El conceptismo apareció en la literatura para crear todo un mundo intimista. Debido a la decadencia causado por el declive político, social y moral, se produce un repliegue, un recogimiento de la propia conciencia y esta es, precisamente, la definición de la parte  espiritual del conceptismo. La paradoja – un arma de doble filo- acompañado de antítesis, paralelismos y juegos de palabras, creó un estilo propio capaz de expresar una infinidad de matices.

En el conceptismo, cabe utilizar desde los más elevados pensamientos hasta las ideas más humorísticas y socarrones.  El concepto hizo realidad, todas las posibilidades de expresión que pudieran darse. A pesar de esto, hay que señalar que la expresión conceptual no es una novedad aportada por el Barroco, ya que la lírica cortesana española del siglo XV ya abundaba en ellos. Asimismo, los cancioneros también tomaron el concepto, aunque en su acepción primigenia y etimológica, para poder sorprender a los posibles incautos y separarse de la poesía vulgar. Puesto que todo cuanto escribían era para cortesanos, estaban dominados por una preceptiva cerrada, utilizaban un lenguaje oscuro y antitético. Así pues, para poder expresar las mayores abstracciones y las más absurdas nimiedades, tuvieron que recurrir al concepto.

El conceptismo también se encuentra en la base lingüística de la literatura espiritual; tanto en la lírica de arraigo cortesano y cancionero, como en la prosa por la elevación de la doctrina. Durante el Barroco, el conceptismo fue readaptado y utilizado con sentido filosófico, que lo sometió a una técnica rigurosa y lo llevó a extremos inconcebibles. El conceptismo obligó a los lectores a meditar, a volver sobre lo leído para desentrañar el pensamiento o el significado que la frase encerraba.

El lenguaje de Quevedo es ingenioso y esta ingeniosidad tiene lugar cuando existe la crisis, cuando se aproxima el ocaso de una sociedad. Así, los términos son utilizados de forma brusco, para denotar el problema subyacente en la forma. Es este el momento en el que se empieza a dudar del sentido de la ciencia y esto hace que la descripción no se base en lo sensorial ni en lo intuitivo, sino en lo ingenioso. Como ejemplo tenemos la descripción del dómine Cabra, que no es  más que la personificación de una figura alegórica: hombre-avaricia. El mismo nombre conduce a una idea indicativa y preconcebida. La figura del personaje se ve como una suma de rasgos separados y esa paulatina aparición de rasgos descriptivos, es lo que hace de él a un autómata con un fin cómico. En la descripción del dómine Cabra, se sigue el modelo renacentista de la composición: cabeza, rostro, porte y aseo, indumentaria y aposento. La enumeración de las distintas partes del cuerpo que conducen a una actitud y maneras psíquicas, componen la imagen de la avaricia y el hambre. Al descubrirse de esta forma, no tenemos la imagen que podría conformar un organismo interno, sino una ilusión; algo totalmente opuesto al realismo. La contemplación es sustituida por el ingenio, la combinación y la interpretación. El uso que se le da, es de la apariencia únicamente. Así, en vez de describir al personaje llanamente, se alude a su comportamiento para indicar cómo es: «duerme de un lado, por no gastar.» La suma de rasgos de conducta a un mismo denominador no intensifica el conjunto, sino que recarga la descripción de las palabras. Quevedo, a través del habla consigue reproducir una sensación anímica dentro del autómata descrito. No conocemos el alma del dómine Cabra, no sabemos el porqué de su conducta. Todo él es ficción y su alma, ideal e ilusión. Cabra es el nombre del que suministra la comida, los pupilos comen carne de cabra, es decir, comen un poco del nombre de su maestro. La obra busca la lectura de un público casi escritor: crítico, que cansado del lenguaje afectado y cultista, busca el gozo en la burla. El verbalismo no es pues gratuito, sino plagado de astucia e intención. Este lenguaje sirve a la acción. Esta tesis de la ingeniosidad del lenguaje de Quevedo, está mantenida por Leo Spitzer en un estudio sobre el estilo de Quevedo en El Buscón. Este lenguaje instrumental y pragmático se complementa con el lujo verbalista. Apunta a lo cómico. Los rasgos del carácter carecen de la articulación necesaria para una descripción orgánica, individualizada. Otro de los ejemplos es El Buscón, donde resaltan los regionalismos, las interjecciones, los cotos soeces, el habla cruda y las irreverencias, ajenas en muchas ocasiones a la marcha del relato. No se persigue la verosimilitud, sino la condensación para causar el efecto cómico. Este es uno de los innumerables detalles de ese lujo verbalista. Un cúmulo de pormenores grotescos que vienen a cubrir y agitar la abstracción: juegos, ocurrencias y burlas son el contraste entre el estilo ínfimo y la parodia del estilo sublime.

 

Bibliografía:

  1. Raimundo, Lida. Estilística: un estudio sobre Quevedo.
  2. La novela picaresca del siglo XVII. LA NOVELA PICARESCA DEL SIGLO XVII (9)

Escrito por Lia Katselashvili

Nací el 29 de enero de 1988 en Tbilisi (Georgia). Desde pequeña me apasionaba la lectura y acabé estudiando Filología hispánica. Tengo publicados dos libros “Diccionario etimológico de nombres y palabras bíblicos” (2008) y “El “catálogo de las lenguas del mundo” del abate Lorenzo Hervás Panduro y los caldeos-kartvelios de Zenaare” (2014).