“Yo hago lo que quiero con lo que puedo” Dos poemas inéditos de Yanina Giglio

I. Metamorfosis ambulante

                Es tu historia,
la que quiero contarte. Es bueno,
es bueno ser
tomada
por
las cruces de la voz. Malsana,
eso sos.
No habrá otros personajes,
solo vos y yo: porque siempre es vos
y yo desde siempre en todos nuestros lados
agudos y anchos y mestizos. Siempre
somos vos y yo
repitiéndonos
en el infinito de planos distintos.

Te quedaste
pétrea
negra de tanta blancura,
bajabas
la escalera
como si el piso
no existiera,
rapaz en vuelo vespertino
y al llegar al cuarto
escalón
de la llegada un impacto
asesino
te convidó el origen
de lo vivo. Al oído internaste
esa voz absoluta. Los ojos
no escucharon, inmóviles autómatas
regresaron las pupilas
al instante eterno
de la codicia. Un tesoro al oído,
tengo que escribirlo, tengo
que hacer justicia con todo este
malentendido…

S(é) lo que venimos a hacer.
S(é) lo que estás por vivir,
el miedo. La certeza
de no legar más que errores:
agudos y anchos y mestizos.
Proclamar los errores para
corregirlos. Viniste a contar conmigo
y a corregir el relato,
hasta sanar la estrella.

El amor no se aprende. Es alverre. Se ama
desaprendiendo
se ama.

Porque tenés
forma de estrella. Todos tienen. Muchos años
después de caer por la escalera,
antes de olvidar que lo sabías todo. Que no habría secretos
entre el misterio infinito del ser y vos, te diste cuenta -en la playa-
que eras una estrella de carne.
El agua caliente de las cuatro de la tarde,
trópico de capricornio al norte,
te tiraste en el mar de lo que había sido esa nena
que volaba por las escaleras. Te arrodillaste,
el calor del sol abrió nuevamente
la mollera. En un pequeño charquito
habrían prececitos del tamaño
de tus pestañas. Los miraste turbia
clara lánguida y espesa
durante tiempos precámbricos.
Somatizaron juntos las respiraciones
pasadas. El dolor de tener que salir del agua
y tragar aire, ahogar la mesura
entre aspiraciones castas. Pero
no podrías decir a nadie
lo que escuchaste en la esclera.
No lo podrías repetir
porque cuando llegaste a subirla de nuevo
y agarraste el cuaderno,
no pudiste repetir nada. No sabías cómo
contar la historia. La historia universal.
Sal. Una. No.
No.
La historia de quedarse acá. Por eso olvidaste,
no pudiste escindirla en letras. Te fue
prohibido. Por eso olvidaste todo, por eso
te lo tengo que contar. Por eso olvidaste
que esa niña santa existió.

¿Qué vas a hacer con la impunidad del donido?
Solar y no domar al sólido sonido. Sí, ya sé
que soy yo quien da las respuestas, siempre
fue así, pero ahora más que nunca
no debería cuestionarte así.
Tengo que contarte la historia
de quién sos. Sí, muchos han luchado y muerto
por validar su identidad. Pero vos estás
a punto de morir de nuevo, y te gustaría
irte sin la etiqueta. Siempre escapabas
del ordenador de esencias y especies.
No ser
es también una identidad. No
quiero pelear.
Hablemos,
hablemos
de esto que te choca. Cómo
una civilización tan antigua no es más sabia, acaso. Por qué
una mierda plástica es la potencia del absoluto
si los secretos no destruyeron jamás. Lo injusto
es atonal. El canto es negro. Y es
alado. Y es la puerta fuerza más
brillante que oí. Reversificados
remolcan naturaleza. Tracción a cuerdas
espirituales, pléyades nuevas pléyades.

 

II. Te estoy hablando a vos

Respiro respiro respiro respiro res
estoy harta vas a buscarme vas a verme tragarte
quiero salir de la rueda quiero que termine ya. Pero si vos creés
que las palabras son hechizos que se hacen realidad, deberías
decir las palabras indicadas para que suceda. Pensá, pensá bien.

Miserable estas faltando a la verdad, a la moral
de tu arte. 
¡Mierda! ¿qué te metés?
Yo hago lo que quiero con lo que puedo.
Vuelve en tu cáscara, ruin. No podrás hacer
tu magia ya. No me indignes: vos vivís
gracias a mi magia. Estás mareada, ya no podés
seguir. 
Dejame seguir, yo te guío: uní las palabras
pero desde el ser, desde el pauer. Si lo hago, no voy a poder
destruirme, esta magia solo sirve para transformar. Pensalo
ya desde el verbo quiero, 
dijiste: quiero que termine ya. Querer y
ese deseo no se aparean. El verbo querer es el del consumo
y terminar es volver.
No puedo seguirte. Eso me lo dicen siempre: como llegás
a ese resultado, mostrá las pruebas. No puedo. Desde que me quedé
rota en esa esclera no puedo contar el camino
hasta la conclusión. Entonces no tenés argumentos. Sí y no:
los tengo pero no tengo garantías ni soportes, porque no devienen
en palabras. Decilo. Sí, odio al lenguaje, el lenguaje cárcel
el lenguaje carcelero el lenguaje prisión de los humores de la ley.

Estás excitada. Sos un vino agrio, de madera que húmeda se viene
a reír de mí. Estás muy loca. Claro, ¿quién no? Esto es
interminable, un vómito eterno. Que venga el viento a la cara,
sacar la cabeza por la ventana y que una máquina
te descuelle. Sos un asco.
No podes soportar esa música
adentro. Te posee y vos insistís con libertad. Que venga
al cuerpo. Que venga al cuerpo para dejar de soñar. Sucia,
l
imitada y sucia, loca limitada y sucia, dejá de lanzar, de disparar
con la dispersión de lo roto.

Un baño de espuma fría moja tu vientre en celo. Es bueno,
es bueno ser tomada por las cruces de la voz. Malsana,
eso sos.

 

Escrito por Yanina Giglio

Yanina Giglio (Bs. As. 1984). Estudió Cs. de la Comunicación Social en UBA. Obtuvo un PGCert en "Escrituras: Creatividad Humana y Comunicación" por FLACSO y se diplomó en "Neurociencias y educación" por la Universidad de Morón. Es correctora de estilo, coordinadora de talleres literarios, cofundadora de Odelia editora y crítica cultural en radio y prensa digital. Publicó "La Do Te" (Alción, 2015); "Corva" (Liberoamérica, 2019) y en diversas antologías, de narrativa y de poesía.
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