Leo la presentación de Inés sobre Cecilia Pavón. Cecilia Pavón es una escritora, traductora y gestora cultural argentina. O, a lo mejor, no podría ponerla en estas categorías de Wikipedia. Según las diapositivas, Inés tomó mate con Cecilia Pavón. Me pregunto sobre el ritual de compartir una bebida. Mate. Inés trajo mate a mi casa hace un par de semanas. Por motivo de la llegada del necesario descanso del Thanksgiving, frente al que los gringos no dan el brazo a torcer y prefieren matarse todo el semestre sin festivos y sin pausas a sacrificar marcar esta festividad como la más importante del semestre, hice una chocolatada. Chocolatada, en mi país, es una fiesta de chocolate hecho en olleta con molinillo. Olleta es una olla-jarra y molinillo es un molino de mano, pequeño y portátil. Mate es otra cosa. Aquí va, señores gringos, que no todo al sur de la frontera es lo mismo. El mate es popular, por lo que sé, en Argentina y Uruguay, especialmente. Inés trae un vasito plástico donde pone la yerba. Luego le agrega agua muy caliente. En teoría, en lugar del vasito se usa un cuenco hecho de un fruto vacío, pero qué es ese vaso plástico sino lo mismo, en esta era del consumo. Es decir, a Inés le gusta más el vasito y le pone ese pitillo de ellos, ¿bombilla?

Durante un tiempo trabajé en un taller de té. Me había obsesionado con los procesos rituales de la preparación y consumo de ciertos alimentos. En especial la camellia sinensis. No, señores. El té no es cualquier cosa que se pone en agua caliente y suelta. ¿Dirían que su café es un tipo de té? Ah, pues ahora ya saben. El té solo viene de la camellia, que es una y muchas. A lo Whitman: contiene multitudes. De ahí que haya tantos tipos de té. No el de durazno, ese no es un tipo de té. Blanco, amarillo, verde, rojo, azul, e te ce. Y luego está el modo en el que se hace, que le da particularidades, como el Chai. Acá en Iowa City y en Bogotá el chai es lo mismo: un polvo que se saca de un tarro enorme y se mezcla con agualeche. Dios nos perdone. Excepto en los restaurantes de la India. Y, quisiera decir, en mi casa. Pero mentiría. En mi casa es apenas té negro con especias en agua con chorro de leche de almendra. Viciado, pero menos pop que el chai latte. En mi opinión, más rico.

El mate no es té. El modo de tomarlo es otro. Y eso me inquieta. Compartir el mismo recipiente y compartir la misma bombilla. Cruce de palabras es cruce de fluidos es cruce de tiempos. Entonces los que tomamos chocolate también rotamos los pocillos, que no hay muchos, y ya ninguno le pertenece a alguien en particular. Excepto el de Jose, que tiene hielo. Jose no toma bebidas calientes, por ley. Tampoco toma bebidas alcohólicas. Entonces socializamos: otros rituales que deben combinarse. Antes era tomar coca-cola dietética pero eso también fue suspendido. No sé qué ha decidido pedir ahora porque no hemos salido desde su resolución de Thanksgiving: no más a la coca light. Yo tampoco sé qué voy a tomar ahora que no le puedo robar de su gaseosa.

Mi gato está tendido sobre la rejilla del calentador, pésimamente ubicada a la entrada de mi pieza. Iowa City es inclemente: requiere de tributo el desgaste diario del clima al que debemos someternos. Incluso de parte de él, que ni sale, pero que por mi terquedad y por mi insuficiencia terminó viviendo conmigo en esta casa vieja que es más tibia en unas partes que en otras. Ahora, por ejemplo, mi brazo derecho está helado y me duele. Es el brazo más cercano a la pared exterior. Hemos detectado, con una pistola medidora de calor (oh, futuro), que la temperatura varía radicalmente en esa pared. La casa es un centro caliente de bordes helados. Es, tal vez de esa manera, más cercana a un mundo. A ser el mundo. Pienso en mi casa bogotana. Creo que en ella también ciertas partes cambiaban de temperatura. No puedo estar segura pero es muy posible. Una vez fue tan interesante el desarrollo del microclima interno que de una esquina del techo salió una planta. Planta es mucho decir. Comenzaron a brotar unas ramitas, y una sola flor que parecía ya haber nacido marchita. Ante esto, la casa lleva varios meses en reparaciones para curarla de la humedad que hace que el agua salga de sus paredes. O las cosas quedan atrapadas o se escapan pero parece que con las casas viejas no hay relaciones equilibradas interior-exterior.

Dice Pavón “¿Ha sido Dios el que nos ha dado esta mañana,/ o he sido yo la que me las proporcioné con mis buenos deseos y mis buenos hábitos?”. El sol entra limpiecito y distrae. Es algo que siempre me ha hecho sentir extraña en el invierno: el sol y sigue ese frío penetrante. Es la costumbre de un sitio donde no hay invierno o se le dice invierno a una temporada radical de lluvias que se llevan por delante lo que tengan a su paso, pero que perfectamente podrían ser llamadas “lluvias de temporada” y no “lluvias invernales” porque no tienen que ver, necesariamente, con una estación, en el sentido regular del sector al norte y sur del trópico. Aunque tienen en común que invernal suena mucho como infernal: en el fondo tiene que haber algo más que una semejanza sonora, Dante.

Me dedico al encierro. La actitud monacal es apropiada para la época. Para el clima. Me da culpa no salir en los días “buenos”. Pero acá, ahora, no puedo sentir culpa. Es apropiado guardar abrigo. “Tengo la alegría de que nadie me espere en mi casa/
la bendición de que los seres amados/descansen lejanos/en mi corazón”. Apropiado que nadie me espere pues el que se queda es el que espera. Hoy: el gato y yo. Y como ambos siempre nos estamos yendo y regresando juntos entonces jamás nos fuimos. Aunque cuando salgo a la universidad el gato piensa: “la bendición de que los seres amados/trabajen lejos/por mi manutención”. Es necesario. Me toca clausurar mi clausura las mañanas de los lunes, miércoles y viernes. Aguantar las dos semanas que quedan el ritmo de los otros rituales que me resultan menos fascinantes pero que son los que me permiten permanecer con vida, rendirme ante la constancia de las cosas otras que no son mis cosas (por lo demás, bastante inconstantes), y admitir que justo acá, ad-portas del fin de semestre, he empezado a ajustarme a esta existencia.

Escrito por Laura Andrea Garzón G

Poeta en proceso. Literata y maestra en arte. Escribe para vivir. Investigadora de la cotidianidad. Jardinera, panadera y encargada de la casa. Come con cuchara los domingos, lee cómics a deshoras y viaja cuando nadie se da cuenta.