Recuerdo una ocasión en que, mientras regresaba de un viaje a Mérida, el camión se detuvo sobre un puente extraviado en algún lugar del estado de Veracruz a causa de una avería. A un costado, se alzaba un pequeño poblado de no más de treinta o cuarenta casas que habían sido construidas junto a un río; al otro, se extendía una gran porción de tierra inhabitada. No creo que estuviéramos tan lejos de algún otro poblado, de alguna ciudad grande incluso, pues el chofer tardó apenas unas horas en dar con una refaccionaria, comprar la pieza necesaria, regresar al puente y reparar el camión. En ese lapso tuvimos oportunidad de conocer a la gente del lugar y de comer con ellos: arroz rojo, frijoles negros, huevos fritos y refresco.

Pese a que no tenía un nombre definido (quizá por ser tan pequeño no había sido nombrado oficialmente), salí con la idea de que le llamaban Río del soldado y que la gente nadaba en aquellas aguas sólo en ciertas temporadas del año, pues su cauce crecía mucho durante las lluvias y la temperatura disminuía enormemente durante el invierno. Al menos la familia que nos recibió contaba que todos sus miembros habían aprendido a nadar ahí, pero procuraban no hacerlo regularmente.

Cuando llegó la hora de abordar el camión, nos despedimos de nuestros anfitriones y les agradecimos por la comida. Antes de partir, sin embargo, nos regalaron un vaso lleno de dulce de nanche a cada quien. Debe haber sido el peor dulce de frutas que he comido en mi vida. Pero, dado que me enseñaron a no desperdiciar los alimentos, lo llevé conmigo hasta que regresamos a la ciudad. Ya no recuerdo quién lo comió.

Es cierto que compartir la comida nos sitúa en una posición benigna y amistosa frente a nuestro acompañante, como lo sugiere la locución inglesa break the bread. Esta tradición judía de partir y repartir el pan antes de la cena ha devenido en una frase que muestra confianza, comodidad, ganas de mediar y resolver un problema y, además, explica una realidad: comer con alguien más implica conocer a esta persona y dejarse conocer por ella. Hace unos años, platicaba con mi ex-novia en un restaurante. Porque teníamos tiempo de sobra mientras esperábamos las alitas y la hamburguesa que acabábamos de pedir, le pregunté cuáles eran sus tres comidas favoritas.

“El mole”, me dijo sin dudarlo ni un segundo, “mole y tacos”.

“¿Así, en general?”, le pregunté, “El mole con arroz y pollo, me imagino”.

“Enchiladas de mole, pero sí, con arroz”.

“¿Y los tacos?”.

“De lo que sea”.

Aunque no se le ocurrió un tercer platillo, dijo que las porquerías como papas con salsa valentina podían estar en la lista, pero sé que no le hubiera molestado agregar la cecina salada o un postre como el paris-brest.

“¿Las tuyas?”.

“De niño me encabronaba mucho el olor de los sándwiches de huevo que llevaban mis compañeros de la primaria”, respondí enseguida, porque al parecer nunca puedo dar una respuesta corta, “pero me encantaban las tortas de salchicha que hacía mi mamá. Incluso después, cuando me empecé a preparar mi comida, llegué a pedirle que me hiciera una torta porque le quedaban mejor a ella”.

Tampoco pude hacer una lista completa, al menos no en ese momento, pero seguimos platicando del tema.

“¿Por qué preguntas?”

“Pues, mira, la verdad sí creo que al morir ves pasar tu vida delante de tus ojos. A lo mejor no toda, pero por lo menos las cosas más importantes, y se me hace que voy a ver uno que otro platillo por ahí”.

“Es lo más gordo que has dicho este año”, me dijo entre carcajadas.

“Es que ya ves que yo relaciono la comida con el amor”.

Me pregunto si la existencia de esta unión afectiva con la comida pasará por la mente de los condenados a muerte, es decir, si frente a la posibilidad de elegir su última cena, cada vez que alguno de ellos pide una hamburguesa con queso, una langosta, un helado de menta con chispas de chocolate, el condenado piensa que está empacando una maleta donde llevará escenarios específicos de su vida o si pensará, en cambio, qse trata del dulce de nanche con que el mundo le desea buen viaje. Tal vez la intuyan, aunque no hablen de ella. No ha de ser gratuito, por ejemplo, que exista una inclinación obvia por elegir comida frita o dulce como última cena, ni que Victor Feguer, condenado a morir colgado por cometer secuestro y asesinato, haya solicitado una sola aceituna negra con semilla. El 15 de marzo de 1963 por la mañana, después de pasar la noche en una celda custodiada por un guardia y un cura, Feguer fue llevado hasta la horca. Más tarde fue enterrado en una tumba sin nombre, vistiendo un traje proporcionado por el Estado. En uno de los bolsillos del saco llevaba la semilla restante de su última cena, porque, según comentó a los guardias, esperaba que después de su muerte brotara un olivo de su tumba. Fueguer esperaba también que éste olivo fuera utilizado como un símbolo de paz, tal vez porque fue la última persona en recibir la pena de muerte en el estado de Iowa.

Por recomendación de un amigo y para hacer conversación, solía preguntar a mis conocidos qué platillos escogerían para su última cena, en caso de que tuvieran la posibilidad de hacerlo. Las reglas eran simples: una comida en tres tiempos: una sopa o entrada, un plato principal y un postre. Aunque las respuesta variaron mucho en cuanto a tipo de alimentos, sabores, cantidades, nadie escogió algo que no conociera. Hubo quienes mencionaron una sopa azteca, carnitas, tacos al pastor, helados, pero nadie dijo: “Me gustaría probar esto antes de morir” o “Siempre he querido saber a qué sabe tal”. No les reprocho sus respuestas; pensándolo bien, en una situación como ésa resulta preferible tener una satisfacción final que arriesgarse a morir desilusionado. Habrá quien, por otro lado, crea en la vida después de la muerte y no quiera llegar con hambre y de malas al término del viaje, sea cual sea su destino. Supongo que, en todo caso, mi última cena consistiría en una sopa de cola de res, una hamburguesa con queso azul acompañada de papas a la francesa y un pastel de chocolate con crema de cacahuate. Eso sí, solamente porque uno nunca sabe, llevaría conmigo un itacate de dulce de nanche para unir culturas. ¿Qué tal que sí hay quien me reciba del otro lado?

 

Escrito por Ulises Granados

Ulises Granados (Distrito Federal, 1984) ha publicado minificciones, poemas, ensayos y cuentos en revistas como F.I.L.M.E., Deletéreo, La liebre de fuego, Primera Página, Lee+, Mígala y Punto en línea. Desde 2009 elabora el blog Antología sin poesía (www.antologiasinpoesia.blogspot.com). Es guitarrista de la banda de rock swing Cotton’s. En 2013, lanzaron Cotton’s, su primer EP, el cual reeditaron en 2016 con dos tracks nuevos. Es practicante de jiu jitsu brasileño y judo.

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