Mientras el llanto y la ira emanaban incontrolables, imaginé, sin sentido, que ese espacio caliente y oscuro, en el que me sentí protegida, debía parecerse al vientre materno.

Ahuecada entre sus pequeños brazos. Sofocada, pero casi inconsciente de la vida; en medio de un silencio que no contenía nada más que mi propia voz afectada y mis muchos esfuerzos por acabarla; carente de movimientos ajenos, de palmadas desesperadas por confortar, del sentido de preocupación que, a veces de manera natural, y otras veces comprometida, te invade con un sollozo hermano.

Quizá por eso, por todo eso, fui capaz de lamentarme como lo hice, desprendida de la vergüenza por el rastro de lágrimas y mocos acumulado en su pecho.

Desasida del arrepentimiento.

Cautivada por esa sensación, en instantes, de absoluto sosiego, semejante a ese anhelo que se me extravía cada noche, ese en el que ni un solo pensamiento contamina mi deseo de un sueño sepulcral.

 

04 de diciembre del 2018

Escrito por Minerva Martínez

(Ciudad de México, 1992)