velorios que aparecen a la vuelta de cada esquina. Hablar sobre la vida es, necesariamente, una connotación para hablar sobre la muerte.

Un viejo amigo poeta quería escribir un ramillete de poemas contra la muerte. Al igual que él, tantos otros poetas han querido realizar la misma ofrenda. Pero de todas formas todos mueren y el mayor terror no es la muerte sino el olvido.

Porque un poeta es leído más allá de la muerte, incluso la muerte puede leer sus versos. Pero el olvido, ¿quién recupera el olvido y el tiempo perdido? ¿Quién tiene la posibilidad de extraer a ese genio del espacio límbico donde yacen sus memorias? Un epitafio, una lápida, una carta escrita a mano, tantas realidades y tan solo un deseo: no dejar de existir.

La muerte, la insana muerte. La que va secando los pétalos de las flores y desgarrando el pellejo de los animales. La muerte que se presta como decoración sobre la cual se colocan ofrendas mortuorias y plegarias en varios idiomas. Así es la muerte. La penitencia mayor. Pero este es un problema propio del occidente, donde la muerte se transforma en una crisis personal y colectiva, donde el temor a cerrar los ojos y no despertar. ¿De dónde parte este miedo? ¿Del sujeto que muere o del espectador que aprecia el acto de morir? Es un sistema complejo donde las leyes físicas y matemáticas no tiene injerencia. La fe cristiana nos arrebata de la muerte y nos promete la vida eterna. Pero ¿la vida eterna será igual o una simple monotonía de regocijo sin búsqueda? Es una inquietante pregunta. Pero el valor comprensible del pensamiento cristiano es que la muerte no es un final, sino una puerta. Que el alma no se extingue como llama, sino que prosigue en su rumbo. Este pensamiento no es fruto de siglos de estudios medievales, sino es la propia revelación en una zona olvidada por la vida, la zona que da paso al Asia y a los rincones olvidados por la memoria.

Es interesante apreciar el acto de morir en otras culturas. Por ejemplo, en Japón, el cuidado por el cuerpo del muerto es un rito ancestral, donde hablar de muertos es una actitud reservada, casi por piedad, casi por temor tradicional. Pero el cuidado del cuerpo es ancestral, es sacro, es una actitud donde no se pierde el sentido estético de la forma ni de la existencia. Elías Canetti tiene entre sus ideas y escritos ese claro rechazo contra la muerte, ¿por qué? ¿Cuál era el problema de morir? La muerte es natural al hombre. Cada día mueren cierta cantidad de células, pisamos frescos follajes de yerba en el parque, vemos que un gato caza ratones o que siempre hay alguna carroza fúnebre que pase por las ajetreadas pistas de Lima.

¿Cuál es temor a morir?

Los orientales no poseen ese temor. Poseen un respeto, una concordancia. Una memoria por el benefactor fallecido. Un recordatorio que alza la voz contra el olvido y que, sin embargo, se sigue escuchando un corazón latir en los tímpanos del tiempo.

Porque la parca siempre es un fantasma vestido de negro bajo los umbrales del otoño. Siempre dejando a su paso el sendero con hojas marrones y con el último aullido de los lobos. Pero la muerte no es un sendero que da por finalizado el camino. Sino que es puerta abierta que da libertad del laberinto de vivir, de tomar decisiones, de ahogarse entre vasos de licor y malas costumbres. La muerte es una oportunidad donde los niños pueden reencontrarse con sus padres y donde el colibrí podrá beber del néctar de aquella flor que dejó pendiente en la pasada primavera.

La muerte es un canto gregoriano donde se alzan las voces a los dioses. Donde las nacionalidades no son revestidas por banderas, sino que todos los idiomas se unen en un solo canto: un canto para la vida. Por eso la muerte es más asertiva que Dios: no distingue las diferencias, acepta a todos por igual. Hablar sobre la muerte es necesariamente hablar de una experiencia de lo sublime, desde el argot kantiano de la belleza. La experiencia de la muerte nos conmueve e interpela, nos arroja desde lo alto de un hotel y nos empuja a penetrar en las entrañas del subsuelo. Ahí, donde ya no llega la luz, llega el halo de la reminiscencia platónica. Un recordatorio de aquello que fuimos antes de perder las alas, antes de perder la visto y el resto de los sentidos. Hablar sobre la muerte es un tema que ya no es tabú, sino que se ha transformado en una conversación íntima entre los grandes ideales humanos.

La muerte nos permite cuestionarnos sobre nuestra propia existencia, sobre nuestro propósito. Nos abre las puertas para contemplar el basto universo de ideas que quedaron inconclusas. Hablar sobre la muerte es escribir un poema y esperar que este sea leído por más humanos.

La muerte es, posiblemente, el más sutil de los versos de Dios y de la humanidad.

Porque si la vida es una poesía, un poema que está por ser revelado; donde podemos interpretar a la vida desde una visión fenomenológica, podremos comprender que el papel de la muerte es de hacer de aquel verso que le da fuerza al poema. Ser aquel verso que le da estructura y coherencia, que sea el corazón de la composición y, lo más interesante, es que ese verso es distinto para cada ser humano, pues cada uno posee una vida distinta y poseerá una muerte igualmente de diferente. Puede morir en la pacífica alcoba de su pieza, mirando y contemplando el pasar de los años, rememorando sus hazañas y conversando con su descendencia. O podrás morir con aquel ímpetu juvenil, dejando huella y heroísmo en el camino. Permitiendo que los saduceos y los escribas comienzan a componer relatos en favor de él o que se gesten grandes epopeyas. La tragedia estética que nos presenta Hesíodo y Homero. La cumbre de esta disyuntiva es Aquiles y la muerte que le espera.

¿Dónde morir?

¿Cómo morir?

¿Por qué o por quién morir?

Preguntas que se responden en el último instante, que se responden con aquel suspiro que arrebata los últimos pétalos de una flor que se remece con el tiempo. Las dádivas ya no son necesarias, menos los premios o la ropa. Quien muere, nada se lleva. Ese pensamiento cambió con el paso del tiempo. Por ello, Caronte se habría declarado en huelga al ya no recibir las monedas de plata o quizá los vikingos ya no hayan poseído los barcos suficientes para surcar los mares del inframundo. Hay tantas connotaciones e interpretaciones con respecto a la influencia de un mundo paralelo donde los muertos recuerdan a los vivos. Porque en este mundo, los vivos dicen recordar a sus muertos, pero si uno visita los famosos museos – cementerios que existen en Lima podrá apreciar lápidas vacías y flores secas. Podemos recrear el camino de Dante a través de los muertos, abrazando las historias que nos cuentan, que nos aman.

Los únicos visitantes a los cementerios son los gusanos y los que roban cuerpos. Ya no hay memoria para tantas personas. Los hijos recuerdan a sus padres y a sus abuelos. Los padres recuerdan a sus hijos que se le adelantaron. El gobierno se acuerda de aquellos que llama héroes, pero que no tienen el gusto de saber qué más ocultan detrás de sus vidas. La suscitada opinión pública incluso juzga al hombre después de morir. Sin saber el pormenor de su vida o de sus acciones. Existe la muerte como una puerta para salir del laberinto, de ese caos interno que acongoja el corazón de uno. Sin embargo, la gran duda es cuándo morir. Porque morir no es una elección que podamos tener en las manos, aunque así pareciera. Porque no hemos elegido vivir, tampoco podemos elegir morir. La dificultad sobre la muerte es que ella debe llegar sola, sin avisar, sin aturdir. Con ese proceso natural y estético que se forja del tránsito entre la vida y la muerte.

Porque el poeta que aprecia la caída de las hojas, escucha crujir las ramas secas de los árboles, que aprecia el último suspiro del lobo, logra componer un poema tan cercano a la vida misma como misma es la muerte entre las manos del artista. Una forja ancestral que une ambas realidades y las plasma en alguna pintura con el cielo estrellado. Porque el artista, de todos los hombres, es el que mejor entiende a la muerte. El artista comprende los designios de la muerte y la abraza, para que no se sienta sola, porque hasta la muerte posee ese vacío que provoca la soledad.

El artista es capaz de asesinar al verdadero miedo de los hombres, ese miedo al olvido, a que su alma desaparezca y quede en el limbo. Porque toda obra artística que hable sobre la muerte siempre será un grito desesperado en favor de la vida. Pero de todos los artistas, el poeta tiene cierta gracia especial para entender a Dios con su figura poética de la muerte. Siempre tiene ese “don” que atrapa a las palabras adecuadas y la muerte ya no sigue siendo la parca que nos intimida, ya no es esa osamenta sonriente y silenciosa que desdibuje la esperanza en el corazón humano.

Ahora, la muerte, se transforma en aquellos árboles secos que darán paso a un frondoso paraje verde donde germinarán nuevos escritos, nuevos humanos, nuevas vidas.

Escrito por Emilio Paz

Emilio Paz (Lima, 1990) Profesor de Filosofía y Religión, egresado de la Universidad Católica Sedes Sapientiae. Tiene publicados “Septiembre en el silencio” (Club de lectura poética, 2016) y “Laberinto de versos” (La Tortuga Ecuestre, N°394, 2018). De igual manera, posee poemas y cuentos en publicaciones de Perú, México, España, Argentina y Costa Rica (El Narratorio, La Guardarraya, Revista Virtual Quimera, Monolito, Cuenta Artes, El Bosque, Ibidem, Primera Página, Liberoamérica, antología de poetas iberoamericanos, antología de la Sociedad Peruana de Poetas, memorial de las Batallas del desierto, el Círculo, entre otros). Ha ganado el “Mes de las Letras” (abril, 2017) de la Fundación Marco Antonio Corcuera y participado en diferentes recitales del Cuzco, Paracas y Lima; destacándose el XXI Festival de Poesía “Enero en la Palabra” (Cuzco, 2017), el 2do Festival de Poesía de Barranco (Lima, 2016), el V Festival Internacional Primavera Poética (Lima, 2017). Ha dictado el taller de lectura poética titulado “La vena de la inspiración” para el Centro de Estudiantes de Literatura - CELIT de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y ha participado del Congreso Internacional de Filosofía “Las razones de la estética”, organizado por el Grupo de Investigación en Arte y Estética de la Pontificia Universidad Católica del Perú (GAE – PUCP) con su ponencia “Estética y educación: La función pedagógica de la estética desde la experiencia del encuentro” . Actualmente dirige el blog “El Edén de la poesía” (https://edenpoetico.wordpress.com/).

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