Lina Meruane (1970) se perfila como una de las narradoras actuales más importantes de Chile y Latinoamérica, y se encuentra en un momento de gran productividad. Acaba de publicar la que es su quinta novela, Sistema nervioso (Random House) y también el poema-ensayo Palestina, por ejemplo (Libros del cardo). Sumado a eso, este año amplió y reeditó Contra los hijos (Random House), publicado originalmente en 2014, y su novela Sangre en el ojo, de la que escribiré a continuación, fue traducida al alemán.

En Sangre en el ojo, novela con la que obtuvo el Premio Sor Juana Inés de la Cruz en México y consolidó su reconocimiento internacional (el año anterior había obtenido en Alemania el premio Anna Seghers), Meruane retrata el instante en que la renuncia y el compromiso que se hacen presentes en toda relación amorosa (independiente del grado en que se manifiestan y de si se trata de acciones conscientes o no) son concretos, están pactados y en marcha. ¿Hacia qué? no siempre se sabe. Pero a veces pasa algo que hace necesario dejarlo en claro. Como en esta historia, en el que ese algo, si bien previsto, empuja a sus protagonistas, Lina e Ignacio, hacia interrogantes peligrosas si no son tanteadas con debida lucidez; ¿hasta qué punto somos capaces de amar?, ¿cuál es el límite en el cual la felicidad de quien amamos y la propia comienzan a restarse, a quitarse fuerzas la una a la otra?

Al igual que Lina Meruane, la protagonista del libro es una periodista que acaba decantando por la ficción, y si bien se llama Lucina, firma sus libros como Lina Meruane, en un guiño autoficcional interesante, y ambiguo; la escritora, en su ficción, opta por ser a su vez –a través de su nombre real– ficción, una careta de su personaje. También es la voz que narra, en primera persona, el proceso de la pérdida temporal de su visión al estallar las venas de sus retinas, atolladero en el que desemboca una diabetes que arrastra desde la niñez. Seis meses antes, al acercarse a Ignacio por primera vez en una conferencia, ella lanza la posibilidad como su manera de advertirle, antes incluso de cualquier contacto: «Ignacio, abre los ojos, todavía estás a tiempo» (31). Pero ahora ya nada de eso importa: la ceguera avanza, y una advertencia que podría haber permitido inclusive aires de coqueteo, ya no tiene peso.

Uno de los puntos fuertes de Sangre en el ojo es su atmósfera. Voy a hacer una comparación un tanto antojadiza, pero que creo sirve para ilustrar este punto. En el cortometraje I’m Here, el director Spike Jonze muestra, a través de una fábula semi futurística, el doble filo de la entrega amorosa, narrando el pequeño romance de una pareja de robots. Uno de los protagonistas, Sheldon, es capaz de sacrificar partes de su cuerpo al ver que su amada Francesca, por descuidos, pierde las suyas; una pierna, un brazo, etc. Una visualización inocente podría llevarnos a decir «qué gran muestra de amor», y frases de ese tipo. Pero el cortometraje tiende una trampa; edulcorando hasta el extremo un sacrificio por el otro que, llegado un punto, deja de ser sano, Jonze produce cierto desasosiego en el espectador, pues ni la suave iluminación del film ni la romántica banda sonora hacen desaparecer la toxicidad que envuelve a la pareja, y, de hecho, la resaltan.

Meruane, en su novela, opta por un procedimiento totalmente opuesto, pero que consigue el mismo efecto. Lina (narradora), a través de su mundo interior (sus pensamientos constituyen gran parte de la novela), deja ver que es consciente de la dependencia que Ignacio ha desarrollado hacia ella, y de hecho gusta de ponerla a prueba; extrema las dificultades que su estado acarrea a la inminente mudanza que preparaban hace tiempo, al itinerario vacacional en que pretendían visitar a la familia de él en Argentina y la de ella en Chile (terminan por viajar separados, cada uno a su país, y si bien luego Ignacio viaja a Chile a recoger a Lina para volver a Nueva York, donde viven, esta impone un voto de silencio durante el tiempo en que no están juntos) y a las nuevas rutinas que deben enfrentar. Así, la pareja –y la novela– parece hundirse poco a poco en una niebla de turbiedad que todo lo tiñe: las relaciones familiares, el sexo, y el futuro. El estilo en que se despliega la narración, de párrafos densos y extensos, separados solo por subtítulos, y de una cadencia que avanza a sobresaltos y transmite la conmoción interna de la protagonista, también contribuye a la constitución de dicha atmósfera.

Un detalle: no estamos ante una historia de amor, o no solamente. Siguiendo la línea de libros anteriores, Meruane retoma el tema político, la enfermedad (que, me parece, es el eje que los une a todos), la crítica a la literatura institucionalizada y los roces que caracterizan a toda relación familiar, y es cuestión de prestar atención a su trabajo de no ficción –en donde escribe sobre la situación de Palestina, crea polémica al hacer frente a quienes aún ven en la mujer una fábrica de hijos y rastrea la aparición del sida en la literatura latinoamericana– para ver que la autora conoce el mundo por el que nos hace transitar.

Sangre en el ojo tiene momentos de gran belleza, y su carácter más convencional en comparación con otros libros de la autora no le resta fuerza ni interés. Cuando la leí por primera vez, me fijé sobre todo en el cómo la enfermedad puede llegar a condicionar nuestras relaciones interpersonales, y es que la novela da pie forzado a preguntarse ¿y si esto le pasara a un cercano?, ¿a mí?, ¿qué sucedería con los vínculos? Luego, al releerla, mi atención se fue hacia otras cosas; el fresco de un Chile reciente que no se condice con la memoria de la protagonista y que solo puede dar a conocer a través de lo que le dice el oído; la rabia y el humor ácido de su prosa; la crítica hacia la academia que pretende escudarse entre lecturas y teorías antes que hacerle frente a problemas concretos, reales. Y creo que aún puede encontrarse mucho más en esta gran novela.

«Solo que una cosa es hablar de algo, pensé yo, y otra muy distinta es de pronto abrir los ojos» (111).

Fotografía: Lina Meruane por Sebastián Utreras.

Escrito por Eduardo Bustamante

Eduardo Bustamante Fernández (Santiago de Chile, 1996). Escribe y dibuja. Estudia Licenciatura en Literatura con mención en Escritura de guiones. Ha publicado reseñas y artículos en un par de sitios web chilenos y ha resultado finalista u obtenido menciones en algunos concursos literarios, entre los que destacan el II Concurso Juvenil de Poesía Pablo Neruda (2014) y el XIII Concurso Literario Gonzalo Rojas (2016). Participó en el I Festival de Poesía Joven La Chascona (2017).