Ha tenido que pasar mucho tiempo para que (quizá) me viera (algo) capaz de hablar sobre La sangre de los otros de Simone de Beauvoir. Hay libros que te engullen y te aplastan, que no se dejan atrapar ni filtrar: se escurren de las zarpas del lector que pretende quizá decir algo acerca de él. ¿Raza, medio y momento de su escritura? ¿Raza medio y momento de mi lectura? La sangre de los otros se escabulle de cualquier tipo de objetivación. Se escabulle, en realidad, de absolutamente todo: parece que hasta de ser leída.

El segundo sexo, La mujer rota… los títulos de de Beauvoir resuenan pero La sangre de los otros es la obra fantasma de la tan preciada escritora francesa. Llegó a mis manos a través de la única edición que se ha hecho en España: Seix Barral, 1984. Esta edición, de hecho, fue una cesión de Ediciones Veinticinco. Es decir, la novela La sangre de los otros solo se ha traducido al español por Hellen Ferro, periodista y crítica argentina que falleció en 2011. ¿Por qué no se ha reeditado? ¿Por qué nadie se ha molestado en traducirla al castellano o al catalán?

Simone de Beauvoir, desde el existencialismo ateo, escruta, como en la mayoría de sus libros, los límites de la libertad y la responsabilidad individual.

La trama narrativa se desenvuelve a partir de la evocación  del pasado que hace Juan, un joven obrero que lucha en la Résistance, ante su amada moribunda, Helena, herida por un ataque reivindicativo. A través de la tortura y el sentimiento de culpa por haberla arrastrado hasta la revolución proletaria, Juan se ve intentando reconstruir su historia a través de una memoria un tanto proustiana: la memoria no es voluntaria pero se activa por un hecho traumático y no con uno vanal como el sabor de una magdalena en el té. El tiempo es desordenado, caótico, no providencial…

El relato, que trata de plasmar lo caleidoscópico de la mente, combina diversos puntos de vista: a veces narra Juan, a veces Helena, a veces lo hace un narrador en tercera persona. El texto se balancea entre un lirismo tan acentuado que es hasta doloroso y un objetivismo de los hechos que acaba por ser también doloroso. Se mueve entre la conciencia turbada del obrero — que descubrimos que no es en realidad un obrero «auténtico», pues su familia era burguesa y él decide renunciar a todo lo que tiene al darse cuenta de lo injusto del sistema – y la frivolidad de la primera Helena, presentada como una burguesita preocupada únicamente por conseguir el amor de Juan (cuyo componente morboso se acentúa por la diferencia de clase que, recordemos, en el fondo es inexistente).

De Beauvoir parece hacer una reflexión sobre la experiencia en sí misma: ¿No tiene Juan derecho a participar en la lucha comunista porque el azar lo hizo nacer en el sino de una familia de clase alta? La lucha que pasa inevitablemente por la experiencia es problemática y tiene el peligro de caer en el sentimentalismo espiritual romántico que ya se había superado en el siglo XX. La sangre de los otros va más allá.

Juan se atormenta porque sus acciones no pueden no involucrar a nadie: si se queda con la herencia de su padre, perpetúa el sistema y la explotación; si se une a los obreros y se hace sindicalista, anima a unirse a gente que podría morir; si se une a los obreros pero en silencio, decide no involucrar todo su potencial en ellos y que no consigan su objetivo antes. Juan se atormenta porque no consigue conocerse ni subjetivarse en un grupo: es un extraño entre los burgueses y nunca jamás será un obrero real. Busca su persona a través de los demás, de la alteridad, pero la imagen que le devuelven no le gusta. La sangre de los otros es con lo que pretende crear y conocer su sangre; su derramamiento es el derramamiento de la suya propia:

«“No es verdad. No soy yo.” Tenía ansias de gritarle esas palabras, cuando Helena me miraba con sus ojos llenos de admiración y amor. Sin embargo era verdad: era yo. Yo, que había vaciado mi portafolios sobre el escritorio de mi padre; yo, que había cambiado mis vestidos burgueses por un guardapolvo gris. Era con mi propia carne que ella componía este héroe cuyos recuerdos, pensamientos y sonrisas me pertenecían, pero en el cual yo no me reconocía».

El problema de Juan no es la lucha obrera ni el amor incondicional y clasista de Helena: el problema de Juan es su búsqueda incansable por la verdad de su identidad. En un momento en que todas las verdades de su alrededor están cayendo (el ejército nazi entra definitivamente en territorio francés y, tras mucho mirar hacia otro lado cuando atacaban los países vecinos, los franceses están aterrorizados) es imposible determinar quién es Juan: no hay Juan porque ya no hay yo. La verdad del yo pertenece al dogmatismo de la clase de la que él proviene; de la clase y el sistema que han provocado la situación en la que se halla; de la clase que cree haber hecho arder pero cuyos vestigios aún calientan en su interior. No hay Juan porque no hay lugar para las verdades cuando todo cae y nada se sustenta.

¿Por qué nadie se ha molestado en reeditar o volver a traducir La sangre de los otros? ¿Asusta, acaso, que las verdades caigan y que los libros lo desvelen? Esta reseña no pretende dar respuestas, solo generar duda.

«No se puede ser tranquilamente quien se es sin perturbar a otro.»

Escrito por Laura Benedicto

Nacida en Barcelona, España, en 1999. Actualmente cursa la carrera de Estudios Literarios en la Universidad de Barcelona, donde trabaja la teoría literaria y la literatura comparada. Además, forma parte del Círculo de Escritura y Crítica (CEC) y se inicia en las artes plásticas. Escribe en su blog personal laesenciadelaura.wordpress.com y fue ganadora del segundo premio en el Concurso Nacional Jóvenes Susurros de relato corto. Arte como único lenguaje en la vida.